Fermín Vidales Martínez

EL ARROYO SANTO

 

EL ARROYO SANTO

 

 

 

Más allá de la venta de Pedro Donoso, yendo hacia el Este y antes de llegar al cruce de las Millanas, surge un carrilillo estrecho y tortuoso en la margen izquierda de la carretera que cruza toda la campiña de Andrés el Madriguero cuesta arriba y se pierde en la otra cara del cerro del Moro. Después sigue subiendo y bajando dos cerros más, Puntafría y Serranoso, y finalmente se divide en tres ramales disminuidos. El de la derecha desaparece inmediatamente entre una loma seca y dura de almendros; el central avanza un poco más y muere en un caserón invadido de ortigas, mastranto, cigarrones y lagartijas; el de la izquierda, el más largo de los tres, sigue recorriendo dos o tres kilómetros de campo y súbitamente resbala la falda de un otero y baja a beber a un arroyo de agua limpia y fresca.¡Cuántas veces, de niño, habré peregrinado por este camino envuelto en el son enervante de las cigarras! Allí teníamos una finca de tierra húmeda y jugosa, un oasis insólito en aquella lejanía seca y recalentada por el implacable sol andaluz. Acompañaba a mi abuelo a revisar los ciruelos, los manzanos sanjuaneros ,las tomateras, los aguacates, los pimientos...Le ayudaba a llenar en el arroyo unos pozales de agua y después ,mientras él se quedaba rociando las matas y empapando el pie de los árboles, yo me encaramaba en lo alto de una roca suave que había en la orilla, y luego me precipitaba sobre el inmaculado espejo en todas las posturas imaginables: de cabeza, a la bomba, a la carpa, de espaldas, con volteretas ,o formando un amasijo arbitrario de contorsiones. ¡Qué deliciosa era la frescura de aquellas aguas! El espejo líquido se rompía en añicos que saltaban y caían con un sonsonete de lluvia. Yo chapoteaba frenéticamente, como si me estuviera ahogando, y luego dejaba que mi cuerpo lacio resbalase hasta la superficie y flotara quieto. El sol, redondo y apelmazado, soltaba su fuego en unas lazadas bochornosas que castigaban la piel y penetraban las aguas con una sinfonía de zumbidos y colores. A lo lejos continuaba el canto desesperante de las cigarras como si no les importase la existencia de aquella utopía. Cuando me agotaba de flotar en quietud me sumergía con los ojos muy abiertos hasta el fondo y removía las piedras para ver si encontraba alguna moneda de los tiempos de los moros. Antes se encontraban a puñados por todas partes: en las cuevas de la sierra, enterradas al lado de la ermita del Puerto, en el Alcaría, en el charco del Muro, y en este arroyo. Pero yo nunca había visto ninguna. Aun así no desistía de hurgar en el fondo cada vez que me bañaba.

Un día encontré una tortuga muy pequeña, agazapada entre unas piedras, y corrí a enseñársela a mi abuelo. La tomó con sumo cuidado y la examinó dándole vueltas en las palmas callosas de sus manos gigantescas. Me preguntó dónde la había cogido y yo le dije que en el arroyo. Mi abuelo juntó tanto las cejas que las convirtió en una sola. Era la primera vez que hallaba una tortuga así que estaba loco de contento, sin embargo mi abuelo, lejos de acompañarme en mi excitación, tenía la cara muy seria y pensativa.

-¡Qué raro!¡Qué raro que hayas encontrado esa tortuga!

Me devolvió mi tortuga y se puso a liar un cigarrillo. Como vi que se había quedado mudo y absorto en sus cavilaciones, me puse a jugar con el pequeño quelonio.

Tenía la cabeza escondida dentro del caparazón y en vano intenté lograr que saliera utilizando unas hojitas de hierba como cebo. Aun estaba embarcado en tan dificultosa tarea cuando mi abuelo me distrajo escachando el cigarro en un nudo del tronco de un ciruelo injertado en melocotón.

-Acompáñame-dijo, y echó a caminar hacia el arroyo.

Nos paramos junto a la orilla y mi abuelo me pidió que le indicara el lugar exacto de mi descubrimiento. Hice un gesto con la mano y mi abuelo adoptó de nuevo aquel semblante severo. Después se agachó y comenzó a cribar con los dedos grandes puñados de agua.

-¡Qué raro! El mismo color, la misma soltura...hasta huele lo mismo.¡Qué raro! ¿Seguro que la has sacado de aquí?

-Pues claro-contesté indignado.-¿De dónde la iba a sacar si no?

