Maria Teresa Aláez García

La flor del Edelweiss

LA FLOR DEL EDELWEISS

Cuando era pequeña, además de esconderme a leer libros – las mujeres no podíamos ser muy leídas, debíamos aprender a hacer labores, a regir y limpiar la casa, a comprar y cocinar y a saber ser madres y esposas y las alumnas de mi colegio, decían que eran las mejores preparadas para dichos menesteres – me dejaban leer los tebeos y cómics de mis hermanos. Mi madre, para que no le diéramos mucho la lata y no estuviéramos todo el día viendo la televisión, compraba libros de humor y los reservaba para los días de lluvia que en el sureste español son más bien escasos.

Leia varias cosas: la enciclopedia del “Dime por que”, encuadernada en rojo, donde se daba respuesta a muchos por qués de la vida. Estaba de moda y todas mis amigas la tenían. Nosotros no. Nosotros conseguimos diez tomos de una gran enciclopedia de cocina. También leía el “TBO” que era el que mas me gustaba y me sigue gustando, además de los propios de la Editorial Bruguera, los que todos conocen.

En el “TBO” y en algunas revistas que leían mi madre y sus amigas, aparecían noticias cortitas, preparadas para niños y personas poco cultas, para que pudieran entender las últimas novedades en la cultura, la ciencia, la literatura y las curiosidades. Me gustaban esas páginas y si mi madre iba a tirar el cómic, las guardaba. Las releía una y otra vez y buscaba sobre esos temas. Aprendí desde el nombre de las tribus keniatas, las tropecientas maneras en que los esquimales llaman al color blanco y  a la nieve, hasta el incremento demográfico en Bután o cosas así.  También leíamos los “clásicos juveniles” que fueron, junto a otras cosas, mi iniciación a la literatura clásica y mas culta y a la música.

En cierta ocasión, leí la historia del Edelweiss. Una flor blanca que crece entre las nieves. Preciosa. De pétalos alargados. No daba su nombre científico pero si historias muy romanticas que se solucionaban gracias a la flor del Edelweiss. Crece en los Alpes y en todas las cumbres nevadas europeas, imagino, y es blanca, por supuesto. Cuando emitieron por la televisión Heidi, nombraron y dibujaron una de estas bellisimas flores.

No imagine que por azares del destino, llegara a ir a Suiza. Mis hermanos pudieron ir de viaje de estudios y mi hermana, quedarse en el colegio a hacer el bachiller. En tercero de BUP mi abuela se planto y dijo algo de no se que “patito feo”. Uno de los profesores de religión del instituto, salesiano, preparo un viaje a Suiza junto con los profesores y jefes de estudios del instituto y allá me apuntaron. En su momento, costo 17.000 ptas – curioso, yo tenia diecisiete años – y , para no variar, llegue tarde por mala información sobre la hora.

En fin. Subida al autobús y destino: Suiza.

Al margen de las vicisitudes del viaje, en uno de los días de estancia, nos toco ir a ver las cumbres nevadas y ver el paisaje familiar de la heroína de los Alpes. Para mí la satisfacción de poder ver la nieve por vez primera había quedado satisfecha en la primera mañana que pasamos allí.  En una de las ciudades visitadas, compre dos pequeños colgantes con la flor del Edelweiss. Habíamos ido en Semana Santa y alguna se empezaba a ver por allá. Vimos el deshielo, un alud en una montaña cercana y algún prado libre de nieve.  Casi como en el libro de Spyri. 

Y volvimos a la residencia.

