Maria Teresa Aláez García

Subida al Puig Campana.

 

SUBIDA AL PUIG CAMPANA. FINESTRAT.

 

Hacía muchos años que no había practicado ni la espeleología ni el alpinismo seriamente. Desde que me había venido de Cartagena.

 

Si bien la natación es un ejercicio que ayuda a equilibrar el cuerpo, en invierno no se puede practicar so pena que una persona pueda pagarse una piscina climatizada y todos los bolsillos no están por la labor. Hay personas extranjeras, sobre todo de países germanos, escandinavos y eslavos en general que sí se atreven con el mar y el frío de las tres de la tarde, la hora de mayor fuerza en cuanto al calor solar. Pero los habitantes de la ciudad, entre el temor al qué dirán – quizás sea más por este temor que por otra cosa – y el frío – ese es Mi temor – no nos atrevemos a ocupar la playa en los meses que discurren entre noviembre y abril. Solamente si surge algún veranillo tipo al de San Miguel o algo así, un anticiclón que se ha sentido potente, entonces vamos a tomar el sol. Pero de meterse en el agua, más bien nada.

 

En Cartagena practicaba marcha, senderismo, alpinismo y espeleología. Las colinas que rodean la ciudad están bien repletas de interesantes oquedades así como la orografía de los pueblos y ciudades colindantes. Toda la zona es rica en minerales como cuarzo, hierro, plata, cobre, estaño y otros que son bastante anhelados por los coleccionistas – celestinas, yesos diversos, azufres dado que es una zona volcánica y de hecho existe un pequeño volcán a las afueras, cerca de la Torre ciega, que está inactivo y permanece anodino vestido de colinita; mientras un día no se ponga en erupción… -  y hay distancias bastante largas como las descritas en otro texto colocado anteriormente, la calle dieciocho o Ramón y Cajal que llega hasta Los Barreros o la Alameda de San Anton mismo que recorrí gran cantidad de veces llegando hasta San Antón o hasta Los Dolores, otra barriada de la ciudad.  Yo vivía en la Pedanía de San Antonio Abad, en el barrio de la Concepción que en su parte inferior era llamado de la Conciliación aunque todos lo conocen como “Quitapellejos” porque en el puente que cruza la Rambla de Benipila, antiguamente, se dedicaban a despellejar a las reses que se sacrificaban. Menos mal que no conocí este episodio. Sí conocí a los pastores que pasaban por el monte de La Atalaya o por la Rambla acompañando a sus animales y que salían por la compuerta. Al igual que conocí al vendedor que nos traía la verdura de su huerto – y de otros – en su carro expositor de madera. Un hombre fuertísimo  - el carro pesaba un quintal y el hombre lo empujaba él, no tenía ni burro ni caballo ni buey que le aliviara de la carga, peso y recorrido de los distintos barrios que visitaba – con una malformación en la cara que todo el mundo se empeñaba en resaltar. Pero lo que no se empeñaban en resaltar era la amabilidad de aquel hombre, el cariño con el que nos trataba a los niños y eso que era una persona muy humilde y pasaba por alto las piezas que algunos le arrebataban para comer a escondidas, - más adelante nosotros mismos a los que sisaban dichas piezas les hacíamos devolverlas y enseñábamos a quienes venían detrás que eso no se hacía – mientras otros tenderos con una tienda, más guapos y con más posibilidades eran unos verdaderos déspotas o antipáticos.  Su voz no era agradable; parecía tener algo de bronquitis. Pero yo recuerdo cómo conocía a la gente y cómo a quien tenía poco, le echaba una pieza de más en la bolsa o le regalaba una fruta o algo,  haciendo un esfuerzo porque a él también le hacia falta aquel dinero.  Éste fue uno de los ejemplos que me enseñaron que el hábito no hace al monje. Dicen por ahí que quien es solidario es porque es pobre y que  la gente pobre y humilde se ayuda a superar su propia pobreza pero que cuando se tiene dinero entonces ya no hay por qué ayudar ni ser solidario.  Vaya argumentación. Así va el mundo y el planeta y así de mal vamos a acabar. Los ricos no pueden ser solidarios para ser más ricos. Menos mal que hay de todo pero es una pena no poder decir si uno es solidario por ser sometido a la risa, burla y a la ñoñeria e inmadurez ajena.  Ese hombre y otras personas más actuaban con limpieza y rectitud y aunque sus vidas no fueron las de un rey, fueron ellos mismos y felices. ¿Acaso es necesaria la riqueza de un rey para ser feliz? Nos han obligado a aceptar el dinero como base para la economía y su falta nos priva de lo más necesario, desgraciadamente. Pero otros planteamientos económicos ayudarían más y resolverían muchos problemas. Claro, que no convienen.

