Santiago Egea Monserrate

“Le petit Morte“

Por Alberto Fuentes y Santiago Egea
CAPITULO
I “El camino”

Aquella noche Ana tenía una terrible duda si por
delante o por detrás, cosas de la edad pues con veinte años menos
hubiera dejado que la penetraran hasta por las orejas. Pero no estaba el
horno para bollos o mejor dicho “el culo para pollas”. Su cuerpo
rondaba los setenta años y pese a que su carácter y espíritu eran los
propios de una quinceañera, empezaba a sufrir los achaques propios de la
edad, quizás, esa sea la razón por la que la mayoría de sus amantes
eran infinitamente más jóvenes que ella .Era la única manera de volver a
sentirse joven aunque solo fuera por unos míseros segundos, pese a ello
,estos últimos años, el sexo se había convertido en un acto mecánico
que apenas le proporcionaba placer, pero así es como había decidido
guiar su vida. Una vida dedicada por completo al sexo y como un yonqui
no puede dejar de cabalgar sobre el caballo, ella era incapaz de que no
la cabalgaran al menos un par de veces al día.

Su jinete aquella
noche era un chico de algún pueblo cercano a la capital, un raquítico
estudiante de medicina que había conocido en la taberna situada en
frente de su pequeño apartamento. Su rostro cadavérico, demacrado,
repleto de granos purulentos, cuyos jugos habían sido exprimidos apenas
unas horas antes, le propiciaba un aspecto de monstruo de feria. Era la
primera vez que conquistaba a una dama que si bien podría ser su abuela,
al menos, esta vez, no tendría que pagar como de costumbre además donde
hay pelo hay alegría y todos los chochos tienen pelo pensaba
alegremente mientras se deshacía de sus ajustados pantalones.

Él
se sentía muy feliz y relajado ya que aquella mañana había batido su
propio record del apasionante juego de “explota el volcán” modalidad
deportiva que él mismo había inventado y que consistía en cuantos granos
podía llegar a reventarse frente al espejo. Un punto para aquellos
granos nuevos y medio punto para los antiguos que aún se dejaban
exprimir .No sabía el porqué, pero esa manía que tenía desde pequeño le
proporcionaba un placer inmenso, incluso se excitaba cuando liberaba la
pus de esa cárcel de piel.

¡Un día redondo! Pensó, soltando una
sonora carcajada que avergonzó por completo a su amante. Puso sus slip
frente a la puerta y dejo que aquella vieja divisara su escuálido cuerpo
no sin soltarle una de aquellas estúpidas frases que había escuchado en
alguna que otra película porno y que había aprendido de memoria. Miro
fijamente a Ana que en esos momentos estaba tendida en la cama y con un
gesto provocativo le dijo mientras se agarraba el pene con un par de
dedos:

-Mi polla es una black and decker que te va a atravesar el
hígado muñeca- ¿A que nunca has visto una como esta?
-No cariño, Por
favor no me hagas mucho daño- dijo Ana sin mirarle a los ojos.

Estaba
acostumbrada a este tipo de bravuconadas y más en este tipo de
jovenzuelos que creían ser el centro del mundo. En otro tiempo le
hubiera soltado un exabrupto, quizá un, “fóllame y déjate de
gilipolleces puto niñato del demonio” pero con 20 años menos y unos
senos menos caídos es más fácil sentirse poderosa. Tenía miedo de que le
dejara, era lo único que había encontrado esa noche y necesitaba su
dosis de amor, de dolor, de muerte.

El poder del sexo pensó Ana
por un momento, que poderoso era en manos de una mujer como ella o, al
menos, como ella había sido en sus años de juventud, en aquellos
primeros años de su existencia cuando descubrió la belleza, el amor a la
vida, y su terrible conexión con la muerte. Su infancia y su
adolescencia preludio del oscuro sendero de su propia destrucción.

De
un salto el joven agarro a Ana de una de sus manos y la desnudó rápida y
ansiosamente. “Que al menos no se corra pronto” pensaba Ana aunque algo
le decía que sin duda el chico era inexperto hasta en la laboriosa y
ajetreada tarea de atarse los cordones de los zapatos.

