Maria Teresa Aláez García

En diez minutos

En cierta ocasión se me ocurrió enviar a una lista de correos un mensaje no sé si de feliz navidad.  La lista era de mineralogía y el mensaje causó repulsa. Como la firma era “40 otoñal” entre las respuestas de repulsa había unas cuantas relativas a la menopausia y a la crisis de los cuarenta.

Ni respondí ni volví a enviar mensaje alguno. Luego conocí a algunos de los componentes de esa lista con los cuales no compartí demasiadas palabras debido a que tengo también la costumbre de tratar a las personas según su reacción al primer golpe de vista. Por supuesto, igual que los demás seleccionan, también tengo derecho, no a seleccionar sino a dar a cada cual el trato según el que me muestra. Por lo tanto crucé el menor número de palabras con tales personas.

Lo que más gracia me hace de todo esto es que quedo en el momento y sea en un grupo, lista o asociación, fatal. Quedo fatal. Se me aplican etiquetas, por supuesto. Empezando por las de tonta y fea que las llevo desde que nací hasta las de incompetente, copiona, falsa, mentirosa, rastrera, de baja estofa – por el mal genio – de bajo nivel, de poco rendimiento, blanda, estúpida, pija, gilipollas, persona non grata,  doy tirria, de tener poca cabeza, de ser inconsciente e irresponsable, tardona, descuidada, de que no llegaré a nada y lindezas por el estilo. Tengo un buen amigo de francachelas y aventuras – bueno varios pero con este viví más aventuras y no precisamente de tipo sexual ni sentimental – al cual fuimos a visitar recientemente, a él y a su esposa, que cuando entra en alguna lista o sabe de alguien que habla así de mi, se ríe a carcajadas y se espera. Yo me vengo burlándome al contar las aventuras, de él y él se venga burlándose de mí. Y dice, cuando ocurre que causo esta impresión en la gente: “espera, espera y veremos qué pasa”.  Bueno, esperando más o menos tiempo, pasa algo, efectivamente. Pasa que no tengo que ir dando explicaciones ni tengo que ir rindiendo cuentas más que a quien me paga que para eso lo hace. Es lo justo. A los demás, no.  Y como suelo hacer realidad aquello de “Dios escribe recto sobre renglones torcidos” y “donde menos se piensa salta la liebre” pues de repente en otro sitio, hago lo que se esperaba que debería de hacer o haber hecho en tal sitio o con tal persona hago lo que debería de haber hecho con tal otra.  Y pasa de boca a boca y sin haberlo querido y lastimosamente – a su pesar  y sin que yo les haya dicho nada porque no decía nada a nadie, sólo lo hago desde hace dos o tres años más o menos – pues se tragan sus palabras. Como siempre, cuando es demasiado tarde.

En fin. El tema no era ese. El tema es el cómo la gente tan fácilmente saca defectos para callar a la otra gente. Igual yo era desagradable para ellos, cuarentona y menopáusica y para mí ellos eran cincuentones o veinteañeros, andropáusicos, inmaduros, egocéntricos y déspotas.  Pero la diferencia estaba en que ellos lo dijeron y yo no.  Me hace gracia igualmente cuando se dice que los viejos o las personas más mayores hemos de estar en nuestro lugar y a las cuarentonas se nos trata de histericas y de hipersensibles. Yo trato a los treinteañeros de miedosos y a las treintañeras de valientes. Los hombres necesitan a veinteañeras para no perder su juventud y creerse siempre vigentes y padecen más que las mujeres el paso de los años. Y las mujeres, algunas, necesitan lo contrario. (Yo, no)  Las mujeres como ya estamos acostumbradas al temperamento machista, llevamos con más dignidad la salchicha de los insultos colgada de a  saber dónde. Igual es la que espera seguir el curso vaginal. No sé.  Y las mujeres machistas, uf.

Ah, el por qué las mujeres nos volvemos gordas y malhabladas y feas. Hay un refrán machista que dice: “Búscate a la mujer delgada y limpia que sucia y gorda ya se volverá.” No, no, a ver. Ajustemos el refrán convenientemente: “Búscate a la mujer delgada y limpia que sucia y gorda YA LA VOLVERÁSSSSSS”. Eso es. En mayor o menor medida. Que como siempre, dirán que es una, que somos nosotras las que nos volvemos, que ellos son unos santos – de palo y no precisamente de naranjo – y que nosotras nos acomplejamos solas.  Que no somos fuertes y que hacemos lo que queremos cuando queremos de los hombres. Ok. Vamos a ver:

Si nos cuidamos y estamos guapas y cogemos una mujer que nos ayude en la casa: somos unas frívolas, pijas y vanidosas.

Si nos descuidamos, somos unas dejadas.

Si pasamos de todo esto e intentamos adecuar la vida laboral, familiar y social, se sienten negados porque queremos ser unas supermujeres.

Si podemos llevarlo a cabo, se deprimen y se buscan a otra más tonta para sentirse grandes.

Si somos tontas y les hacemos caso y lo dejamos todo, entonces nos dejamos llevar y no tenemos personalidad.

Si nos ponemos algo más de pecho y nos arreglamos a qué aspiramos.

Si somos confiadas y nos dejamos llevar por ellos, somos tontas también y el no quería casarse con una tonta.

Si pasamos de todo y vamos a lo nuestro, no les hacemos caso.

Si pasamos de todo aun atendiéndoles en lo que necesiten, es que nos manejan y somos fáciles. De ahí a ponerles los cuernos, un peligro y un paso.

Así que ellos empiezan a tantear. No dicen nada, sólo que nos quieren mucho sea como sea que estemos. Si estamos algo gordas no nos dicen que estamos gordas, sólo que nos siguen queriendo y no ayudan a facilitarnos el gimnasio o la comida para poder adelgazar.

En fin la lista seria interminable.

Eso es lo que ha hecho la sociedad con nosotros, con ayuda de la televisión y la cultura de la imagen y el amparo del gobierno y los modistos.

Y aún queda más…

 

 

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Published on e-Stories.org on 11/27/2008.

 

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