Toni Muñoz Molina

La letra está muerta






1


Al principio no le dio
importancia; como cuando veía como un libro aparecía de improviso
en la mesita de noche del lado de la cama de su marido, con un punto
de lectura marcando algún lugar entre su inicio y su final; o
cuando notaba algunos cambios en las estanterías del comedor o del
estudio: cambios en apariencia sutiles, como un hueco que de repente
había sido llenado con algún libro cuyo autor o título no
recordaba haber tenido antes; o finalmente, a altas horas de la
madrugada, cuando la quietud parecía total y el silencio dolía, y
escuchaba el ligero rumor en el estudio de alguien pasando las
páginas de un libro con la inútil intención de no hacerse oír.
No creía en fantasmas,
su mente era demasiado racional. Pensaba que los ruidos eran parte de
la casa, y que si antes no los escuchaba, era simplemente porque la
respiración de su esposo, durmiendo a su lado, se lo impedía. El
problema de haber vivido siempre compartiendo su espacio era tal vez
ése; no podía concebir la idea de cuántas cosas desconocía de la
vida en completa soledad: cosas como aquellos extraños ruidos, como
si la casa susurrara de noche, como si quisiera expresar su dolor,
como ella, de un modo u otro, proyectando sentimientos a
través de crujidos , gritando de agonía mediante un lenguaje
propio, ajeno al mundo humano, desconocido, no tipificado, nunca
antes estudiado. Era demasiado fácil asociar aquellos murmullos ,
aquellas palabras que no eran palabras, con algo casual, con algo que
podía explicarse científicamente, porque sabía, porque conocía,
que tantos otros sentían exactamente lo mismo cada noche: las casas
estaban vivas pero al mismo
tiempo muertas.
¿Y
qué decir de los libros? Era una lectora compulsiva, como su marido.
Los dos habían disfrutado de largas horas en casa, sumidos
profundamente en sus respectivas lecturas, ajenos a todo excepto a
ellos mismos, convertidos en receptáculos pasivos, como cuencos
vacíos, porque su mente divagaba lejos, entre las brumas de alguna
prosa excitante o de góticos versos. Tenían grandes cantidades de
libros repartidos entre el comedor, el estudio y el dormitorio.
Recientemente, su marido había decidido colocar nuevas estanterías
en el corredor porque comenzaban a tener problemas de almacenaje. Por
desgracia, aquellas estanterías seguían vacías, como su corazón,
porque era incapaz de concentrarse de nuevo en el que había sido
su bien más preciado: novelas, ensayos, biografías, obras de
teatro, poemas, poesía... Todo tenía cabida entonces; todo era
hermoso y todo parecía igual de excitante, sexual: sentía como las
letras fluían desde las páginas de cualquier libro y penetraban en
ella: entonces sentía un maravilloso éxtasis, era orgásmico.
Ahora era diferente; los libros de antaño se amontonaban en aparente
desorden donde siempre habían estado; los huecos no eran llenados
porque no compraba nuevos libros; no recordaba realmente cuántos y
de que temáticas los tenía, ni en que lugar concreto de la casa o
incluso en que lugar concreto de que estantería concreta, los
guardaba. Por eso sentía que algo estaba
mal, que algo iba mal.
Podía aceptar la idea que los ruidos no eran más que
manifestaciones involuntarias y efímeras de los muebles al crujir;
de alguna tubería de agua al dilatarse; de algún vecino subiendo
tarde en la madrugada por la escalera, sintiéndole respirar como si
estuviera justo a su lado, en la cama, como su marido lo había
estado tantas y tantas noches ha. No, ¡no! Eran los libros, los
libros, lo que no la dejaba dormir. Atemorizada, se torturaba
pensando que era ella misma quien los leía sin saberlo, sin
recordarlo, quién iba tarde a cualquier librería para comprar algún
nuevo ejemplar y luego lo colocaba en algún lugar de cualquier
estantería, sin darse cuenta, en trance, como enferma, enferma,
¡loca!. No podía dejar de creer que aquella era la única y
verdadera explicación que podía revelar, finalmente y sin remedio,
el dolor acumulado, combinado con la soledad y el llanto tan
largamente ansiado. Porque no lloró; no fue capaz, ni tan siquiera
cuando se llevaban a su marido en la camilla, hacia algún lugar
desconocido, en aquel horrendo e insondable hospital de Sabadell, el
Taolí. Lo vio
alejarse taciturno, cubierto de aquella sábana blanca e impoluta,
con los ojos húmedos de la tristeza y la certidumbre que solo los
condenados a muerte son capaces de percibir; lo vio inclinándose
ligeramente hacia ella, como si quisiera despedirse allí mismo, a
pesar de que los médicos todavía no lo daban por perdido. Ella
quiso llorar, sintió que acaso era posible, pero al final las
lágrimas no brotaron de sus ojos, no resbalaron por sus mejillas de
