Fermín Vidales Martínez

EL TESTAMENTO NUEVO

 

EL TESTAMENTO NUEVO

 

 

Uno

 

Detrás de los pardos lomazos asomaron unas nubes cenicientas, de puro plomo, salpicadas con vetas de sangre hirviendo, y se fueron colocando sobre el amplio valle hasta envolver completamente el techo de la ciudad. La masa de nubes se agitó y comenzó a soltar unos goterones blandos y calientes que levantaban, con su peso, un polvillo casi gaseoso. El día se transformó de sopetón en una noche negra y apretada. Bajo la lluvia cada vez más furiosa, tromba, empezaron a rebelarse en los huertos y los corrales de los alrededores algunas candelas crispadas que picoteaban con sus lenguas celestes las opacas baldosas del cielo. Sin embargo, cuando cayeron los primeros rayos y la tromba fue un diluvio, los campesinos tuvieron que resignarse y abandonar sus ocupaciones, y corrieron hacia las casas de la ciudad dejando atrás los aperos. Pronto surgió por las rendijas de las casas una claridad mortecina de candil y unos llantos de niños amedrentados por la tormenta; llantos desesperados, estridentes, indiferentes a los arrumacos y carantoñas de las madres.

José se detuvo debajo de uno de los ciruelos del centro del jardín y levantó la cabeza. Las ramas del ciruelo se retorcían con violencia bajo la presión del agua y algunos frutos, verdes aún, caían como bermejos sobre la tierra fangosa con unos golpes sordos. José cruzó corriendo el trecho que restaba hasta la entrada de la casa y se paró bajo la cornisa para sacudirse las ropas. Luego empujó el portalón y, empapado todavía, entró chorreando la alfombra del largo corredor. Tomó uno de los cirios majestuosos que había en el umbral y avanzó por el pasillo arrastrando en sus alpargatas un leve rumor de maderas astillándose. Torció a la derecha dos veces seguidas, y luego a la izquierda, y de nuevo a la derecha, y llegó frente a una puerta de madera tallada con figuritas que, a la lumbre inquieta del velón, parecían animadas. La puerta estaba entornada y José entró directamente, sin llamar. A un lado de la estancia se adivinaba el contorno tenebroso de Nicodemo apoyado en el quicio del ventanal que daba al patio del pozo. Más allá de donde alcanzaban los destellos de la llama danzarina no se veía nada. Nicodemo se había vuelto al oír la llegada de José y fue a encender las velas de tres grandes candelabros que iluminaron la habitación con una claridad indecisa. Debajo de las sombras, frotándose unas manos grises y alargadas, en el otro extremo de la habitación, apareció la figura de David sentada en un taburete. Era una estancia espaciosa, con un techo muy alto bordeado de brocales de escayola, y vacía sino por algunos taburetes, una cortina aterciopelada de color dudoso-tal vez granate-,tres macetones con geranios, y las figuras de José, Nicodemo y David bamboleándose con la luz de los candelabros. José anduvo unos pasos y levantó la cabeza, y David y Nicodemo le examinaron con intriga. Tenía una barba rala y cana compuesta por dos mechones exangües que se descolgaban desde los pómulos. El pecho, dolorosamente hundido bajo la túnica sacerdotal, aún se agitaba notablemente debido a la carrera bajo la lluvia. Sus párpados, hinchados y escocidos, decían que había estado llorando y demostraban un cansancio físico y un agotamiento espiritual. Su labio inferior colgaba como un bulto de carne blanda, lleno de grietas y pellejillos.

-No entiendo nada-murmuró José.-Estoy demasiado fatigado para entender algo de todo esto.

Nicodemo se le acercó lentamente, con la torpeza de unos movimientos asustados, y le posó una mano azulada en el hombro.

-¿Qué ha ocurrido, José?-preguntó.

José realizó una torsión inverosímil en el cuello y dejó que su cabeza se balanceara en una negación afligida. Luego la detuvo con sus propias manos, atenazándola a la altura de las orejas, y suspiró profundamente.

-¡No puede ser!¡No puede ser!¡No puede ser!-David se ahoga, revienta, llora y se abandona.

José enderezó el cuello y les miró con los ojos abiertos de par en par, alucinados, embobados como los de las lechuzas. Estaban muy rojos y secos.

-Lo es-musitó. -El Consejo se reunirá en cuanto nazca el día.-Rumbea por la habitación y aspira el olor amargo de los geranios olvidados. Se acerca a una de las macetas y empieza a disolver con caricias las hojas mustias de la planta muerta. Luego se acerca al ventanal e intenta escudriñar en vano la negrura del cielo. La lluvia sigue tamborileando en los cristales y describe fantasmagorías de agua.-Al amanecer. Así se ha decidido.

-¿Y él qué dijo?¿No se defendió?¿No declaró su inocencia?¿No les mostró su poder?

-No hizo nada, Nicodemo, nada. Permaneció callado y erguido. Parecía una fortaleza que sospecha que van a derribarla pero continúa orgullosamente confiada. El viejo se enfureció. Intenté disuadirle de su enfado y sólo conseguí acrecentar su cólera. Ordenó que le golpearan y le escupieron en la cara. Su cuerpo sangraba y se retorcía a cada golpe, pero el seguía rotundo y sereno como una cosa. Cuando se cansaron de pegarle y humillarle le echaron a la calle. El viejo se reía...-la cabeza de José vuelve a inclinarse y baila sobre el suelo oscuro.-No pude evitarlo. Yo estaba allí y no pude hacer nada -se recrimina.

