Karl Wiener

La mariposa

                                                     
     Algún día un repollo había invitado a una fiesta. La cocina ofreció lo mejor posible y los huéspedes bebieron rocío y brindaron a la salud del anfitrión. Se oía de lejos sus carcajadas y canciones. El ruido había atraído también una pequeña oruga que saboreaba con mucho gusto las comidas deliciosas. Después que los huéspedes habían saciado el hambre y la sed, la música invitó al baile. Los grillos tocaron el primer violín y  el contrabajo de los abejorros las acompañaron. El canto alto de los huéspedes siguió al ritmo. Las mariposas abrieron el baile y la oruga admiraba la gracia de sus ejercicios. Quería saber bailar igualmente bien como ellas.
     La fiesta duraba muchos días y muchas noches.  Parecía que no se acabara jamás. Pero finalmente el tiempo se cambió, los días llegaron a ser más breves y las noches más fresco. El otoño había empezado.  La musicá cesó. Poco a poco los huéspedes se depidieron. Al final la oruga se quedó sola. Tiritando del frío se refugió en las grietas de la corteza de una vieja encina. Allí se cubrió con una colcha de seda, hilada de su propia mano. Soñaba en sueño profundo que baile como una mariposa en su propia boda. Fuera se desenfrenaba el vendeval del invierno.
     La primavera empezó. El sol calentaba la tierra y los corazones. Las flores se abrieron y las abejas salieron de la colmena para libar la miel. La oruga en su refugio oscuro se despertó de su sueño. Salió a duras penas de su escondite.  Cerró los ojos deslumbrados de la luz del sol, se desperezó y bostezó. Finalmente abrió los ojos y miró curiosamente alrededor. Un rayo del sol resplandeció en un charco. La oruga alcanzó su reflejo. Vió una mariposa maravillosa.
     La mariposa respiró profundamente. Sentía la vida y la alegría entrar en su corazón. Extendió sus alas y las replegó para probar su fuerza. Finalmente se alzó al vuelo. Revoloteò de una flor a la otra y saboreó la miel dulce. Dentro de poco tiempo pero todo su corazón partenecía a un capullo sensible que se despertó de sus caricias suaves a un arosa maravillosa. Todos los días, con lluvia y con luz del sol, la mariposa buscó la sombra de las hojas de su rosa, y más de una noche las dos contaron en común las estrellas.
     El verano pasaba y juntos con el año la mariposa envejecía. Algún día salió como habituado para ver la flor que amaba de todo su corazón. Sufría del fresco de la tarde. De vez en cuando se permitió un recreo para tomar aliento. En esa ocasión se adormeció a veces y soñaba con los tiempos pasados. Desperdándose de su sueño desconocía de ser una mariposa o un pétalo de su rosa. A duras penas la salió de seguir a su camino. Apoyándose en su bastón trató de llegar a su meta. Un golpe de viento pero la cogió y juntos con los últimos pétalos de su rosa bailó verso el cielo y desapareció detrás de las nubes.
 
 

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Published on e-Stories.org on 12/17/2007.

 

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