princesa, no cayeron al suelo, no mancharon su ropa. Él ya no
estaba; en aquel mismo punto donde apenas unos pocos segundos antes
había habido una camilla de hospital, con su marido tumbado en
ella, ahora no quedaba nada excepto un espacio vacío, infinito,
terrible y cruel: ella temió no volverlo a ver. Sintió una punzada
en el corazón, en su corazón, pero sabía que él estaba
sintiendo lo mismo porque se amaban, se deseaban como el primer día,
y la Muerte, aquella condenada hija de la gran puta, se había
inmiscuido en sus vidas, sin pedir permiso, sin avisar; apareció
una tarde de agosto, mientras comían; aquella condenada era
demasiado cruel, sabían que poco o nada lograrían con tal de
evitarla, así que se prepararon para lo peor: pero a pesar de ello,
a pesar de la posible certeza de lo inevitable, a pesar de todas las
horribles pruebas, a pesar de las duras sesiones de quimioterapia, de
radioterapia, los uncólogos no lo daban todo por perdido, creían
que podría sobrevivir, que sería capaz de vivir un poco más, hasta
llegar a una edad en la que podría sentirse agradecido, satisfecho,
tal vez deseoso ya, por fin, de ser reclamado por La Parca, como un
amor no correspondido por demasiados años.
Se
equivocaron; todos ellos, todos aquellos malditos médicos, con sus
títulos, sus perfectos expedientes académicos, sus batas blancas,
sus cortes de pelo, sus miradas de superioridad, soltando palabrería
y más palabrería como si tan solo hablando ya fueran capaces de
curar, de arrancar el mal de sus pacientes. Ella los odiaba; siempre
los había odiado. No merecían ningún respeto, eran carroña, eran
menos que humanos: les habían llenado la cabeza de esperanzas, de
posibilidades, de un destino que no parecía tan oscuro, tan
siniestro. Y, al final, como siempre, él no había regresado
despierto del quirófano; había sido operado cinco veces; la última
ya no pudo salir del hospital: allí quedó, en una bonita habitación
desde la que podía verse la montaña, sedado a morfina, con sus ojos
cerrados por siempre, respirando ligeramente, con dificultad: a veces
parecía sentir un dolor terrible, entonces ella avisaba a alguna
enfermera; más morfina, más morfina, más puta morfina,
aún podemos darle más, matadle por amor de dios, haced que pare de
sufrir, está sufriendo, está llorando de dolor, ¿no lo veis?
Malditas arpías, matadle, por favor, acabad con su vida, no es nada,
ya no es mi marido, está corroído por el cáncer, su piel es
amarilla, vomita trozos de carne putrefacta, ¿que demonios está
vomitando? ¿Qué coño está pasando? ¡Matadle de una puta vez,
matadle o yo también moriré, por Dios!
Todo
había sido en vano; ahora podía recordar las cosas que habían
vivido, los momentos buenos y los malos, como siempre sucedía a
tantas otras personas que perdían a un ser querido. Lo podía ver en
aquella habitación del Taolí:
aquello ensombrecía sus días en soledad, porque sabía que habían
sido momentos de un dolor no manifestado en el llanto. Algo en su
interior empujaba, deseaba salir, pero no podía. ¿Qué clase de
portento, que clase de indocumentada sensación, impedía que su
llanto brotara imparable? No era capaz de comprenderse a sí misma;
sentía una pena indescriptible, inconmensurable, pero, con todo, no
lloraba, No podía llorar.
Entonces
empezó a asociar extrañas ideas: su incapacidad para llorar la
muerte de su esposo parecía apuntar hacia alguna clase de trastorno,
y aquel acaso muy probable trastorno, podía indicar el camino hacia
la locura transitoria. Los libros,
pensó, los libros.
Por supuesto, debía de ser ella
porque allí no había nadie más. No era su marido; los fantasmas no
existían, solo los locos, los solitarios, los enfermos de cáncer
que morían de una, por fin, tan ansiada sobredosis de morfina. Y los
sentimientos de abandono, de pérdida infinita, de experiencia
onírica mezclada con los humos de la tristeza, de ausencia del todo
y del cuándo,
del yo y del él,
todo se difuminaba, todo parecía
mezclarse, y el resultado era un lienzo de color rojo sangre y negro
de muerte.
Entonces
lo sospechó: estoy perdiendo el juicio, no hay duda. ¿Qué
me está pasando? Quiero llorar, pero algo me lo impide. Quiero
llorarle, quiero demostrarle que lo amaba; que aún lo amo, que para
mí ya nada tiene sentido si él no está a mi lado, aquí, ahora, en
casa, con sus libros, con su rostro dulce, con su mirada, con su
sonrisa, su cuerpo con el mío, acoplados, perfectos, sintiéndonos
el uno al otro, el calor, la excitación, aquello y todo mezclado,
como una intersección; sus partes que son comunes a las mías juntas
en un nuevo Dominio de elementos atómicos, de partes indivisibles,
en el fragor de un amor eterno...



