Manuel Lama Paniagua

Cerillas

Analizaba -en su afán investigador- las cerillas con el mismo par de
dedos que de haberlos tenido en la frente le hubieran solucionado más
de un problema de índole matemático. Tenía ese gusto por lo innecesario
que radica en todo desorden, el mismo interés por la cólera inútil y
descontrolada y un afán insuperable por separar lo ajeno de lo propio;
carecía de ideales y sólo el último respiro de la fe inocua podía
superar aquel intenso desaliento por la vida que le había ofrecido un
poderoso hombre de negocios, un vulgar comerciante de baja estirpe que
a pesar de someter a la familia a un control exhaustivo en cuanto a
higiene y moral se refiere, postergaba la hora de llegada al comercio
-que por cierto él no regentaba, era la mujer la que tomaba las
riendas- para definir con su balbuceo, inseparable de una baba
contagiosa -pues de ese brote microbial surgían las más variadas y
variopintas especies autóctonas- el ritmo de sus palabras. Las frases,
tomadas al pie de la letra, no conseguían marcar el pausado latir del
viento después de que en un incierto verano este hombre de negocios y
aquel desinteresado sujeto cerillero tornaron -de sendas conversaciones
con las respectivas mujeres- a suplicar entre ellos una dosis de saliva
-no por un talante afín a lo homosexual sino al gaznate seco por el
parlamento antes mencionado- comentando el sincero deseo de sentir el
refrescante y burbujeante refresco de cola -seis meses antes del
chaparrón de insultos que postergaría todo trato- y referirse al
susodicho invento, una máquina de hacer dinero que movería determinados
puntos estratégicos de la región autónoma y que vacilante y anonadada
se rendiría al tributo de aquellos hombres de bien que ejecutando
determinadas acciones no podrían sino alegrarse de su misma existencia,
de la capacidad sobrehumana en el trato con los superiores, y en no
haber patentado el invento. Hasta que un día, el presidente de la
compañía de refrescos utilizó su nombre para garantizar -con el poder
que otorga toda superioridad a Mammon, dios del dinero (y de las malas
artes)-que aquella fórmula no saldría de aquella habitación. Era una
estancia cerrada, mantenida como sala de interrogatorios, iluminada por
un foco de luz artificial demasiado potente, que según la compañía
servía para sostener el ritmo de negociación necesario en las
transacciones de la empresa -y que mudaba al tiempo el contador de la
luz en algo ligero y liviano que rastreaba los indicios de un gasto de
energía innecesario- y para romper el hielo -quizás con la velocidad de
un rayo que lo parte y descarga esas chispas eléctricas que violentaban
todos los gestos que desde que entraran en aquella sala hasta que
mantuvieran una conversación aparte en una habitación de un hotel
mugriento ampararan los rostros de aquellos vejestorios, hasta el fin
de sus días o poco antes de morir, en una silla de ruedas, alejados del
mundanal ruido de los refrescos de cola. Era éste su único pasatiempo
desde hace treinta años; soportar sus amplios conocimientos en el arte
del insulto y abarloar sus mesas para discutir -de hombre a hombre- las
tragedias de Shakespeare, denominando así a su genio como hombre de
talento y que entre grandes adversidades se veía obligado a mantener un
parlamento en las condiciones más inocuas para un poeta de su talante
-el escenario principal de una batalla, la pesadez desacostumbrada de
una derrota que no esperaba, tras largas victorias en un dominio
militar más allá de la razón-; no mantenían discusiones sino reyertas,
alcanzábanse los cuchillos de plástico y esgrimían las más duras
interpelaciones, hasta el punto de quedar cegados por su propia ira,
víctimas de la “spitfire” en sus rostros henchidos de vergüenza, antes
de que las señoras separaran las mesas y quedaran de esta forma
concluido el relato de sus historias para no dormir.
 

 

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Published on e-Stories.org on 06/26/2008.

 

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