Jona Umaes

Atajos

          Dani quería escribir un libro de autoayuda sobre relaciones de pareja. Hacía poco que había terminado la carrera. Sin experiencia, no tenía material sobre el que escribir, así que decidió coger un atajo a pesar de saber cuán imprevisibles son y el riesgo que conlleva desviarse del camino conocido y seguro. No tenía nada que perder, así que allá que se lanzó.

          El complejo de apartamentos lo recibió en herencia de su tía Ana. Sin hijos, le consideraba como un hijo. Dani la veía igualmente como la madre que nunca tuvo al quedarse huérfano a muy temprana edad. Sin idea de cómo llevar el negocio, se lo comentó a un amigo que tenía una empresa de coches de alquiler. No era precisamente lo mismo, pero le puso al día en lo básico para echar a andar. Mientras no pudiera trabajar en su profesión, aquello le vendría bien para ir tirando.

          Tras mucho sopesarlo, finalmente se decidió. Difícilmente podría ser descubierto; aquellos apartamentos estaban en pleno campo, cerca del pueblo, sin ruido de tráfico ni gente. Tan solo se escuchaba el piar de los pájaros y los buenos días de los gallos que criaba en un corral, cerca de la recepción. Necesitaba buena visibilidad; fue por ello que instaló el espejo de doble fondo y gran tamaño en el salón. Desde ahí podía ver prácticamente toda la estancia,  salvo el baño, que quedaba tras la pared frente a él.

          La primera pareja que observó le produjo ese nerviosismo del estreno del novato. Los pensamientos de que pudieran descubrirle le pesaban, y la preocupación no cesó hasta que pasaron unos días. Estudiaba el comportamiento de los inquilinos y tomaba notas de las situaciones más relevantes. La pareja rondaba los treinta años y parecían llevar tiempo juntos. Lo dedujo porque no necesitaban preguntar al otro sobre esos pequeños detalles personales que únicamente se conocen tras larga convivencia. Ver en tercera persona aspectos tan íntimos de las parejas en su día a día era algo que no tenía precio. Era la pura realidad, sin filtros ni maquillaje, propio de la ficción del cine.

          Mientras él se mostraba excesivamente ordenado y meticuloso en todos sus movimientos, ella era todo lo opuesto. Entre las razones por las que estaban juntos, por descontado que no estaba el orden, aunque, quizás, el hecho de ser polos opuestos en ese aspecto; era uno de los motivos de atracción. En los días que estuvieron en el apartamento rural, este punto fue causa de picos de tensión que, curiosamente, se desvanecían en cuestión de segundos gracias a que ella sabía fundir la dureza implacable de él con mimos y risas que lo ablandaban. Aunque no era el caso a la hora de salir. Él quería aprovechar al máximo el tiempo de la escapada para ver lugares nuevos, aprovechando la luz del día. Ella se lo tomaba con calma y disfrutaba de la cama, desesperando a su pareja. Él le insistía una y otra vez hasta que lograba que se levantase. Luego, le tocaría esperar otra hora y media más, mientras ella se arreglaba y desayunaba algo. Daba la impresión de ser uno de esos hombres acostumbrados a vivir en hora, de los que no soportan la impuntualidad ni el retraso en los planes. Cuando, finalmente, cruzaron la puerta, la desazón se reflejaba en el rostro de él. La misma escena se repetía día tras día; era algo en lo que claramente había fricción. El cómo transcurriera su día era algo que escapaba a la observación de Dani, aunque a la vuelta, sus rostros sonrientes eclipsaban cualquier malestar que hubiese habido por el retraso en la salida.

          Fue una pareja que le hizo tomar numerosas notas sobre malestares efímeros, adaptación de caracteres opuestos, y el saber manejar fricciones recurrentes que, por la naturaleza del otro, siempre estarían presentes.

          Se vio identificado con aquel hombre. También era de los que detestaba que le hicieran esperar. Viéndolo desde fuera, advirtió con más claridad la relatividad del tiempo. Cómo, cuanto más rápido se quiere que algo suceda, más se retrasa; y al contrario, si nos sumimos en otra tarea, el tiempo se encoge. Esa era la receta para las interminables esperas.

          Conforme iban pasando las semanas e inquilinos, más se acomodaba en su puesto de observador. Si en algún momento tuvo sentimientos de culpa por lo que hacía, estos desaparecieron sin apenas darse cuenta.

          Una vez leyó en algún sitio que los más sabios no eran los que únicamente aprendían de los propios errores, sino también del de los demás. Sabía que no era más que una frase de sobrecito de azúcar. En realidad, era consciente de que no había mejor aprendizaje que el sufrido en las propias carnes; era el que mejor quedaba en la memoria. 

          En otra ocasión, ocupó el apartamento una familia, una pareja con un crío de unos cinco años. Fue muy instructivo y le abrió los ojos a un mundo del que tan solo conocía la punta del iceberg, en situaciones vividas con familiares y conocidos. Querían la estancia para relajarse y disfrutar de ella. Si salían, lo hacían sin horario ni planificación alguna.