“Hay que
ver lo bajo que he caído” se lamentaba . Mientras su cuerpo desnudo era
manoseado inquietamente por aquel joven. Ella cuyo cuerpo había sido el
aparcamiento para los” miembros” de los más insignes miembros de la
sociedad madrileña hace ya un par de décadas.

Aquellos tiempos
gloriosos cuando su culo y sus tetas aún desafiaban las leyes de la
gravedad, cuando su larga melena dorada fluía como un río de oro sobre
su espalda cuando sus largas y bien torneadas piernas se abrían y
cerraban con una agilidad pasmosa....

-Te gusta abuelita- grito
él mientras le succionaba uno de sus pezones. Esta noche te voy a
reventar a polvos.

Ella apenas escuchaba las palabras que su
joven amante le susurraba, solo se dejo llevar, cerró los ojos mientras
era penetrada y como de costumbre pensó en su primo Angelín aquella
persona que le había enseñado la muerte tan de cerca....

Con
trece años Ana no comprendía nada sobre esta vida, simplemente se dejaba
arrastrar a través de ella sin ninguna inquietud. Con una ingenuidad
pasmosa, incluso para una chica tan joven como ella. En una época tan
convulsa como la que le había tocado vivir donde a los jóvenes no se les
permitía tener infancia, sacrificada por la necesidad, por el duro
trabajo, por la mezquindad de algunos terratenientes que los explotaban.
En definitiva por la necesidad de encontrar algo que echarse a la boca.
Desde
muy pequeña, vivía en un tranquilo pueblecito de la sierra madrileña,
uno de tantos, tan despoblados como sumidos en la más absoluta de las
miserias. Apenas una treintena de habitantes ahogaban sus penas entre
sollozos por la pérdida de seres queridos que perecieron en aquella
fatídica contienda. Una guerra que había enfrentado a hermanos de un
mismo país que blandían distintas banderas, ocurrida unos años atrás ,
esa cruel guerra que había segado tantas vidas y dejado huérfana a media
España. Entre ellos a una jovencita Ana que con solo 9 años ya sabía lo
que era perder a sus padres en aquel desgraciado conflicto.

Ana
apenas recordaba nada de aquellos tumultuosos años de guerra y tampoco
quería recordarlos. Prefería borrarlos de su imaginación, no comprendía
la muerte, la odiaba, pero no sabía el porqué, aunque si comprendía la
belleza de la vida. El vuelo de las mariposas que atisbaba subida en
algún árbol, el viento fresco de primavera que aleteaba sobre su cara
cuando se balanceaba en su pequeño y decrepito columpio o el frescor del
agua sobre sus pies cuando jugaba en el pequeño riachuelo cercano a su
casa. Cierto es, que tenía varias obligaciones que le impedían disfrutar
de esos pequeños placeres todo el tiempo, asistir a misa diaria con su
vieja abuela, lavarla, peinarla, comprar algo de pan y fruta en el
mercado…pese a ello, no había un día sin que Ana revolotease cual paloma
en el cielo, sobre los verdes campos que la abrazaban cálidamente.

No
tenía amigos, pocos jóvenes tenían la suerte de tener una tía
acaudalada y que no conocía, que le suministrase sustento mensualmente.
Su juventud seguramente se acababa el primer día que cogían el azadón o
enhebraban la aguja que les permitía conseguir algo de pan con la que
llenar su estomago. Ana tampoco tenía padres, pero quien los necesitaba
en un sitio tan maravillosamente pintado como el que se ofrecía ante sus
ojos. Era un pedacito de cielo que Dios le había otorgado para que lo
disfrutara. Además su abuela era buena con ella. Le enseñaba a escribir,
a leer ,sobretodo la Biblia, pues la escuela había cerrado unos años
atrás por falta de niños, de vez en cuando, ambas paseaban
tranquilamente por el pueblo, rezaban el rosario o cantaban viejas
canciones infantiles. Ana no necesitaba nada más pues lo poco que
conocía sobre esta vida, era maravilloso.