 

Retomo el hilo.

 

Cuántas veces no habremos ido a la Algameca Chica, a bajar los pozos o simplemente a caminar o disfrutar de un día de baño con la gente que allí construía sus casetas y se pasaban allí el verano. Mi madre también compró una y alguna vez fui con las amistades. Una amiga tomó planos desde la casa de mi madre para hacer una película.  Alguien acabó con ella quemándola, pero ya no lo conocí eso.  Conforme los tiempos corren la gente pierde el respeto aunque a eso lo llaman “hacer gracias”. Imagino la gracia que le hizo al que quemó la caseta, se lo pasaría bomba, pero el dinero que mi madre había ahorrado durante tantos años para darnos un lugar para poder bañarnos a gusto y pasar unos días distintos, eso no se lo devolverá nadie. Igual era necesario. Nunca se sabe.

 

Desde que vine a la Vila, como aquí sólo veníamos a veranear y mi abuela nos limitaba a estar en la playa, no conocí, en un principio, lo que eran las cumbres que nos rodeaban. El Puig Campana porque claro, no tiene pérdida. Y la Sierra de Aitana tampoco la tiene. Pero ya los Tossales – Mosques, viuda, la Moratella – o el Bel Puig pues no los conocía, sólo los veía al pasar cuando iba y volvía en el autobús.  Ya más tarde sí fui aprendiendo nombres y conociendo datos sobre las colinas que rodean a la ciudad, la cual está construida sobre un acantilado – Penya segat – y tenemos unas cuestas tremendas para bajar a la playa.

 

Al empezar a trabajar como docente, el tercer colegio donde impartí clases quedaba en las afueras, en dirección hacia el interior, el nordeste. Al salir al patio podía ver todos los días la silueta acampanada del monte, extraño monte, del cual se decía que un gigante llamado Roldán había dado una patada a su cumbre y había arrancado un trozo que había caído al mar, quedando una parte a la vista que es llamada La isla de Benidorm. El tajo es perfecto, está muy bien hecho, muy bien recortado.  Yo escuché varias versiones sobre la historia del monte. También se le llama “mujer dormida” o “mujer muerta” debido a que su perfil tiene la forma de una mujer que yace recostada. Pero creo que gran mayoría de elevaciones tienen, recortadas sobre el cielo, dicha forma.  En cuanto al gigante que dio la patada al monte, también escuché que había sido Santiago patrón de nuestro país, de quien también se dice que hizo a su caballo dar una “patá” o patada en Relleu para llegar volando a la Sierra de Mariola.  Hay quien lo entiende como la huella de la “pata” sin acento, o pie, de San Jaime, Jacobo o Santiago al pasar por allí pero según como lo pronuncian, tienen el sentido de “patada” o paso fuerte que se da para impulsarse.   Casi cuadraría más la versión santiaguista que la del gigante. Hay quien dice que es el tajo que dio el valiente Roldán, el héroe francés, al probar la espada, quien dio un tajo en un monte. A saber.  Y a saber si es la isla de Benidorm o es la isleta de Altea o incluso una parte que encajaría perfectamente sería el Peñón de Ifach de Calpe. Pero vamos, creo que nadie se ha parado a mirarlo ni a medirlo. Sobre todo porque cuando se hace cumbre, resulta que no hay un tajo perfectamente recortado… hay tres y se ven uno desde Villajoyosa, otro desde La Nucía /Benidorm en otra faceta de la montaña y otro desde Sella. De hecho al ir hacia Sella en la carretera hay una reproducción mini del Puig que toca entre la Sierra de Aitana y el mismo Puig, que se eleva el sólo, poderoso, como un poste en la mitad de La Marina.