—... Ahora juego contigo, espera un momento que termine esto. Coge la tablet mientras —el padre quería su tiempo de asueto.

—... ¡¡¡Otra vez con los jueguecitos!!! ¡Hemos venido a descansar de pantallas! —la madre ponía orden.

—... Papá está ocupado.

—... ¿Salimos o qué? No des mal ejemplo al niño con el dichoso portátil. ¿No ves que te pone como excusa?

—... Vaya, vaya. La que se quejaba de las pantallas. ¿Cuánto tiempo llevas en Instagram? Ja, ja, ja.

—...Mamá, ¿quién es Míriam?

—¿Dónde has escuchado ese nombre?

—Papá ha hablado con ella mientras estabas en el baño.

—... Quedamos en que nada de trabajo en vacaciones, ¿no? —se quejó ella.

—Llevo desconectado desde que llegamos. No sé a qué te refieres.

          Si bien la intención era descansar de internet, finalmente sucumbían como cualquier mortal. Y es que los cambios en casa no funcionan si no van todos a una. Pero la red lo copa todo, está tan imbricada en la vida de la gente que es imposible desconectar completamente. Dani lo sabía, y el verlo en la realidad de esa familia le dio una idea para otro capítulo de su libro.

          Pero, fue con otra pareja de mediana edad que pasaba un fin de semana campestre, con la que quedó profundamente impactado. Desde que llegaron, observó lo enamorados que estaban. Le pareció un amor reciente, ya que las demostraciones de cariño y las risas eran constantes. El hombre, en ocasiones, perdía los nervios por "nadeces", fruto de la torpeza o puro azar, y se encolerizaba lanzando improperios. Era una frustración fugaz que apenas duraba unos minutos, su pareja se encargaba de aplacarla quitando hierro al asunto. A ella se la veía más estable de ánimo y centrada, con escasos altibajos.

          En una ocasión que él dejó el móvil en carga mientras se daba una ducha, a ella se le enganchó el pico de un pantalón en el cable del cargador cuando ordenaba su ropa. El aparato cayó al suelo con tan mala fortuna que la pantalla se rajó, quedando oscura. Lo recogió y se alarmó ante el estropicio. Conociendo a su pareja, temía su reacción. Le tocaría calmar las aguas de nuevo, aunque sabía que el asunto no era baladí. Él apreciaba aquel móvil, de hecho, no quería cambiarlo a pesar de tener ya unos años.

—Cariño, tu móvil se ha caído y no se enciende.

—¿Que se ha caído? ¿Y cómo ha sido? A ver...

—Estaba recogiendo la ropa y le he dado sin querer.

—¡¡¡Joder!!! ¡No puede ser! —se estaba poniendo rojo de cólera, el volcán estaba a punto de estallar—. Todas las fotos y vídeos, mis notas... ¡Todo perdido! ¡No tengo activada la copia de seguridad!

—Lo siento, mi vida. Prueba a encenderlo manteniendo pulsado el Power.

          Nada de lo que intentara funcionaba, el móvil estaba muerto. Solo le quedaba la esperanza de que consiguieran revivirlo en un servicio técnico, al menos para sacarle la información.

—Pero, ¿¡cómo puedes ser tan torpe!? —gritó furibundo.

—¡Ha sido un accidente! ¿Crees que lo he hecho a posta?

—¡Da igual el cómo, el caso es que me he quedado sin móvil! ¿Cómo te sentaría si hubiese sido el tuyo?

—Es solo un móvil, puedes comprar otro. ¿Por qué me gritas así? —dijo ella, entre lágrimas. 

—Sabes que le tenía cariño, son muchos años. Además, he perdido todo lo que tenía dentro.

—Cuando regresemos, lo llevas a una tienda de reparación. Quizás haya suerte. Además, mira el lado bueno, podrás comprarte un móvil mucho mejor. El tuyo ya no daba más de sí, apenas le duraba la batería.

          Él se calmó tan rápido como se había enojado al notar la mano de ella acariciándole la cabeza. Era su punto débil, lo apaciguaba al instante. A pesar de las ocasionales malas maneras de él, la cosa no llegaba a más y la tormenta se iba por donde había venido.

          Dani dedujo que seguramente era la primera vez que la insultaba de esa manera, a raíz de la reacción de ella. Era una situación que contrastaba con su acaramelamiento continuo. Dani se sintió mal al presenciar aquella escena, aquellas pérdidas de control no eran cosa buena.

          El resto de la estancia de la pareja fue como la seda, hasta el domingo por la noche.

—¡Qué lástima, mañana ya de regreso! —dijo ella, afligida.

—Sí, una pena, ¿te lo has pasado bien?

—¡Claro!, contigo estoy muy a gusto. Esto hay que repetirlo más a menudo.

—¡Estás bien conmigo y con cualquiera que se te arrima! —disparó él, a quemarropa.

—¿Cómo dices? ¿A qué te refieres?

—En el restaurante, cuando volvía del baño, te vi coquetear con el camarero. ¿De qué hablabais? Se os veía muy sonrientes.