2


Pero
había algo más.
No
comentó nada de todo aquello con nadie porque apenas tenía amigos,
y sus padres habían fallecido ya hacía muchos años. La familia de
su marido siempre había sido un enigma para ella; no parecían
caerse bien. Así que tuvo que soportarlo como tantas otras cosas
debería comenzar a soportar: en absoluta soledad y en silencio.
En
algún momento llegó incluso a sopesar la posibilidad de acudir a un
psicólogo. No creía en ellos, al menos no en su totalidad, pero
parecía lo más lógico que una mente corrupta podía argumentar
como solución, al menos en las primeras manifestaciones de
cualquiera que fuese su enfermedad mental. Pensó que podía dejar
que aquello evolucionara en total libertad, al menos durante un
tiempo, tal vez unas semanas o un mes, a lo sumo. Quería ver y
analizar, por sí misma y sin intervenciones externas, a dónde podía
conducir todo aquello: ¿a su total locura? ¿A una enajenación
mental completa? ¿Moriría enloquecida? ¿Se convertiría en una
especie de psicópata maníaco-depresiva obsesionada por libros,
librerías y ruidos nocturnos? ¿Era ella quién se dedicaba a lo
largo de algunas noches a leer, escondida de sí misma, en la quietud
del estudio? Podía imaginarse echada en la cama, soñándose
leyendo, mientras leía soñando que se soñaba durmiendo. Tal vez
era una manifestación clara y directa de un desdoblamiento de
personalidad, quizá una parte de ella era ahora una parte de lo que
él había sido.
Todos
los libros que encontraba, ya fuera en las estanterías o en la
mesita de noche, eran eminentemente del gusto y preferencias de su
esposo fallecido. Autores como Haruki Murakami, H.P. Lovercraft,
Richard Dawkins, o del que siempre estaba hablando con franca
emoción en sus ojos: Bertrand Rusell. Por
eso intuía que había algo de él dentro de ella, que parecía
surgir, manifestarse, únicamente por las noches.
Una
noche sintió una caricia en su mejilla izquierda. Se despertó
angustiada, mirando a su alrededor como enloquecida, intentando
acostumbrarse a la penumbra del dormitorio. Sombras extrañas
parecían danzar al compás de una música de ultratumba que sonaba a
lo lejos, proyectándose sobre las paredes de la habitación. Cuando
logró encender la lámpara que tenía a su lado, en la mesilla de
noche, las sombras se desvanecieron de súbito, y la música pareció
fundirse con ellas: todo al unísono dejó de existir, como si jamás
antes hubiera habido oscuridad, como si, de hecho, aquel dormitorio
nunca hubiera conocido antes la negrura de la noche. Entonces, miró
hacia el lado de la cama que solía ocupar su marido, y allí, justo
sobre las sábanas blancas, donde no debería haber ni una sola
arruga, todavía podía apreciarse la presión que algún cuerpo
había ejercido sobre las mismas, como si hubiera estado sentado,
ligeramente ladeado hacia ella, alargando un brazo con tal de
acariciarle la mejilla con sus dedos intangibles. Y en la mesilla de
noche, un nuevo libro, con su habitual punto de lectura, dejado allí
de modo casual, En
ausencia de Blanca, de
Antonio Muñoz Molina.
Saltó
de la cama asustada. Pensó que una cosa era leer y no recordar haber
leído; pensó que incluso una persona terriblemente afectada por la
muerte de otra podía llegar a ver cosas que solo tenían cabida en
su mente; pero aquello era diferente, aquello era aterrador: llegó a
sentir los dedos de un hombre, sus
dedos, acariciándole
la piel como si estuviera realmente allí, como si no hubiera muerto,
como si su presencia fuera totalmente real, como las arrugas de las
sábanas, como la presión ejercida sobre ellas por un cuerpo
tangible, físico, un cuerpo al que se le podía aplicar las Leyes de
Newton. Y eso no podía solucionarlo un psicólogo; ni tan siquiera
un psiquiatra con sus fármacos inacabables. Estaba de pié,
observando su propia cama desde la relativa seguridad del corredor
que moría en aquel dormitorio donde antaño hubo alegría y amor
sincero. Ahora parecía un lugar sombrío incluso a pesar de la luz
arrojada por aquella lámpara.
Volveré
de entre los muertos, de ser necesario, para terminar mis libros.
Sí;de repente lo recordó.
Un día de verano, caluroso como casi todos, habían estado comprando
algunos libros en l'FNAC,
y él parecía triste. Ella lo atrajo hacía sí y lo besó