 

No se me había ocurrido nunca subir al Puig. No había tenido la necesidad, la verdad. Al ir sólo en verano a la playa, no había tenido en cuenta la faceta de la visita del interior de la comarca. Y eso que la gente de la Vila no sólo es pesquera. Hay agricultores y la gente valora igual de bien su caseta en el interior con su pequeño huerto y el barco pesquero que tienen anclado en el puerto grande.  Visité la cuenca del Amadorio y estuve por las pequeñas cuevas que se abren a ambos lados de la Foradada. Ahí dicen que cayó un meteorito – se cuenta que la llamada “Roca encantada” un trozo de roca caliza enorme enclavada en la carretera del cementerio desde la Creu de Pedra, hacia el Pont d’el salt  d’en Gil, o pont de Sant Argil como lo llaman normalmente, es parte de ese meteorito – pero también hay otro trozo más hacia la cuenca, hacia la parte inferior, en un terreno mucho más inestable, que tiene forma de dama, que dicen que sí es el verdadero trozo. Aún no he bajado pero no descarto el hacerlo esta navidad. De aquí se dice que el día de viernes santo sale una mujer vestida de blanco a llevarse a los amantes que estén “festejando” al pie de la roca.  Las cuevas no tienen mucha cosa, son agujeros de cazador aunque hay algún yacimiento donde se encontró algún resto de los árabes. También hay por aquí restos de un molino árabe, una acequia árabe en pleno uso de sus facultades y una larga, larguísima acequia romana que ya no tiene uso alguno. El puente es el antiguo, por el cual discurre el camino al cementerio y es romano igualmente. 

 

Pero no había subido al Puig Campana.

 

Y una navidad – nosotros solemos tomar el tiempo de navidad, que nos reunimos toda la familia y en los días de navidad y año nuevo, con el aroma del caldillo vinícola, sobre todo en vida de mi padre, tras una charla sobre política e historia y arreglar el mundo, tenemos una fastuosa idea – pues se nos ocurrió subirnos el Puig campana. Fue el año 1996.   O el 1.997 creo. El día sí me acuerdo: 4 de enero. Había nevado un poco y se me ocurrió la feliz idea de ver la nieve por segunda vez en un lugar donde su estado fuera natural. La primera, a los diecisiete años, me tuve que ir hasta Suiza donde además de ver la nieve vi. una avalancha: media montaña de nieve cayendo abajo. Menos mal que no hubo muertos ni heridos, que lo tienen todo controlado. Creo que provocan avalanchas de este tipo para reparar con la nieve las pistas y eso, no recuerdo bien qué explicación nos dieron. Pero imponía ver tanta nieve cayendo de golpe. En el Puig Campana no había tanta ni nunca veremos una avalancha, so pena que vuelva a resucitar en el año 8.000 más o menos pero sí hay nieve todos los inviernos y es más accesible que la de Aitana.  Ahí todavía no la he visto.

 

Dos tardes antes preparé la subida. Me documenté bien con expertos para subir: los alumnos a los que daba clase, quienes me dijeron que además de las historias de ovnis y extraterrestres que circula por la comarca de dicho monte, había lobos y esos sí eran reales. Que tenía que llevarme algo para  prepararme por si aparecían. Que hay lobos, sí, sí que lo sé. Pero que aparecían así como así, como en las películas, vamos, no me ha ocurrido nunca en todos los años que he subido montes en mi vida.  Y como soy tonta del culo, que es peor que serlo de la cabeza, me creí todo lo que me dijeron: que me llevara un cuchillo, que algo para hacer ruido. Como si a los lobos les asustara el ruido ¡je! El vinillo hizo buen efecto.