—Solo era simpático conmigo. Es su trabajo, ser amable y agradar a los clientes. Me contaba una anécdota que le había pasado con una mesa más allá de donde estábamos.

—¿Y no le diste tu móvil? Vi que anotaba algo en la libreta.

—¿Pero, qué dices? ¡Estaba pidiendo el postre! No sabía que fueras tan celoso. Eres una caja de sorpresas. Pues ya sabes —bromeó entre risas—, ponte las pilas para que los moscones no se me acerquen, ja, ja, ja.

No vio venir la torta en la cabeza que le acalló la hilaridad. El otro no estaba para bromas, la ira se reflejaba en su rostro.

—¿Pero qué haces? ¡Estaba bromeando! ¿Por qué me pegas? — Las lágrimas rodaron por sus mejillas por la repentina tormenta.

—¿Por qué mientes? —dijo él, fuera de sí, empuñando su cabello — ¿Crees que me merezco eso?

—¡Suéltame, animal! —vociferó ella, tras exhalar un grito que debió escucharse en los alrededores.

          A Dani se le puso el corazón a cien, aquello no se lo esperaba. Le pilló tan de improviso como a la propia chica. Su desconcierto era tal, que no supo reaccionar. La evidencia de estar haciendo algo reprobable e ilegal, como era espiar a la gente, le frenaba, no quería verse expuesto. Terminó de decidirse cuando vio que aquel cabrón estampó la cabeza de la chica contra la mesa.

—¿Hola?, sí, mire. Llevo un negocio de apartamentos y he escuchado gritos de mujer en uno de los alojamientos. Por favor, ¡vengan rápido! — Les dio la dirección y a continuación salió fuera, dirigiéndose a la puerta de los inquilinos. Tomó aire para tranquilizarse un poco y tocó sin excesivo ímpetu. Los gritos habían cesado. Insistió al ver que nadie abría. Al fin, la puerta giró, encontrándose cara a cara con el agresor.

—Disculpe, he escuchado un grito desde mi casa. ¿Todo en orden? ¿Hay algún problema?

—No, no. No se preocupe. Mi pareja vio una cucaracha y es algo que no puede soportar, les tiene pánico.

—Entonces, ¿ella está bien? —intentó mirar por encima del hombro del otro que, al darse cuenta, se movió para dificultarle la visión.

—Sí, sí, no es nada. Y ahora, discúlpeme, nos disponíamos a cenar.

—¡Señora! ¿Se encuentra bien? —gritó Dani, intentando hacerse oír a través del cuerpo que lo obstaculizaba.

—¡Le he dicho que todo está correcto! No puede escucharle, está terminando de ducharse. ¡Buenas noches! — Y le cerró la puerta en las narices.

          Dani volvió corriendo al espejo para ver lo que sucedía. Rezaba porque la policía no tardara en llegar. La mujer seguía sentada, sin parar de llorar. La sien se le estaba enrojeciendo. Se preguntó si no debería coger una barra de hierro que tenía en el corral y hacer frente a ese capullo. Desechó la idea, se delataría. Se suponía que él no sabía nada de lo ocurrido y la policía no tardaría en llegar.

—¡Tu grito ha alertado al casero! No sé qué se habrá pensado. Volviendo a lo nuestro. ¡No me gusta que coquetees con nadie! ¡Es una falta de respeto! ¿Me ves hacerlo a mí?

—No estaba coqueteando, te lo he dicho. Él solo trataba de ser amable —dijo ella, aún sollozando. ¡Me has golpeado! ¿Te sientes mejor así?

—Lo siento. No sé qué me ha pasado, estaba fuera de mí. Deja que te vea eso.

          Luces azules tiñeron de azul eléctrico las cortinas de las cristaleras. En la oscuridad del complejo rural, era como si naves alienígenas atravesaran el negro manto de la noche con sus haces de luces. Los inquilinos de los apartamentos aledaños salieron a las puertas a ver lo que ocurría. Dani recibió a los agentes en la entrada de la finca. Volvió a explicarles, con evidente nerviosismo, los gritos que escuchara y de dónde provenían. Les informó que se había acercado a la estancia para ver si todo estaba en orden. Se dirigieron todos hacia el alojamiento.

—Buenas noches, nos han llamado por unos gritos de mujer en este apartamento.

—Sí, ya hablé con el casero y le expliqué. No había necesidad... — La voz delataba su inquietud.

—¡Documentación, por favor!

—Sí, un momento.

—¿Y su mujer? ¿Puede decirle que salga?

—Cariño, ven a la puerta —la mujer apareció con la mano sosteniendo un paño con hielo sobre la sien —. Ha sido un accidente… 

—¿Qué le ha ocurrido, señora?

          Pasados unos meses, Dani publicó su ansiado libro. Tras el incidente ocurrido, con intervención de la policía incluida, decidió deshacerse del espejo espía. La publicación obtuvo un notorio éxito por su nuevo enfoque sobre las relaciones interpersonales. Estableció su propio gabinete y, esta vez sí,  trazó su camino sin ayuda de atajos

 

 

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Published on e-Stories.org on 08/26/2025.

 
 

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