Nicodemo miró a David, que continuaba llorando con la cara enterrada en las palmas de las manos.

-Ha tenido que pasarle algo, algo inexplicable que ha producido un cambio en su interior...-dijo.

-Tal vez no sea el Ungido. Tal vez la esperanza nos ha cegado y nos hemos equivocado con él. Tal vez...

-No, José, no. Vimos cómo trenzaba el látigo y lo agitaba en las espaldas de esas sanguijuelas. Su rostro desencajado cuando volcaba los tenderetes...furibundo. Su voz indignada atronaba igual que mil tormentas juntas. Y cuando curó a aquel cojo...Yo estaba allí. Yo había visto cientos de veces las piernas carcomidas. No, José. Es él. Pero tiene que haber sucedido algo para que ahora se comporte así.

José se encogió de hombros.

-De todas maneras-continuó Nicodemo-ni Herodes ni Pilatos harán nada sin que nosotros se lo pidamos. El viejo no es nadie ya. No podrá obrar sin tu consentimiento por mucho que quiera. Tú puedes pasar por encima suyo.¿No eres tú el Sumo Pontífice?.Sólo tú tienes la autoridad suficiente para reclamar su cabeza, así que no tenemos por qué temer.

-¿Autoridad?¿Autoridad dices?-José miró perplejo a Nicodemo.-No te olvides de que Anás sigue siendo de hecho el Pontífice. Yo...-su garganta se inflama y crece como una taramilla en el fuego, sin embargo acaba estallando en un nudo interno que se arrastra al estómago y forma un endeble hilo de voz.-Yo no soy más que un pelele a su servicio. Anás me ordenará que pida la cabeza de Jesús y yo tendré que hacerlo.

-Pero algo habrá que podamos hacer-gime David sin descubrir su rostro. Sus dedos, lívidos, como lombrices fláccidas, tiemblan.-No podemos quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que salvarle.

-Sí, pero cómo. Yo no veo ningún camino.

-¿No podríamos convencer al pueblo?-aventura David mostrando una expresión devastada.-Odian a Roma. Podríamos decir que salvarle es la única manera de librarles del yugo romano. Él será nuestro Rey y nos conducirá a la libertad. El pueblo nos escucharía, estoy convencido.

-¿Sin el apoyo de Anás? Es absurdo, David, olvídate-dice Nicodemo.-El pueblo tiene toda su fe depositada en el Consejo, es el Consejo el que vela por todos sus intereses. Pensarán que si el Sanedrín pide la cabeza de Jesús alguna razón habrá para ello. No, no nos prestarán atención.

-Un momento...tal vez no sea tan mala idea-declara José con los ojos reanimados.-Sí, sí, nos creerán.¿Por qué no habrían de hacerlo? Anás es de facto quien gobierna el Sanedrín, pero eso no lo sabe el pueblo. Para ellos soy yo, Caifás, el Sumo Pontífice. Soy yo quien manda.¿Cómo no iban a aceptar entonces mi palabra?

-Entonces no hay nada perdido-ríe David con nervios.

-La gente clamará contra Roma y saludará al nuevo rey de Israel.

 

 

 

 

Dos

La víspera de la Pascua la taberna estaba repleta. Era una habitación estrecha, con las paredes invadidas por una costra de mugre vieja, reseca; un antro apenas iluminado por los haces descompuestos de la luz que arremetía a trompazos por el único ventanuco existente. Había unos sacos de vino apilados en un rincón oscuro de los que libremente se servían los parroquianos. De vez en cuando se subía a una mesa desvencijada que había en el centro alguna mujer borracha y, remangándose la falda por encima de las rodillas, empezaba a bailar locamente, frenéticamente, contorsionando las caderas con arbitrariedad. Los hombres, alrededor de la mesa, palmeaban, se reían con unos dientes podridos y se tiraban de las barbas y de los jirones de las camisas. La mujer daba vueltas y vueltas y caía mareada en medio de una masa de cuerpos que la zarandeaba y vapuleaba y llevaba en volandas de un lado para otro.

Inés bajó por unas escaleras de piedra que había al fondo y, evitando los abrazos furtivos y concupiscentes que la buscaban, fue hasta el ventanuco. Era un día seco, de un sol impecable. No quedaba nada de la tormenta de la noche anterior. Varios chiquillos descalzos pasaron corriendo por la calle y luego vio a un hombre que, escoltado por soldados, cargaba un tronco recio sobre los hombros. Le reconoció al instante.

-¡Eh! -dijo volviéndose al interior de la taberna.- ¡Mirad! ¡Van a crucificar a Barrabás!

La masa de cuerpos se agolpó en el vano tanto que la taberna pareció volcarse.

-¡Sí, es Barrabás!

-¡Es Barrabás!

-¡Mirad, Barrabás!

Cuando se acostumbraron a lo que veían empezaron a reír y a insultar al prisionero.

-Adónde vas tan cargado, Barrabás.

-A quién le has robado eso, Barrabás.

-Te compro la mercancía, Barrabás.

El reo fulminó el ventanuco con una mirada biliosa e intentó retorcerse igual que un perro rabioso, pero uno de los guardianes le fustigó la nuca con una lanza y Barrabás cayó al suelo con el madero a cuestas. Los parroquianos rompieron en una nueva y ruidosa carcajada. El reo se levantó con un gesto dolorido y la procesión continuó, lentamente, su camino al Gólgota.

 

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Published on e-Stories.org on 05/17/2009.

 

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