 

Total que allá vamos. Mi hermano el pequeño que es mi compañero en estas y otras lides y tantas aventuras podemos contar juntos. Mi cuñado que ya no es tan compañero pero que tuvo curiosidad. Un amigo de la familia que es de los pocos que me dio un voto de confianza cuando lo conocimos, pues salía con la hermana de una amiga mía y no sé por qué razón cuando se separaron empezó a venir a casa  - yo vivía con mi hermano – y ya pues se quedó con nuestra amistad. Al menos fue uno de los dos amigos sinceros que tengo que me dijo: “Tú eres rarísima cuando se te ve por primera vez: eres antipática, no caes bien, no encajas, parece que vas a reñir a todos y que tienes un mal genio que no se aguanta, que eres una mandona y que no quieres saber nada de nadie. Das angustia, estás distante. Y cuando se te conoce, eres todo lo contrario a lo que pareces  - añadiendo el consabido “eres una buena persona” - .  Imagen que por cuestiones que no vienen al caso, me conviene mantener. Mi cuñado la tiene y la mantengo, ejem… pero a su madre no, no la engaño. Quien quiera conocerme, que lo haga y quien no, pues nada, tampoco se pierde nada. Quien quiera saludarme pues adelante y si no pues tampoco se pierde nada.  El caso es que la esposa de este amigo también tiene dicha visión – o una peor, añadiendo la grosería a la descripción – pero ya llegará el momento de que se dé la vuelta. Quizás aún no llegue para algunas personas, no lo sea nunca. Con todo el mundo no vamos a llevarnos bien y por otro lado, hay que aprender a renunciar a todo. Cuando nos muramos, renunciaremos por obligación.

 

En fin. Nos llevó un taxista amigo mío – yo tengo mucha amistad con los taxistas porque no tengo coche y utilizo a menudo el taxi para contingencias urgentes – que luego nos recogió tras el descenso y de lo cual me alegro, de que me conociera, así si no hubiéramos bajado y nos hubiéramos perdido seguramente hubiera dado la voz de alarma.  Ya se hubiera encargado mi hermana. Mi hermano, el amigo con sus dos hermosas bolsas de cacahuetes y yo con el equipaje, fuimos en taxi hasta Finestrat y mi cuñado fue andando para ir haciendo piernas. El equipaje mío consistía en el botiquín, para no variar, mudas para mi hermano y para mi en calcetines y eso por lo que pudiera pasar, picas, mosquetón y cuerda, la comida y bolsas para la basura  y crema para la piel además de  una olla, un martillo, un cuchillo y la bufanda. La mochila la llevaba mi hermano y yo la olla, el martillo y el cuchillo enganchados a la bufanda. El cachondeo era de órdago. Pero me daba igual. Si venían lobos y no salían corriendo al verme con la cara blanqueada por la crema para el sol, ya tenía algo con lo que defenderme o tirarles a los ojos.

 

Confiaba demasiado en mis fuerzas. Tras no sé cuántos años, diez, sin subir un monte en condiciones, creí que aquello era pan comido. Pues no, no era pan comido.

 

Para llegar al pie del Puig campana hay que pasar tres montes pequeños, tres colinas. Nuestro amigo cogió su primera bolsa de cacahuetes, la abrió e iba comiendo mientras subía. Mi hermano y yo fuimos a nuestro paso, calculando el tiempo porque el día era más corto y para estar al anochecido al pie, para coger el taxi de vuelta.  Le dije, dado que nos estaba costando más de la cuenta, que invertiríamos el tiempo hasta el mediodía en subir hasta donde llegáramos con nuestras fuerzas y el resto en bajar, así no se nos echaría la noche encima.  Y nosotros qué íbamos a subir por las bases delantera o trasera de La Nucía. Por favor, no. Nosotros para atajar camino, subimos por el rio seco que se ve por la parte delantera del monte. Que está lleno de guijarros y el cual es imposible subir tres pasos sin bajar dos. Menos mal que, paralela al río, hay un sendero de un club, marcado y pudimos seguirlo sin grandes esfuerzos.

 

Todos los montes tienen esa facilidad para engañar a la vista. Al principio parecía que la falda estaba así mismo. Tras dos horas de pasar colinas y de ir hacia arriba y hacia abajo, llegamos a la falda y vimos allí una casa ante dos bancales. Hacia mucho viento y casi se nos llevaba colinas abajo pero era un sitio ideal para vivir.  Imagino que dicha casa ruinosa sería la segunda base. Unos metros más arriba, el rio. Y yo iba rastreando a ver si veía las huellas de los lobos o los rastros por alguna parte. Conejos, aves, pero lobos… perros como mucho pero de lobos nada. Empecé a acordarme de mis alumnos y no muy gratamente…