Me había propuesto aprovechar el viaje completamente. Mi abuela había hecho un gran esfuerzo para pagarme el viaje y quería tener cosas que contar. El primer día en Berna, mis amigas se fueron de compras y me llevaron con ellas, así que me perdí ver todo lo que los profesores habían disfrutado. A partir de aquel día o iba yo sola – en aquellos tiempos Suiza no era peligrosa – o con los profesores pero no volvía a irme de compras. Y con la cámara en ristre, sacaba fotos y escribí un diario por mi cuenta de lo que había visto. Pero, desde luego, mi propósito ultimo y ni siquiera pensado ni sospechado, era ligar con nadie. No había ido a Suiza a ligar. Había ido a visitar otro país y si podía, a pasar fronteras y llegar hasta a Austria o hasta Alemania. Y para hacer eso, no podía meterme a ligar. Aparte de que yo ni tenía novio, ni me interesaba ninguno ni tenia la mente en ello. Ya bastante había con sacar adelante estudios, trabajo y asuntos de familia.

Así que había metido pantalones, gorros, bufandas, calcetines, jerseys, botas y camisetas en la maleta. Incluso en las horas de clase había exasperado a la de filosofía y  a la de literatura, tejiendo durante sus clases. Ni se me ocurrió guardar blusas, faldas y pinturas. De todos modos no las usaba. Mi madre, por aquello del “por si acaso” había metido un conjunto: un traje de chaqueta y unas botas, acolchado y un jersey a juego. Pero lo deje metido en la maleta y saque el resto de las cosas. El día de las compras, adquirí otro jersey, crema de cacao y un espejito para poder proteger los labios. Y me pase los días del viaje vestida de vaqueros, con jerseys largos y los gorros, bufandas y guantes, tirandome por el césped, por la nieve, escalando montaña, fotografiando ardillas – tampoco había visto ninguna – y yendo, cómodamente, a conocer con los profesores y a solas, cuanto pudiera de las ciudades que visitábamos. A acumular toda la información posible sobre las mismas.  Para desesperación de mis compañeras y amigas que iban a ver si ligaban a alguno de los estudiantes que se habían quedado allí – yo creía que la residencia estaba vacía pues eran vacaciones – o algún suizo.  El primer día de estancia, cuando estaba en la ducha, vi caer los primeros copos de nieve. Me vestí corriendo y salí a recibirlos dando vueltas pasando rotundamente de los rostros fiscalizadores de mis profesores y compañeras que tenia allí. Para una vez que veía la nieve, no iba a dejarla pasar de largo.  Ya me castigarían luego – no me castigaron, a Dios gracias, pero si me controlaron un poco o bastante. Además, lo extraño era que aprendiendo todas el mismo francés y el mismo ingles, solo otra chica y yo en el autobús – claro, los profesores y los curas, por supuesto – teníamos un nivel lo suficientemente adecuado para poder hablar con los oriundos del país y actuar como interpretes. Así que me toco sacar la falda y las botas y acudir con ellas a una discoteca donde solo se podía entrar con zapatos a ver si nos invitaban a algo, todas menores de edad.

Pues si, para mi desgracia, me toco ligar a mi. A un peruano, a un suizo y a un español. Sin comerlo ni beberlo y como estaba acostumbrada a hacer de aguantavelas, iba pacientemente traduciendo y pasando información a quienes si querían ligar.  Hasta tal punto que me pasaban notas por debajo de la puerta y me lleve a un grupo de chicas a dormir conmigo por si las moscas. Después estaban enfadadas porque me invito el peruano a cenar y mis amigas me obligaron a ir con el. Menos mal que ellas explicaron algo – no se el que, lo ignoro, - y se quedaron contentas. Según ellas, querían que fuera con el chico a cenar para que el no se fuera con otra que a ellas les caía mal – esas cosas siempre me pasaban a mi -. Pero en fin, al chico la cosa no le salio como esperaba. Como yo no iba a ligar, me lo lleve a que me contara toda la historia de los muros de la ciudad, me enseñara los puentes, me indicara lugares peculiares – es decir, actuó de cicerone – y no me tome mas que una pequeñisima parte de lo que me invito a comer.