-¡Qué raro!-replicó mi abuelo.

Yo no entendía por qué andaba mi abuelo tan meditabundo.

-¿Qué pasa?

-Pues que este arroyo nunca ha sido un arroyo como los demás. Éste es un arroyo santo.

-¿Un arroyo santo?-repetí maravillado.

-Sí-contestó mi abuelo.

Entonces me contó la historia. Había ocurrido hacía mucho, allá por los tiempos del padre del abuelo de mi abuelo. Pedro el de los Corrales era un campesino joven que vivía en Oruga. Un día de septiembre, cuando estaba cogiendo almendras, empezó una tormenta, así que se vino al pueblo sin recoger siquiera las varas ni los fardos. Se metió en la taberna para escurrirse la ropa mojada y beber unos vasos de vino ligado. Entonces se le acercó uno que estaba borracho y le susurró algún misterio al oído. Pedro el de los Corrales miró en derredor con las pupilas extraviadas y empujó violentamente al borracho, que calló pesadamente al suelo y se desnucó con el escalón de la chimenea. Salió corriendo de la taberna y fue directo a su casa. Su mujer ,María la de Vicente, una muchacha llena y bermeja, andaba descapotando almendras en la cocina. Sin decir nada Pedro la descuartizó con un hacha y echó los restos al corralillo donde guardaban las gallinas y una vieja mula torda. Cuando le vinieron a buscar los migueletes ya se había tirado al monte.

Dicen que allí se reunió con otros proscritos y organizó una banda que recorría toda la serranía malagueña quebrantando los ojos ciegos de la justicia con sus facas desgastadas. Preparaban emboscadas a los transeúntes y hurtaban carne, huevos y leche a los corrales de los terratenientes. Sus escaramuzas fueron pronto renombradas por toda la provincia de Málaga y se extendieron hasta Cádiz, Jaén e incluso Extremadura. Los campesinos pobres les adoraban y cuando surgía la ocasión se prestaban a ayudarles con orgullo. De ésta guisa transcurrieron más de dos años sin que la autoridad pudiera atraparlos.

La mañana de mayo que los hombres de Pedro el de los Corrales asaltaron la Iglesia de San Miguel Arcángel era una mañana de comuniones. Irrumpieron en el templo subidos en sus caballos cuando el padre Miguel se ocupaba en ordenar a los niños en filas para que se acercaran al altar y recibieran el cuerpo de Cristo por primera vez. Los caballos entraron con relinchos espumosos y los jinetes con bramidos de aguardiente. Algunos niños empezaron a llorar desquiciados y corrieron a buscar cobijo entre las manos indignadas de sus padres. El cura intentó sembrar la calma y reprendió duramente a los bandoleros, pero uno que se llamaba Juan el Tuerto y que aquella mañana capitaneaba el grupo se le acercó blasfemando, y le cruzó la cara con una vara de membrillo recién cortada. Pedro el de los Corrales no iba con ellos aquella mañana aciaga. No hubiera permitido que atacaran una iglesia, y menos la de su pueblo. Dicen que era un hombre de fe y que no reprochaba a Dios el destino que le había reservado ni las penurias que le tocó padecer. Seguía amándolo desinteresadamente, con la pasión misteriosa de quienes creen; por eso jamás lo hubiera consentido. Pero él no estaba allí aquella mañana de mayo.

Se llevaron a las mujeres y a los niños a un rincón detrás del púlpito y dejaron a los hombres en los bancos de madera. El padre Miguel seguía tirado en el piso con la mejilla abierta y ensangrentada y con las manos muy juntas. No articulaba ninguna palabra a pesar de que agitaba los labios en una oración imperceptible. El Tuerto comenzó a pasar una canastilla de mimbre entre los bancos como si fuera el monaguillo. Les ponía la hoja sucia y alargada de la navaja en la nuez y rogaba una limosna generosa. Algunos hombres apretaban la mandíbula y achicaban la mirada; otros sometían la cabeza con los párpados temblorosos; y todos entregaron cuanto tenían sin chistar. Cuando hubo terminado la cosecha el Tuerto se dirigió a sus secuaces y confabuló con ellos media mirada resplandeciente. Vació la canastilla en un saco grande de pita y se fue al grupo de las mujeres y los niños para repetir la operación. Aquí tuvo que participar con alguna de las víctimas que estaba tan agarrotada que no conseguía moverse. Así que arrancó medallas, pulseras, alfileres, crucecitas, e incluso algunos botones dorados.