 

Y nuestro amigo enfiló la subida al monte por el rio tan feliz, comiendo la segunda bolsa de cacahuetes. Estaba acostumbrado al ejercicio, asi que para él, escalar el pico era como subirse una escalera. Nosotros le preguntábamos : “¿Falta mucho”  Y él nos respondía “No, ahí mismo está el corte”. Cierto. Ahí mismo estaba el corte. A una o dos horas de subida estaba el corte. Y venga arriba. Ahí  estaba el tajo que le dio Roldán o Santiago a la piedra, ahí mismo, tan tentador, tan suculento y tal lejano… luego resulta que el corte no era ese, era otro. Imagino que quien quiera que subiera el monte y arrancara el trozo que falta como fuera que lo arrancara  - igual fue un rayo o fue un terremoto o fue un buen barreno porque todo aquello estaba lleno de escombros de rocas caídas, río inclusive – lo hizo lleno de ira porque vamos, el monte engaña que da gusto y nuestro amigo de los cacahuetes,  subía y se esperaba comiendo cacahuetes a que llegáramos. A mitad de camino aparecieron dos chicos de Alcoy que habían subido a las diez y se bajaban a las doce. Expertos escaladores, de los que todos los fines de semana se subían una montañita para hacer boca, como nosotros de jóvenes, snif… y que cogiendo un puñado de cacahuetes, nos decían que faltaba poco. Bueno uno de ellos puso cara de circunstancias y dijo “Sí, poco… bueno… lo que se dice poco… “. Nosotros habíamos iniciado la escalada a las ocho y aún estábamos subiendo. Yo perdí el abrelatas por el camino, intentando salvar el martillo y el cuchillo que me hacían más falta.  El cuchillo para abrir las latas y el martillo para matar al amigo de los cacahuetes cuando llegara al corte. (broma).

 

Bien, seguimos subiendo. Entre árboles – que ni me acuerdo de qué tipo eran, sólo que eran pequeños y que no tenían fruto – y la nieve que se veía en la cima y que atraía más que el resto del camino, areniscas, bloques de roca caliza enormes tirados por el camino y gracias a la ruta marcada, llegamos por fin al corte. Merecía la pena. Una explanada enorme donde muchas veces suelen descender helicópteros. Todo lleno de nieve. Nuestro amigo se había llevado un reloj que media la temperatura. Por la cara que daba hacia el sol, teníamos diez grados pero la cara oculta eran cuatro grados bajo cero.  Descansamos un poco y me propuse ir sacando lo de comer cuando nos dijo dicho amigo, que aún no habíamos llegado a la cumbre geodésica donde hay un pequeño libro para firmar.

 

-          “¿Y dónde está la cumbre geodésica?”

-           “No, no está aquí, en el corte. Está allí, donde aquel arbolito.”

-          “No parece que haya mucha distancia. Vamos. Por la parte donde da el sol”.

-          “No, no, vamos por detrás que por ahí delante se llega más tarde”.

 

Bien, allá vamos.

 

Como no parecían aparecer los lobos, me dejé la olla con todo en el corte. A fin de cuentas se suponía que en unos minutos volveríamos, después de firmar.

 

Y comenzamos la marcha. En realidad no parecía haber gran distancia hasta el pequeño árbol que mi amigo nos enseñaba mientras nos mostraba también los cambios de temperatura.

 

Y vi huellas en la nieve. De zorro, de pájaros… y de lobos. Y yo sin mi olla… Paciencia. A fin de cuentas no era nuestro principal problema. El arbolito sí era nuestro principal problema. Cuánto costaba llegar al arbolito. Y al borde de un enorme precipicio. Lo que me faltaba. Y un vértigo que yo tenía. Yo sin mirar abajo. Y la agorafobia. Pero había que hacer de tripas corazón y lo hecho, hecho estaba.  Adelante y el arbolito, allí, tan verde, tan bonito entre la nieve y no parecía llegar nunca.