A cambio de “sus servicios” le regale una de las florecillas que había comprado.  Que conste que yo no utilizo a nadie, pero como me estaban “usando” a mi – me entere al salir cuando la susodicha me dijo que había quedado con ella y se había venido conmigo y yo le ofrecí que mejor la invitara a ella y aquel dijo que no – me dio dolor de corazón pero me prometí que ese chaval que había dejado colgada a aquella chica, lo iba a pagar caro.

El como acaba la historia, lo contare otro día.

Pero se guardo el colgante y a continuación, como mis amigas vinieron a buscarme para cotillear, lo deje con ellas en su habitación y no supe que más ocurrió.

Volví a España con el otro colgante. Y mas recuerdos, claro.

Vi que se había levantado un poquito la pintura y se veía gris y plomizo por debajo. Y me di cuenta de algo terrible, al menos para mí.

Cuando las personas parecemos tan sensibles, tan bien educadas, tan dulces, quizás es una fachada que nos colocamos para que no se vea nuestra realidad, nuestro interior espantoso, la carátula de medusa infecta que tenemos por corazón. Cuando una pareja se enamora e ilusiona, tiene el rostro blanco, como las flores del Edelweiss. Quieren ser lo mejor el uno para el otro e intentan aguantar y ocultar el hecho de que hay cosas en el otro que no les gusta o que le caen mal. Pero no dejamos de ser humanos y a la larga, eso que llevamos escondido y que no queremos que se luzca, acaba por salir en un momento u otro, por mucho que nos controlemos. En una mirada, en un gesto, en una respuesta. No dejamos de ser humanos y de ser imperfectos. Y somos hipócritas. Así además se nos educaba en casa. Los trapos sucios y todo quedaba en casa y queda y dejamos para afuera lo mejor, la mejor sonrisa, la mejor voz, para cautivar y encandilar. Pobre de quien quiera mostrarse tal y como es. La gente le huye porque no quiere reflejarse en algo tan horrible que sabe que es el mismo o ella misma por dentro e intenta fijarse solo en lo lírico, bonito, guapo y bello a ver si se le contagia.

Aquel edelweiss significaba, en parte, mi fachada, lo que por unos momentos, fue lo mejor de mi misma.

Durante el verano, al venir de vacaciones, conté mi viaje de estudios con mucha emoción. Había una chica mucho mas mayor que yo que era bióloga y que era de las pocas personas que había encontrado algo en mi mas que un ser para reírse o una bacteria vil de la cual huir y esconderse. Me invitaba a su casa, conocí a su familia, a su pareja, me enseño a salir adelante en la vida del mejor modo posible. Ella tenía algunos problemas. Se iba de la ciudad para acabar la carrera en otra provincia y nos despedíamos. No la volví a ver, al menos por ahora.

En uno de nuestros paseos donde hablábamos de todo lo que se nos ocurría, lo que se nos pasaba por la cabeza, fuera lo que fuera: biología, poesía, arqueología, cosas de la vida, etc… le regale, para despedirla, el otro colgante. Pero le comente el fallo que tenia y le dije que no solo le daba lo mejor de mi misma, sino que le regalaba parte de mi, reflejado en el pedazo de plomo. Ella había hecho mucho por conseguir que el pedazo de plomo se hiciera, posteriormente, amarillo y blanco y realmente bello, hasta conseguir formar una flor.

Me dijeron que durante muchos años, llevo el pequeño colgante pendiente de una cadenita, en su cuello.

Y en mi caso, a partir de entonces, no he escondido la clase de persona que soy o puedo ser. Si es momento de reír, río, si es de llorar, lloro o si es de enfadarse, me enfado. Menos mal que no salgo mucho de casa y cuando lo hago me quedo aparte y pensando en mis propios asuntos. Para evitar, digamos, el escándalo en las miradas ajenas que sufrirían viéndose reflejadas en mí.

La flor del edelweiss, por cierto, es una “Leontopodium Alpinum” y su nombre significa “blanco noble” o “blanco puro”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 08/31/2009.

 

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