Maria Teresa Aláez García

En ocho minutos

El mayor placer que existe para mí es sumirme en la oscuridad.

Dejar mi casa en penumbra. Todo está silencioso. A ser posible, quedarme sola de noche, a solas y con la casa a oscuras. Como toda luz, la de algún rayo lunar o la de alguna farola de la calle. Antiguamente era una bombilla que iluminaba un sector de la playa o de la calle y que estaba colocada en lo alto de un poste en medio de un rollo de cables peligrosos para los niños que jugaban a escalar el poste y a quitar la bombilla.

En estado latente, me recuesto en la cama o mejor, en un sofá o en la mecedora. Tenía dos mecedoras en casa antes de casarme. Ahora están en otro lugar, restauradas y me alegro por ello. En la otra casa, elegí para mí la habitación más pequeña, la que todos tenían como cuarto de plancha y costura. La ventana daba a un pasillo interior, a un patio interior y de noche se veía el reflejo lunar en la pared de enfrente.

Yo me recostaba en la mecedora o me metía entre las sábanas. Siempre agradecí el hecho de estar tapada por una manta y tener un pijama o un camisón que me cubriera y pensaba en la gente de la calle que no tiene ni eso. En el frío que podían pasar y en la necesidad de alimento, cariño, ayuda y comprensión.  Es un dolor que no me pude quitar en mucho tiempo de mi mente. Por otro lado, también pensaba en el miedo que se siente de noche, a los gritos, a las palizas. De los niños cuyos padres discuten de modo violento, de los niños y adultos violados y manipulados para que no denuncien el abuso que se comete con ellos. De la gente que tiene problemas y que no sabe cómo resolver pero que por la noche acucian la mente y la acuchillan sin parar, obligando a un insomnio constante, a un nervio, a un peligro… En esos sentimientos de culpa que nos han metido dentro. En la intranquilidad de no saber qué será de nosotros en el futuro, tanto en el trabajo, como en lo más preciso, casa, comida, vestido, etc… como en nosotros como personas, en nuestras parejas, en nuestros sentimientos, en nuestros hijos. En el conocer si nuestro comportamiento ha sido adecuado, si el sentimiento de culpabilidad es cierto o no, el análisis de nosotros mismos, la introspección, el análisis de las situaciones y sobre todo, el saber reconocer nuestros errores, saber corregirlos y saber poner remedio a lo que puede tenerlo, porque hay cosas que no las tienen. Otra cosa es, después, las expectativas ajenas y todo hay que separarlo. Hasta qué punto la responsabilidad en los errores o aciertos es nuestra o no.

Reconozco en las noches la tranquilidad de espíritu. No me auto justifico pero si prefiero en pensar lo bueno que puedo llevarme a la cama y lo malo, lo dejo apuntado para resolverlo al día siguiente. A fin de cuentas hay cosas que la gente puede ver como una maldición pero yo voy encontrando que son una bendición y si me han tocado, es porque era necesario. Una es la falta de memoria. Y ahora, habiéndome acostumbrado a llevar la agenda a todos los sitios de modo automático, veo incluso en la falta de visión otro beneficio, dado que no reconozco el rostro de la gente por la calle si no se me acerca a cierta distancia y bastante corta, así como cincuenta o cuarenta cm y si la reconozco. Entonces vivo en una supina ignorancia de las maldades de la gente. Evito sus rostros de asco cuando me miran y cuando me evitan y también eso lo paso por alto. Evito sus gestos de evasión para no cruzarse conmigo. Evito las malas caras hacia otras personas que al reconocerme por la calle y ver que no las saludo, me llaman para que las salude y me preguntan – y son muchas -.  Camino más tranquila por la calle y llego más tranquila a casa.  La obesidad, la falta de vista y la falta de memoria me están sirviendo muchísimo, me dan gran tranquilidad interior. Con la obesidad, veo quiénes en realidad son buenas personas, me estimen o no. De este modo reconozco que, la verdad, primero hay que mirarse y curarse a uno mismo y reconocer qué quiere, qué deseos tiene, qué privaciones pasa realmente por sí mismo – sin condicionantes familiares y sociales – y cómo resolverlo. Y tras esto entonces, tras haber superado esta fase, intentar dar a los demás lo que desean en un intento de dar a quien lo necesita la misma felicidad que uno posee, la misma paz interior que uno tiene  - o el mismo demonio, que hay quien no quiere la paz interior - . Entonces llega la noche y se realiza el saldo de lo bueno y me gusta, entonces, dirigirme a mi cama o a mi rincón, cubrirme con mi manta y permanecer oculta, latente, en suspenso, mirando a las estrellas en la otra casa y mirando a las ventanas de enfrente y el paisaje urbano de edificios, cables y patios interiores que es lo que tengo en esta casa. En la otra al salir al balcón, veia el mar, el cielo en su inmensidad, el Puig Campana, los edificios recortados en el cielo. En esta veo los balcones con la ropa tendida del edificio de enfrente y los colindantes, los balcones del otro edificio y tengo uno o dos trocitos de cielo entre dos edificios lejanos. Uno de ellos desaparecerá cuando construyan próximamente en el solar de la casa que tengo a la derecha. El otro menos mal que no me lo puede quitar nadie. Al menos la luna y las estrellas dejan su brillo y en las tormentas, tengo un bello cuadro de siluetas de nubes ante las explosiones de los rayos. Es que el que no encuentra es por que no busca y no quiere hallar.

 

 

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Published on e-Stories.org on 11/29/2008.

 

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