Maria Teresa Aláez García

En seis ocasiones tuve el gusto y el placer...

En seis ocasiones tuve el gusto y placer de ponerme cara a cara a departir con la muerte. Cuando nací por sufrimiento fetal y el corazón, a los seis años cuando casi me caigo por un barranco, más adelante, en un accidente de moto, cuando me caí con el balcón,  cuando perdí a mi hija y en otra al mezclar cosas que no debo, cosa usual en mí. En ninguna de ellas tuve sufrimiento. El sufrimiento precisamente lo tuve al despertarme y constatar que seguía en el mismo infierno donde lo había dejado, quiero decir, en la realidad, pero durante el proceso, no sentí nada. Tranquilidad, sueño, paz sobre todo y nada de miedo, ningún temor, ni siquiera aprecio a la vida ni a lo que dejaba atrás ni a quien dejaba. Sentía como si me liberara y librara a quienes me rodeaban, de un mal. Por mi parte, por verlos sufrir y no poder ayudar a liberar del sufrimiento y pesar. Por la de ellos, por lo pesada que soy y mala bestia. A pesar de los pesares, y lo agradezco, siempre han estado conmigo y me han salvado la vida. Quizás ahora esté muerta- ya he pasado el número de opciones vitales gatunas – y estoy viviendo en otra especie de purgatorio porque el infierno ya lo pasé y en la siguiente muerte o amago de la misma, vea el cielo. No lo sé. Todo es elucubrar y formular teorías sin consistencia. Si construyera con ellas una novela de ciencia ficción, como hizo Verne, podría ser visionaria pero si las aplico como reflexión a la vida real, soy cursi, espiritual y estúpida y puramente idiota si añado que además soy creyente. Más que nada por no pensar en poseer como una posesa, en tener ganas de cubrir mis necesidades rápidamente como si fuera lo último que tuviera que hacer en la corta vida que me queda y me quedaran días, en darme todos los gustazos del mundo y cuidado con lo que me pierdo, como si en las cosas superficiales y frívolas estuviera la sustancia del ser o del existir. No me importa lo que no he disfrutado. Me importa el haber podido ser capaz de haber dado más o de haber ayudado más y no haberlo hecho por haber vivido una mentira psicológica. Pero nadie tiene la culpa de eso, la sociedad y sus traumas y prejuicios que todos alimentamos porque si nos dejan sin ellos nos sentimos inseguros y creamos más traumas y prejuicios.

Parece que las cosas se van acabando, van tomando su rumbo y se van cerrando puertas. Cada vez se cierran más. Pocas ya quedan por abrirse y algunas no dan ni ganas de abrirlas. Las desgracias ya resbalan y queda limitarse a recoger restos o a limpiar desechos.  Y a mirar pasar el tiempo, cuidando lo que hay alrededor y esperar que llegue el momento, como el jardinero que cuida de sus flores hasta el momento de su fin. Si, participando un poco en el entorno pero ya sin demasiada implicación para que se dejen cada vez menos cosas pendientes. A ser posible, ninguna.

En algunas películas e incluso en la vida real, he oído hablar de quien simplemente se ha sentado en la hamaca, el sofá o se echó a dormir y ya no volvió a despertar. Se fue sin ruido, sin lamento, sin llamar la atención, en su soledad.  Especulando sobre ello, a mí me gustaría que fuera en medio de una amplia extensión de agua para que también evitara el mal sabor de boca que viene después de la muerte, es decir, que me entierren y demás ceremonias. Un colapso, no ahogarme, claro.  O que lleven mi cuerpo a la ciencia para que investiguen con él pero para quienes quedan detrás, si quieren, acudir a una misa o si no, nada.  No es necesario.

Me ha gustado contar con lo que tenía para solucionar cosas sin tener que recurrir a comprar o a pedir y aún así estoy repleta y no nos falta de nada.  He tenido mis manías, como todos, pero no las normales. Mientras que otras se compraban modelos de alta costura y se maquillaban, yo iba a por los relojes, las plumas, las libretas de bonitas tapas y hojas en blanco para masacrarlas con mis desvaríos – incluso me las he llegado a hacer yo -, los libros, las partituras, los discos  y en cuanto a lo femenino, medias y lazos. Me gustaba más contar una bajada a rappel por una pared de tantos metros a pelo, con una cuerda y sin yumar ni descender que historias y más historias sobre chicos y el sufrimiento sentimental.  Al final tuve que habituarme porque si no sería un bicho raro pero más adelante me di cuenta de la falta de personalidad que tuve al iniciarme en dichas lides y no seguir los cursos de la vida tal y como se me presentaban o tal y como las superaba yo.