Después de saquear a todos los feligreses los bandidos se dedicaron al propio templo. Cogieron la túnica de terciopelo morado del Cristo Nazareno, la mantilla de fino hilo enlutado de la Dolorosa, el sudario de sábana con encajes del Jesús caído, la corona y el cordón de oro del santo patrón labrador, los reales del cepillo, alguna litografía, los cirios altos y pesados, las bolas broncíneas que culminaban los mástiles de los tronos, el cáliz,...Se lo llevaron todo.

Guardaron el botín en sacos y se despidieron con una reverencia hipócrita en la cintura y una sonrisa socarrona en la boca. Subieron a sus cabalgaduras y huyeron con la misma tempestad que habían aparecido.

La conmoción fue corriendo primero de boca en boca y luego de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, y en menos de una semana toda la serranía andaluza supo del terrible sacrilegio. La gente no comentaba más que la crueldad y desvergüenza de los hombres de Pedro el de los Corrales, y lo que éste iba a hacerles cuando regresara de dondequiera que hubiese ido, sobre todo a ese Juan el Tuerto. Algunos apostaban a que los despellejaría vivos. Otros, sin embargo, replicaban que no podría con todos a la vez, y que si había un muerto sería Pedro. Tampoco faltó quienes le acusaran. Decían que no iba a hacer nada porque era tan bandolero y criminal como los demás, y que si la justicia lo perseguía con tanto ahínco no sería por capricho. Así es que unos lo denigraban comparándolo con el mismo demonio y otros lo convertían en una suerte de ángel vengador. Pero lo que sucedió en realidad no se supo con exactitud hasta dos semanas después, cuando los bandidos fueron detenidos por unos montes de Álora. Juan el Tuerto lo confesó todo.

La noche que Pedro apareció sus hombres estaban borrachos en una guarida cavernosa. Habían encendido una candela y alguno se entretenía bailando a su alrededor con los ojos desencajados. El Tuerto estaba recostado en una esquina de la cueva con una botella de aguardiente entre las rodillas, y cuando vio asomar el rostro serio y tenebroso de Pedro presintió lo que iba a pasar.

-¡Qué habéis hecho, desgraciados!

Su voz atronó indignada y el eco de sus palabras rebotó por las rocas silenciosas.

Todos le miraban sorprendidos e intrigados, salvo el Tuerto, porque él ya comprendía lo que iba a pasar. Pedro el de los Corrales repetía aquella frase repasándolos de uno en uno. Cuando terminó de acusarlos, a todos, sin excepción, cruzó la cueva hasta donde se encontraba el Tuerto y le abofeteó la cara.

-Esto por lo del cura. Y ahora vais a ir a devolverlo todo. Hasta la última perra.

El Tuerto agachó la cabeza y se oyeron murmuraciones. Pensaron que con aquel ademán se rendía y aceptaba la sentencia de Pedro. Pero no era así. Sólo él sabía que no era así, y sintió en su interior la delectación incontenible que producen los secretos.

Pedro el de los Corrales tuvo una muerte alevosa. Cuando se giró para salir de la cueva el Tuerto desplegó una navaja de siete muelles y se la clavó en la espalda, entre los omoplatos. Aún tuvo tiempo Pedro de volverse y mirarle sorprendido antes de que los espumarajos sanguinolentos le ahogaran. El Tuerto escupió sobre la expresión callada de Pedro y anunció que se proclamaba caudillo desde ese momento. Sus palabras sonaron indiscutibles. Nadie se atrevió a oponerse de tan asombrados como estaban.

Envolvieron el cuerpo de Pedro en un lienzo desgastado y fueron a tirarlo al arroyo. Cuando llegaron la noche era negra y avanzada y el agua continuaba turbia debido a las recientes zambullidas de los zorros y los jabalíes que bajaban a beber y a refrescarse. Tendieron el cuerpo sobre los juncos escachados de la orilla y uno improvisó una oración dislocada. Tal vez fue aquello lo que le trajo la ocurrencia al Tuerto; un pensamiento endemoniado a través de las palabras de Dios. Era una idea graciosa y solemne, una injuria y una alabanza, el pecado y la contrición. Tiraron al agua el cadáver de Pedro el de los Corrales abrazado al cáliz robado de la iglesia de San Miguel Arcángel.

El cuerpo fue hallado tres días después. Fue un cabrero que andaba por allí para que bebiese su rebaño. Dicen que las cabras se arrodillaban devotamente al acercarse a la orilla.

-Luego desapareció la vida en el arroyo.¿Seguro que estaba ahí la tortuga?

-Que sí abuelo, que sí.

 

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Published on e-Stories.org on 05/11/2009.

 

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