Estaba tan “viva” que
hasta que no tuvo su primer encuentro con la muerte no se dio cuenta de
los enigmas que encierra este mundo. Aquel día de julio Ana se despertó
con el firme pensamiento de ir al riachuelo y remojarse un rato, jugar
en el agua era la actividad favorita para aquellos días de tanto calor.
Fue corriendo hasta la habitación de su abuela, como de costumbre, para
preguntarle si podía ir a jugar un poco antes de ponerse a realizar sus
tareas diarias, pero lo que oyó antes de entrar por la puerta la dejo
sin respiración…

Unos sonoros jadeos envolvían el pequeño pasillo
con el que se accedía al cuarto donde se encontraba su abuela. La
oscuridad de ese pasillo interior era algo que nunca había inquietado a
Ana pero esos sonidos acompañados de esa penumbra provocó a la niña un
terrible espanto que hizo que flaquearan sus piernas.
-¿Estás bien,
abuelita?- repetía una y otra vez mientras intentaba dar un paso
adelante.
De repente un sonoro golpe retumbó en el pasillo como si
una enorme piedra hubiera chocado contra el suelo. Los quejidos y jadeos
eran cada vez más sonoros y Ana apenas podía mantenerse en pie
atenazada por el intenso terror que la envolvía.

Poco a poco fue
llegando a la pequeña habitación de su abuela. El claro resplandor que
emanaba de la puerta de la estancia emitido por el cálido sol de la
mañana sobre la ventana de la habitación, hizo que Ana se tranquilizara
un poco. Se asomo lentamente pero lo que vio, volvió a sobrecogerle de
nuevo .Su abuela estaba tendida sobre la cama mientras se agitaba a un
ritmo frenético. Sus jadeos eran constantes aunque entrecortados, una
espesa capa de sudor envolvía por completo el cuerpo inerte de su
abuela. Ana por un momento dejo de respirar, no podía dejar de mirar a
su abuela. Esos movimientos la habían hipnotizado por completo. En aquel
instante sintió como su cuerpo se desvanecía lentamente mientras
gritaba aterrorizada.

Quizás pasaron minutos antes de que la
pobre Ana pudiese responder a las preguntas que una vecina le hacía.No
sabía muy bien como había llegado hasta allí, a esa decrepita casa de
suelo sucio y mojado. No recordaba nada. La última imagen que tenía en
su mente era la de su pobre abuela revolviéndose desnuda por el suelo.
Intuía que algo le había ocurrido, pero no sabía el que. Simplemente se
había despertado allí, en casa de su vecina y notaba el calor de una
taza que reposaba en sus manos.

-¿Estás bien cariño?- le pregunto
esa mujer menuda de aspecto ajado mientras la miraba con preocupación.
-La
tila aún está caliente dale al menos un sorbo, llevas más de diez
minutos con ella en la mano. Te hará bien-le dijo cariñosamente -Ana
bajó la cabeza y vio como sus dedos estaban totalmente enrojecidos por
el calor que desprendía el enorme cuenco que tenía en sus manos -¿y mi
abuela?-pregunto Ana sin percatarse de la voz chirriante y entrecortada
que salía de su garganta.
-Tu abuela está en el cielo pequeña mía-.
Ahora está descansando junto a nuestro padre celestial. Respondió
temerosa de que Ana volviera a sumirse en otro mar de lágrimas.

No
entendía esas palabras. Sabía lo que era el cielo. Sabía lo que era la
muerte, pero no entendía el hecho de no volver a ver a su abuela. Es
como si alguien cruzase una puerta de repente y está se cerrase
eternamente.

De repente notó como las lágrimas corrían a través
de su rostro.