Cuando ya creía yo que había llegado el momento de acabar, resulta que sólo había empezado. Pero ahora ya,  poco a poco la vida va dejando que me quede sentada en el borde del camino y descanse un poco hasta que llegue el momento de variar el rumbo hacia lo desconocido.  Y vea pasar las nubes sobre el cielo azul como cuando tenia diecisiete años y en los veranillos de San Miguel, me gustaba sentir pasar la brisa con los últimos olores del verano, tumbada boca arriba en el tejado de una casa antigua donde solíamos escalar y verme sumergida en el anonimato del tiempo a la luz del día. Ahora además de ver pasar las nubes, veo pasar a la gente, veo amarillear las hojas, veo ennegrecer las fachadas de los edificios y no intento hacer que el reloj corra más o se detenga. Voy sintiendo el segundero circulando en mi cerebro y me veo envejecer en los rostros y en las posiciones ajenas.

Los pesares se ven pasar igualmente, como si se tuviera un espejo dentro y una mirara por  una pantalla interior o un cristal el sufrimiento pero sintiéndose aparte, como si no fuera con una misma. Ya ni eso afecta. Es cuestión de seguir cerrando más puertas para dejar que otras se abran otras ajenas y favorecedoras. Mi hijo incluso se ha independizado antes de lo previsto y se comporta como el adolescente que echa a su madre de su lado, necesitándola únicamente para lo más preciso. Y no se lo discuto. Es ley de vida.

Así que ahora imagino que la muerte quizás venga acompañada de Mr. Sandman de nuevo, para llenarme de arena los ojos, echarme a dormir mirando de nuevo aquellas rendijas que sólo permiten entrar la luz gris y paulatina, fría y cómplice, de los días neutros, y hacerme pasar, como católica, hacia el infierno que supongo que me corresponde: ver vacía la casa victoriana, el jardín mustio y todo lleno de fantasmas que me harán la existencia imposible. Bueno, no saben lo que les espera… o sí… Cuestión de abrir la última puerta y dejar cerrada la penúltima. Al vacío.

 

Estoy perdiendo peso. Lejos de darme alegrías, siento que me estoy traicionando a mi misma. Soy una persona a la que el físico sólo le importa para realizar bien su trabajo y aunque en mis buenos tiempos me pintarrajeé  y vestí para dar acomodo a los requerimientos sociales, con ir limpia, planchada y digna siempre pensé que era suficiente y que otros dones como el trabajo, la manera de ser de la persona, se valoraban más.  Era una ilusa y lo sigo siendo pero no renegué de mi misma en la medida de lo posible. Ahora necesito adelgazar por cuestiones de salud y ello no me hace feliz. Hace feliz a todo el mundo que ve cómo los pantalones flojean y cómo bajan las tallas de mi ropa pero a mi me asquea porque significa que valoran lo superficial solamente. Sigo entonces ateniéndome a las amistades de siempre, a las que me soportan o quieren o aceptan ahora y lo hicieron siempre estando gorda, delgada, fea o guapa, a las que me valoran por mí misma y no por el resto de adornos que la sociedad nos coloca para darnos más valor y dignidad.  Las personas caemos y nos levantamos y volvemos a caer pero hay caídas que fortalecen y caídas que denigran y dejan al ser humano vacío y sin esperanza. Las expectativas son necesarias entonces para que esa persona aprenda a resurgir de sus cenizas. Y la fe es necesaria – no he dicho la religiosa, he dicho la fe aunque a mi me ayude la fe religiosa igualmente y aunque no pueda explicarla científicamente -. Puede que siga adelgazando porque mi salud lo requiera o porque esos amigos y amigas de siempre merecen por el apoyo que me han dado y el cariño, que vean que se tiene en cuenta sus intenciones y sus consejos. Pero las personas obesas, no siempre lo son por comida aunque haya quien diga lo contrario. La tiroides tiene algo que ver y la genética también. Además de los embarazos en la mujer y de las operaciones y esas cosas. La gente fea, guapa, alta, baja, gorda, flaca, negra o blanca, hombre, mujer, religioso o ateo, culto o analfabeto, rico o pobre, noble o plebeyo, todos somos personas.  Tenemos corazón, sentimientos, una riqueza interior que puede hablar de nosotros más que de nuestro aspecto exterior.  Y tenemos la capacidad de cambiar para bien y para mal, por dentro y por fuera a cualquier edad.  Nuestra vida es un constante morir y renacer porque en ello consisten los cambios

 

Hoy vi de nuevo a la muerte que se dirigía directamente hacia mí y doblé la esquina como si la cosa no fuera conmigo. Ella hizo lo propio y cuando me miró a la cara, puso un gesto que señalaba error y se fue por otro camino. Se ve que es corta de vista y no me reconoció. En vista de lo sucedido, opté por no colocarme las gafas en el resto de la tarde. No veía nada, como siempre, y seguí viviendo feliz en mi propia ignorancia y en la ajena, cosa que es sumamente tranquilizadora.

 

 

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Published on e-Stories.org on 12/13/2008.

 

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