Juan Carlos González Martín

Carta al corazón

Amor mío.

Eres la princesa que reina todo cuento de hadas que cualquier príncipe querría para compartir su reino.

Un reino de deseo y felicidad compartida por dos almas inquietas, difíciles de contentar con una existencia normal y sedentaria, que consigue hacer vibrar espíritus inquietos en sus pequeñas casas de algodón endurecido por el insignificante uso de sus inquilinos prehistóricos.

Un bello pájaro aterrado en su vida emocionante, nos observa con asombrado entusiasmo, con la vista clavada en nuestra brillante y lustrosa felicidad, caminando por un hermoso camino de rojas baldosas, dirigido por dos exuberantes hileras de preciosas rosas verdes, que nos conducen a la mansión en que reina la ilusión.

Un gran jardín, en el que confiamos y compartimos nuestros sueños de regaliz, deseoso de ser algún día, recorrido por completo.

Sin miedos ni engaños, salimos tranquilos a divisar el mundo que nos rodea, sufriendo día a día por los que no lo saben  apreciar.

Haremos lo que nos gusta, sin miedo a que estuviera mal.

El gran castigo de esa isla del paraíso, sería perderme y que tú te encontraras lejos de mí, y lejos del tan grandioso cariño que desperdiciaría si a ti no te lo diera.

Amor, acurrúcate en mis brazos y no temas, que junto a ti, la inmortalidad nos abraza y nos susurra, con leve intensidad, que algún día conoceremos la verdad, encontrándonos juntos, año tras año, siglo tras siglo, y para siempre…

Pero cuidad, una gran camada de nubes grises veo aparecer, tras las montañas nevadas que tanto disfrutamos observando, con cara de enojo, levantan su dedo y me señalan:

-          ¡No permitiremos que disfrutes de tan bello tesoro! – me gritan, acercándose con

rabia hacia nuestro fuerte salado de dulces recuerdos.

El miedo se apodera de mi alma inmortal y la aleja, de repente, hacia el mundo  conocido de pena y desilusión. Pero noto una gran fuerza que me arrastra hacia ti, y aleja el miedo de mi ser, presentándose ante mí, bajo el nombre “corazón”.

Despierto de repente y en la cama me encuentro, con una sola ilusión antes de abrir los ojos. Quiero ver tu rostro y más perderte.

Bonitos enanos prosiguen nuestra obra de amor, que se extiende por el largo mundo, cruzando lagos, montañas y océanos con tanta intensidad que nuestro débil olfato no es capaz de tocar los surcos de fuego que tu amor dejó en mi aura dorada que nace y nace, casi sin hacer fuerza, de los infinitos y oscuros fines que un viejo poeta soñó una vez, en un claro de luna reflejada en el gran lago que se vuelve a extender ante mis pies.

Sentado en el tronco del árbol caído, abrazado por la triste oscuridad, mi codo apoya mis pensamientos sombríos. Y buscando y buscando, en uno de los ratos que formaron esa noche, conseguí que mis ojos pudieran encontrarte, aunque fueran lo último que viesen si tú no estuvieras.

Hace frío y yo me alejo en dirección a lo cómoda e infeliz estancia de blancas margaritas que, cuando diriges mis ilusiones, en mis amigas se transforman, comenzando una gran fiesta que echa en falta una anfitriona.

Ponte el bello vestido que gobernará tu eternidad y disfruta, pues en ella no podrás.

Y ven. Acércate y prueba mi hechizo diseñado para que tu dulzura no vuelva a herir.

Pregunta y yo te responderé. Quiero saber de ti, al igual que de mi quiero que sepas. Rodeados de siniestras pero bellas criaturas, la iniciación se presenta en forma de brisa con olor a tu piel. Olor del que algún día yo  querría formar parte.

La energía que sale de mi cuerpo sin vida, te persigue porque, ni en la muerte, mi alma es capaz de olvidarte.

Por fin te he encontrado, y nada detendrá a mi curiosa necesidad de comprobar que ha valido la pena dejar el paraíso para encontrarte en esta vida. Mucho dolor tendría que experimentar para que sobrepasara la ilusión que me acecha por la luz que ciega mis párpados cada vez que, de tu belleza me asombra.

El calor de la cómoda me ciega cuando giro la cabeza con intención de observarte.

Pero tú te levantas y te diriges a la ventana, como si en ella se encontrase la respuesta, y tu alma buscara la pregunta que te hace el corazón. Y giras la cabeza y me susurras:

-          ¡Cariño! –

Aunque yo no pueda verla, mi espíritu me dice que una bella sonrisa ilumina mi rostro.

Y yo pienso:

-          Tanto poder en tu cuerpo anida, capaz de robarme una sonrisa, tan solo mencionando una palabra –

Y es que te veo acercarte a lo lejos y corro. El cansancio no existe cuando trato de alcanzarte y rozarte con mis labios.

Si envejecer a tu lado fuera la mitad de dulce que darte un beso, la vida sería como un cálido viaje hacia el mundo del dulce amanecer, en el que nunca se duerme.

Únicamente, cuando sueño con estar contigo.

Paseo de tu mano a lo largo de una iluminada estancia, en la que tienes que esquivar para avanzar, y me resulta fácil si te observo, y sigo tu dócil contoneo.

En la cueva de la oscuridad maldita me encuentro, y vivo. Vivo con una ilusión diluida en recuerdos, y transformada en aliento y tiempo que pasa demasiado deprisa.

Tan aprisa que me duele el pecho cada vez que pienso que tan deprisa recorre mi vida, como oigo mi aliento recorrer su camino más rápido que mi misma vida espera a que esa ilusión acepte ser recompensada por haber dolido tanto.

Ningún otro tesoro me ilumina tanto al sacarlo de su envoltorio en un día en el que los fallos son perdonados por el amor que nos une a través de nuestro cuerpo.

En mis sueños, alejándote te vi. Por favor, no te vayas. No me abandones en el tumulto que otros como yo han creado. Quiero escapar, pero quiero hacerlo contigo. Quiero vivir, y sé que sin ti no puedo. Te acerco mi mano y te llevo a mi lado.

La montaña que en el frente se encuentra, sería fácil de escalar si tú me esperases al otro lado, y sé que lo harás. Mi corazón me lo dictó en una tarde en la que, de tristeza me envolvía en mis recuerdos más amargos, hasta que vi la luz de la eterna felicidad en tus ojos que tanto brillaban al mirarme.

Mi pequeña historia susurra la inocencia de vivir en un mundo mejor. Y ese mundo existe si el amor es verdadero. Todo es bueno si aprendemos a amar. El sentido de la vida consiste en el amor. Si todos supiéramos expresar ese sentimiento, todo sería mucho más fácil. Por eso, en este día, quiero hacer saber que te quiero.

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 10/22/2009.

 

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