fugazmente en los labios. Él se dejó arrastrar, parecía realmente
preocupado por algo. En sus manos cargaba unos cuantos libros que se
disponía a comprar. Entonces lo miró a los ojos, intentado
sondearle, pensando qué debía sentir que lo atormentaba tanto. A su
alrededor la gente avanzaba, esquivándoles como el conductor que
sortea un obstáculo en medio de una carretera, todo era un mar de
gentío, arriba, abajo, entrando, saliendo, como una corriente marina
de gran poder, mientras ellos seguían allí, quietos, observándose
el uno al otro, y él parecía desear llorar, y la miraba con franco
dolor en sus ojos, y ella sintió que lo quería más que a nada en
el mundo, y volvió a besarlo, y los libros que el sostenía cayeron
momentáneamente al suelo; el hechizo se había roto, se agacharon
los dos casi al unísono para recogerlos; y entonces él le dijo
aquellas palabras.
Ahora lo recordaba. Entonces, ¿era eso? ¿Era él regresando de
entre los muertos para terminar de leer todos aquellos libros que el
cáncer le había arrancado con crueldad? ¿Podía ser que su marido
estuviera presente, de algún modo, y cada noche se dedicara a leer y
a leer sin cesar, justo hasta que los primeros rayos de sol lo
devolvían al Limbo del cual provenía? De repente, su terquedad a la
hora de justificar las cosas más extrañas siempre desde un punto de
vista absolutamente racional perdía fuelle. Sentía que tal vez todo
lo que siempre había creído era fútil; allí había habido una
presencia física que había entrado en contacto con ella. No más
pesadillas de locura, no más razones evaluables, medibles,
coherentes: solo lo imprevisible, lo abstracto, la no realidad, la no
existencia, la nada, la muerte, los fantasmas. Tal vez; tal vez era
todo completamente real.
- ¿Cariño?- preguntó en voz alta, de pié observando la cama.
Por lo que pareció un rato excesivamente largo, nada ocurrió. La
quietud era total, el silencio de la noche parecía cubrirlo todo de
soledad y miseria. Luego, poco a poco, vio como una presión era
ejercida sobre la almohada donde su marido había apoyado su cabeza
tantas noches atrás; vio como la almohada era ligeramente alzada y
se sostenía mágicamente contra la pared, a apenas unos cuarenta o
cincuenta centímetros de altura respecto de la cama. Su corazón
latía desbocado de pavor, de excitación, de esperanza. Allí, justo
frente a sus ojos, su marido muerto se estaba manifestando, adecuando
su entorno para otra maravillosa noche de buena lectura, y ella
estaba siendo testigo de aquel milagro que la ciencia no podía
explicar. El libro , que hasta entonces yacía semi olvidado sobre la
mesilla de noche, pareció describir una ágil parábola, y se abrió
justo por la página donde se encontraba el punto de lectura. Este
cayó sobre la cama, pero no llegó a tocarla, quedó suspendido en
el aire, unos doce o quince centímetros por encima de la misma,
sobre aquellas sábanas blancas e impolutas que desprendían un
dulce aroma a jazmín.
Ella siguió de pie, inmóvil, sin saber si aquello significaba, por
fin, que sus días de soledad habían terminado. Algo impedía que se
acercara a la cama, que intentara tocarle, acariciarle, ver si ella
podía tocar lo invisible, lo intocable, lo que no era de este mundo
pero que antaño lo había sido. Pensó que era el terror atávico a
lo sobrenatural, a lo desconocido, lo que la dejaba clavada en el
corredor, enfrente del dormitorio, sin poderse mover, deseando
moverse.
Entonces, con un movimiento brusco, las sábanas de su lado de la
cama parecieron abrirse como las aguas del Mar Rojo; y ella sintió
como una voz susurraba su nombre desde la lejanía del tiempo y del
espacio, como si estuviera dentro de ella, en su cabeza, como una
oferta, una invitación a unirse a algo, algo nuevo, algo hermoso,
algo etéreo.
Despacio, despacio, avanzó hacia la cama, y a cada paso que daba
una lágrima brotaba de su rostro, resbalando por sus mejillas,
irritándole ligeramente la piel, manchando su ropa, cayendo sobre
sus pies descalzos.
Por fin lloraba.




Toni
Castillo Girona
Cornella
de Llobregat, 4/4/2009, terminado a las 19:21. 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Toni Muñoz Molina.
Published on e-Stories.org on 04/06/2009.

 

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