 

-          “Avísanos cuando lleguemos, por favor”

-          “Tranquila, que no pasa nada”

 

Mi vocabulario comenzó a cambiar paulatinamente. Cambiaba conforme el arbolito estaba más al alcance pero no se alcanzaba. Las amenazas de muerte  iban degenerando a distintos suplicios a elegir o quizás todos de golpe como volviera a escuchar el crujido de otro cacahuete. Y nuestras cosas estaban ocultas en el corte y aquel día se ve que toda o casi toda la población de la comarca habían tenido la misma idea que nosotros y la explanada del corte se iba llenando de visitantes que subían como Dios manda, por las bases o por el camino de la parte trasera. 

 

Por fin, llegamos al arbolito. Había al menos conseguido liberar a media cumbre de las cáscaras de cacahuete que eran biobasura y que los pájaros aprovechaban para picar.

Y pregunté.

 

-          “Bueno, si ya hemos llegado. No veo la libretita. ¿Dónde está la libretita para firmar?”

-          “Allí”.

 

A todo esto, un sol hermosísimo que alumbraba al arbolito y a la zona donde habíamos llegado porque la cumbre recibía el calor del sol. Y vi que el dedo de nuestro amigo no señalaba precisamente ningún punto en la zona donde nos encontrábamos…

 

Sino el pico que teníamos al lado.

 

Ahí sí que ya tomé yo partido. Ahí asenté mi mala fama por la cual se me conoce y por la cual escondo todas la cosas buenas que dicen que tengo pero que yo no me encuentro.

 

Así que lo único que hice fue callarme. Y elegir yo el camino para llegar.

 

Parece ser que es preferible que grite e insulte y amenace. La gente no me hace ni caso. Pasa de mí rotundamente. Pero cuando me callo debo de ser tremenda.  Y cuando cogí la marcha al borde del desfiladero y me dirigí sin tener ni puñetera idea del terreno que pisaba, vinieron los tres detrás de mi, quizás con la esperanza de ver si me caía por el barranco, "je, je". Cinco minutos y llegamos a donde estaba el librito. Por la cara soleada, por la cual el camino era más corto.

 

La verdad es que el espectáculo era fascinante.

 

Se podían vislumbrar en la lejania, varios pueblos de la Marina Baixa y de la Marina Alta. Un buen oteador hubiera podido hacer maravillas desde allí. Lo extraño era no haber encontrado al menos en aquella cara, ninguna fortaleza construida. En la sierra de Aitana sí, por la parte trasera. En Relleu o en Sella. Pero allí no había nada. Se había respetado todo. No sé si en las otras caras del monte habría alguna construcción o algún resto. Parecía como si me hubiera subido al Ave Fénix de Terra Mítica, solo que más segura y con tierra bajo mis pies. En Terra Mítica no pude ni abrir los ojos cuando subí al artilugio y la altura era mínima comparada con la del Puig. Teníamos en nuestro entorno toda una explanada de cultivos y colinas. Benidorm, Altea, Calpe, Callosa, La Nucía, Orxeta, Finestrat… Parecía que a nuestros pies teníamos ciudades de juguete. Junto a nosotros dos pajarillos, parece ser que acostumbrados a la gente que suele subir, picaban grano en el suelo. Debe de subir muchísima gente para que esas aves no huyeran ante nuestra presencia. No sentí la agorafobia ni nada. Creo que a elegir entre la agorafobia o el vértigo, ganó el vértigo o quizás la hermosura del paisaje. Y el mar tan inmenso como la tierra firme. Allí sí que se igualaban ante los ojos de un ser humano. 

 

No recuerdo más. Firmamos y había que volver al corte. Allí vi que había tres cortes: uno el que nos recibió al llegar a la explanada. Otro en uno de los laterales de ese mismo corte y el tercero lo teníamos en uno de los lados del lugar donde estábamos. Las tres isletas que hay en el mar bien podrían corresponder a esos cortes. No lo sé porque no soy geólogo. Sólo es una especulación.

 

Y hubo que volver. Primero hubo que volver. Después había que comer y bajar. Así que comienza la segunda parte de esta odisea.

 

La vuelta al corte fue más rápida que la ida. Me di cuenta de que bien, se corría un riesgo al caminar al borde del desfiladero pero en la cara que estaba soleada había un trecho más corto y yendo un poco más rápidos para no caer ni resbalar, podríamos llegar. La ida nos costó una hora y la vuelta diez minutos o menos. Fue rápida. De todos modos ninguno de los que venía conmigo tendría más miedo que yo.  Y eran más ágiles que yo.

