Jona Umaes

La maldición del desierto

          El autobús avanzaba en la oscuridad de la noche rasgada por las luces de los vehículos que se aproximaban en sentido contrario. Aquella luminosidad verdosa surgía varios kilómetros más adelante cual diminutos puntos que se engrandecían en apenas unos segundos. Las rectas interminables eran como arterias que recorrían el desierto, y la sangre que las surcaba, mentolada y fluorescente. Unos instantes antes de cruzarse aquellos vehículos con el bus, los faros cambian a un blanco tan brillante que cegaba la vista.

         Chus se preguntó cómo nadie había comentado en las redes aquella peculiaridad en la circulación que atravesaba el desierto. Realmente era algo hipnotizante ver aquellos puntos en movimiento que refulgían en la noche. Miró hacia arriba por el ventanal y quedó boquiabierto de la miriada de estrellas que colgaban de la bóveda celeste. Jamás había visto tantas, prietas y resplandecientes. La oscuridad en el desierto era plena, no existía contaminación lumínica, tan solo la luz de los faros al pasar de tanto en tanto. La ciudad más próxima se encontraba a cientos de kilómetros. No había nada que impidiese la visión de las estrellas titilantes, y hasta de los planetas, que parecían más próximos en aquel lugar.

         Eran las 3 de la madrugada, todos dormían. Él también hasta que se desveló y pudo percibir todo aquello. Sin miramiento alguno, despertó con el codo a Carmen, que roncaba a pierna suelta en el asiento de al lado.

—¿Te has fijado en eso?
—¿En qué? Para qué me despiertas?
—En la luces. Mira, mira —señaló con el dedo hacia el vehículo que se aproximaba a los lejos.
—¡Uy, pero sin verdes!
—¡Está guay! ¿verdad? Se ve genial durante la noche. Pero ahora, cuando estén a nuestra altura, se vuelven blancas.
—¡Uff, ya te digo! Aquí parece que no usan las luz corta —dijo al quedarse deslumbrada, unos instantes después, con la cegadora luz blanca.

         El conductor hizo una breve parada para evacuar. El traqueteo del bus al pisar arena y piedras despertó al resto del grupo. Chus aprovechó para comentar, al igual que había hecho con Carmen, el tema de los faros en la carretera. Todos quedaron sorprendidos de aquella peculiar iluminación.
Cuando volvió el chófer y el bus se puso en marcha, Chus no pudo contenerse más y se levantó para ir donde estaba el guía, al otro lado del conductor, ambos sentados en un nivel más bajo que el resto. Ahmed se quitó el cinturón y se incorporó para escuchar mejor lo que le decían. No oía bien por uno de sus oídos a causa de una lesión auditiva y tenía que ponerse del lado bueno. No daba crédito a las palabras de Chus. Miró hacia adelante y sonrió enigmáticamente.

—Vuelva a su asiento, tomaré el micrófono para que todos me escuchen.
—Chus se volvió intrigado a su sitio, ansioso de la explicación del guía.
—Bien, señores, les comento el porqué de las luces verdes. Ustedes son víctimas de la maldición del desierto. Es habitual en los miles de turistas que visitan nuestro país. Pero no han de preocuparse. Pasados unos días, este trastorno visual desaparece de forma gradual. No es necesario que acudan a ningún médico, es algo transitorio e inocuo.

         Se levantó un murmullo entre los pasajeros. Algunos se echaron a reír de la estupidez que acababan de oír. Los dos árabes aprovecharon el embrollo en la parte trasera del vehículo para comentar, entre risas, la anécdota que acababa de acontecer.

         Ya quedaba poco para el amanecer. Un fulgor rosado tiñó el horizonte, desapareciendo al poco al asomarse la bola de fuego entre las montañas. Ahmed caviló durante el resto del viaje de qué forma podía sacarle provecho a lo sucedido. Al fin y al cabo, aquel país vivía del turismo y del misterio que rodeaba aquella antigua civilización que erigió tal cantidad de monumentos, todos ellos con técnicas que aún, hoy en día, eran incomprensibles para los investigadores.

         Una vez acabó el viaje y ya en España, algunos integrantes del aquel grupo de turistas comentaron en las redes sociales todo lo positivo y negativo que había acaecido. Chus también mencionó, como algunos otros, la curiosidad de las luces verdes producto de la "Maldición del desierto". Esto último lo comentó con sorna para que no lo tomarán por ingenuo, aunque no terminaba de explicarse la verdadera razón de aquello. De cualquier forma, lo que les dijo Ahmed era cierto. Dejaron de ver aquellas luces verdosas nocturnas al transcurrir los días.

         ¿Qué hizo Ahmed? Propagó la anécdota de las luces verdes al resto de colegas y estos, a su vez, a otros. De esa forma se corrió la voz y así fue como todos los buses turísticos de Egipto cambiaron sus parasoles a color verde, para que el misterio de la "Maldición del desierto" perdurase a lo largo del tiempo. Y es que era difícil percatarse de aquel detalle, ya que durante el día, no se producía ningún contraste de luces debido a la luz cegadora del desierto.

 

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Published on e-Stories.org on 07/02/2023.

 
 

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