-Tranquila pequeña hoy dormirás con nosotros. El
cura vendrá en seguida y después llamaremos a tú tía. No te preocupes
por nada-

Los días siguientes fueron los más extraños en la vida
de la pequeña. Sentía nostalgia por los pequeños momentos que disfrutaba
anteriormente pero mientras velaba a su abuela junto a las demás viejas
del pueblo, esperando la llegada de su tía para el entierro, pensaba en
como su vida había cambiado de repente. Se avecinaban tiempos de cambio
para ella y su mundo…

Al fin su tía llegó. Su porte distinguido y
la mirada fría y distante que le dispenso a Ana mientras le daba un
beso le hizo desconfiar por completo de ella.

Una mujer con
suerte pensaban las vecinas del pueblo que guardaban luto frente al
cadáver. Había salido del pueblo cuando apenas era una adolescente y
ahora volvía a él para enterrar el último vestigio de su familia. Se
había casado con uno de los mejores médico de la capital madrileña, el
cual había fallecido un año después de tener a su único hijo varón,
retardado y una autentica lacra para está viuda, ya que su distinguido
modo de vida se veía lastrado por tener que cuidar a un joven de 22 años
que apenas podía hablar, descuidado en su aseo y con una estúpida
afición por observar el vuelo de los pájaros. Lo odiaba, pero se
consolaba pensando que era un mal menor comparado con la vida que le
hubiera esperado en ese ruinoso pueblo dejado de la mano de Dios. Pero
la desgracia volvía a golpearle de nuevo. El hecho de que su madre
muriera no le importaba, pero el tener que cuidar a una niña estúpida y
paleta a la que apenas conocía, no le hacía ninguna gracia.

Era
la única hija de su hermana mayor y aunque hacía tiempo que no recordaba
ese estúpido sentimiento de amor. Ella había querido a su hermana,
hacía ya algunos años. Recordaba sus juegos infantiles, sus sonrisas
cómplices ante la mirada de algún niño, su belleza cándida y angelical
cuando la sonreía por algún lejano motivo. Todos esos sentimientos que
había decidido enterrar cuando se enteró de la terrible desgracia de su
hermana y cuñado y que ahora se dejaban atisbar frente a la dura coraza
de armazón con la que había vestido su corazón.

-Hola Ana, eres
la vida imagen de tu madre- le dijo al oído mientras sus labios se
acercaban a una de las mejillas de su sobrina.
-Gracias tita- se
atrevió a contestar la niña, abrumada aún por la mirada de su tia.
-Cuando
esto termine vendrás conmigo a la capital, saldrás de este pueblo y
comenzaremos a convertirte en una pequeña señorita- En su rostro se
dibujaba una forzada sonrisa.

Ana no pudo contestar, estaba
tremendamente asustada por esas palabras. Amaba su pueblo, a su gente,
su vida, pero tenía miedo a estar sola y aunque esa idea de abandonar el
pueblo la sospechaba desde el día que ocurrió esa fatídica desdicha,
sabía que no podía luchar contra ella.

Era demasiado joven como
para poder cuidarse a sí misma y en estos momentos vivir en esa casa
oscura y llena de recuerdos, sobretodo la macabra imagen de su
agonizante abuela, le causaba tan profundo pavor que hubiese seguido a
cualquiera que le diese cobijo lejos de allí.

Aquella misma noche
Ana preparaba sus pocas prendas después de la frugal cena que su tía
había preparado. Lloraba por todo lo que iba a perder, por todo su mundo
que ahora sería solo una vago recuerdo a la fuerza. Sus colores, su
aire fresco recuerdos que permanecerían en su memoria de por vida.
También lloraba por su abuela. Pensaba en lo que había pasado por su
cabeza en el momento de su muerte. Su cuerpo desvanecido, su alma
luchando por salir, el cuerpo convulsionándose frenéticamente. La muerte
era tan extraña y tan cercana que en aquel momento la niña se vio
sumida en un intenso pánico durante unos minutos. La sobresalto el
intenso grito de su tía mientras un reguero de orín recorría sus
piernas.
¡Ana te has mojado...!

CONTINUARÁ... 

 

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Published on e-Stories.org on 05/18/2010.

 

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