 

Comimos rápidamente y sacamos algunas fotos. En concreto había un arbusto precioso y redondo que sobresalía entre la nieve que aunque era escasa formaba un manto tupido pero con el sol se iba derritiendo.

 

Y llegó el momento de bajar. Todo esto fue rápido. Entre la vuelta del centro geodésico que fueron quince minutos, la comida otros quince, media hora porque ya se echaba la tarde encima y había que descender lo escalado.

 

Pero fuimos optimistas. La gravilla del río nos ayudaría. Bajando de lado y dejando que la gravilla hiciera a la vez de motor y de freno, llegaríamos en seguida a la base.

 

Cierto. En realidad tardamos bien poco en bajar a la falda. Pero… mis piernas empezaron a quejarse y a decir que no aguantaban más. Así que le dije a mi hermano que guardara la olla y probé a ir descansando cada cierto trecho, corriendo lo que pudiera.

 

Aquí llegó la otra tremenda parte. Bajando por el río se podía ver cómo iba oscureciendo.   Estaba claro que era el movimiento del planeta pero parecía ser como si el sol nos quedara por debajo  - o por encima – y la noche se acercaba sigilosamente. Era todavía de día en el monte pero ya estaba anocheciendo en la playa y daba la impresión de que la noche llegaba como un ladrón que intenta entrar en un hogar silencioso y cauto sin que nadie se dé cuenta o como un gato que se introduce en el dormitorio de sus amos para subir a la cama sin que éstos se lo permitan.  Se veía impresionante: el mar eterno, la noche igual de intensa haciéndose dueña de esa parte del planeta y nosotros allí, tan pequeños, rodando por la ladera del Puig campana.

 

Es que hice eso. Tropecé, caí y lo que quedaba por recorrer de colinas, lo bajé rodando con todo el cuerpo.

 

Ya las piernas se negaron a sostenerme. Dijeron que ya estaba bien y que me buscara yo la manera de bajar prescindiendo de ellas. Y ni siquiera bajar sentada, no. Tenía que ser rodando. Es que no podía de otra manera. Me ponía en la parte menos pendiente de la colina y me echaba a rodar hasta abajo. Era divertidísimo y como tenía una buena excusa… Pues así llegué hasta el camino de la fuente en Finestrat. Allí nos la tuvimos que ver porque yo seguía sin poder caminar. Entre mi hermano y nuestro amigo me cogieron porque mi cuñado se había hecho una herida y me arrastraron – sí, literalmente me tuvieron que arrastrar y aún estaba delgada – hasta las fuentes a ver si descansando  y bebiendo algo me recuperaba. Llamamos al taxi para recogernos y me introduje, también  arrastrándome, en él. Al salir en Villajoyosa, ya podía moverme un poco, al menos para bajarme, subir tres pisos de la casa  y poder llegar a la cama.

 

Poco queda por explicar, salvo que fue un día inolvidable.

 

Prometí volver a subir pero veo que no llega la ocasión.  Mientras tanto dos nos hemos casado – nuestro amigo por su parte y yo por la mía – y aún no tenemos modo de volver a repetir la experiencia. Máxime porque nuestros cónyuges no están por la labor y mi hermano y mi cuñado, tampoco. Nuestro amigo ahora vive en pleno monte pero en otra zona y ya me ha hecho caminar por el monte aquel y subir un trecho. A pesar de mi obesidad no estoy en mala forma. Así que emprenderemos quizás la subida del Montgó y luego volveremos a repetir la experiencia del Puig Campana pero eso sí, sin olla, cacahuetes, cuchillo ni martillo. Una buena bengala y mejor uno o dos paquetes de mezcla de frutos secos porque los cacahuetes la verdad, son pesados. Y no en invierno, en verano que se puede acampar en el corte, así podemos tardar un dia entero para subir y otro para bajar ahora que las grasas y la comodidad se han afincado en nosotros. Tras poner semejantes y excelentes condiciones, no entendemos por qué los demás siguen diciendo que no. Qué cosas.

 

 

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Published on e-Stories.org on 10/04/2008.

 

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