Maria Teresa Aláez García

Atardeceres.

(O: "De cómo una melodía da lugar a infinitas y contradictorias sensaciones") 

El vídeo del enlace en http://pernelle.mforos.com/1323157/8195641-atardeceres/

¿Qué hora es?

Las 3... Las 5... da igual.

Lo mismo da.

No pienso salir de mi cubículo. Tengo miedo.

Estoy intentando desarrollar mi cerebro con una consola de niño. Una ® Nintendo. Un programa japonés y un médico pixelado, intentan abrir un boquete entre mis cabellos.

Lectura: el Quijote. Salida de Alonso Quijano de su casa. Primera salida. Primera escapada.

No entiendo el porqué de ese ansia de libertad y sufrimiento. Colocarse ante los demás, permitir el ser juzgado y condenado sin pena cometida, ir en boca de quienes no entienden el sentido de lo distinto, estar soportando la yema de los índices de los mezquinos mentales.

No hay necesidad. No hay espacio. No hay vulneración de la intimidad.

No deseo la intrusión en mis íntimas estancias: las de mis ideas.

Quiero cubrirme con desolación, con vergüenza, con ira, con desprecio, con ironía y sarcasmo, para que me dejen en paz.

No quiero ver la luz. ¿Es eso acaso pecado?

La luz.

Y dice Cervantes que el dios Apolo extendió sus cabellos por el mundo. Sus rubios cabellos. Sus dorados cabellos. Los rayos solares que se quedan absorbidos por los granos de trigo de los campos manchegos. El oro, el sol, el trigo, el pan. El mercurio, el azogue, la vid, el vino. Religión, creencias y mezquindad.

No entiendo qué clase de hormiguero vive en mi cerebro. Qué tipo de electrones desvariados y alcohólicos deambulan por mis neuronas.

Iba a escribir un bello texto. Un texto que hablaba de cielos azules, de campos de trigo peinados por el viento, de racimos de uvas que caían como cabellos del aire sobre el peine de sus soportes, de la perfección del castellano quijotesco y sus metáforas, de cómo el viento actuaba de tinte peligroso sobre el oro apolíneo y la naturaleza enviaba su fuego a despedirse del astro solar. Como cada crepúsculo. Para que no nos olvide y no nos falte su puntual caricia. Con tintes de fuego, de amor, de deseo, de pasión, de fecundidad. Mensaje desde el infierno para un amor celestial.

Y fui uniendo conceptos, enlazando ideas, agolpando recuerdos. Haciéndome preguntas y dándome respuestas. Consolidando mi aislamiento progresivo y usando el trabajo y la codicia de mis jefes como excusa.

Y de repente, pensé en ese amor que une todo en la naturaleza. Un amor que usa distintas fuerzas para mantener en equilibrio todo lo que convive dentro de su regazo. Fuerzas centrípetas, centrífugas, la gravedad, atracción, repulsión. Inercia. Fuerzas con distintas intensidades, con distintas trayectorias, que realizan distintos trabajos y con distintos resultados.

Fuerzas que provocan cambios que sirven para unir, para consolidar, para asociar, mientras yo me empeño en ir contracorriente y aislarme, refugiarme, acobardarme, esconderme.

Fuerzas que quieren, que hacen querer. Que aman y que hacen amar. Que estiman y que hacen estimar. Que necesitan y que se hacen necesarias.

Y en ésto, me dí cuenta de una cosa. De mi banalidad. De mi poco seso, de mi fugacidad, de lo mucho que exijo y lo poco que soy, de lo mucho que cuento y lo poco que poseo, de lo mucho que presento y de todo de lo que carezco. De la falsedad de mi vida, de las locuras de mis escritos, de la sobriedad de mis dibujos y de la estupidez de mis composiciones, así como de la insulsez de mis pensamientos.

Pero hubo uno que me dejó acobardada y vencida porque, para colmo, es totalmente cierto.

Es un pensamiento pequeño, con un gran contenido y una enorme estupidez, pero...

Parece mentira que haya tenido que esperar tantos años a que naciera mi hijo para escuchar de una voz masculina, dos palabras que todas las mujeres añoramos tener presentes algún dia:

"te quiero".

Gracias, Ricard, por haber nacido. Por esto y por mucho más, ha merecido la pena.

(c) En la frase inicial, enlazada:

Melodía: Wim Mertens. Struggle for pleasure. Interpretado por Soft Verdict.
 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Maria Teresa Aláez García.
Published on e-Stories.org on 10/06/2006.

 

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