Carlos Mª Martorell de la Puente

Cruzó la avenida.

Luego del naufragio las gaviotas rasguñaban el rostro de los ahogados y las olas se levantaban aún furiosas sin el menor de los remordimientos, sin la más mínima intención de saber cómo y qué había sucedido, patrullando el cielo.
Cruzó la avenida. Nadie le ofrecería un vaso de agua, un humilde vaso de agua. El sol resplandecía en su corazón y una sonrisa iluminaba su rostro. Nueve barcos se hundieron a la vez que iluminaba un nuevo cigarro en su sonrisa complaciente. Un incendio despiadado arrasó la ciudad dejando un rastro de destrucción, humo y los gritos más desesperados de auxilio se remontaban, entre escombros, en el inicio de la sucesión de ecos y gritos hasta poderse oír los últimos signos, lúgubres y incomunicados. La lluvia ácida era un hermoso pipí que caía del cielo. Todas las mamás embarazadas cayeron muertas fulminadas y los poetas más podridos salieron a la calle con sus cámaras de retratar a fotografiarlas. Los cadáveres reían tendidos en las aceras de Barcelona. La besó, y comprobó  como sus labios aún conservaban el color del lápiz cosmético bajo su cara pálida, cerúlea, cadavérica. El aire salado y putrefacto entraba en sus pulmones mientras fumaba plácidamente. La noche empezaba a pretender algo insinuándose y la temperatura con la corrosión se serenaría. Al fin recorrería las calles sin más preocupación que la de colocar los pies con habilidad, sin pisar ningún cuerpo, tarareando las viejas canciones entre sus labios y silbando sigilosamente mientras deambulaba por la sombra. La novia sonriente yacía intoxicada en el suelo de la acera, como una verdad irrefutable. La muerte desplegó sus amplias alas y abriendo su oscura boca digirió y engulló entero un barco petrolero anclado en el muelle. El hierro oxidado chirriaba entre sus dientes que masticaban inapelables. La ciudad era un grito desesperado, un pozo abierto y negro que contenía aguas fecales y fetos malogrados de recién nacidos. El desdichado hombre rana despertó de su letargo y amaneció en el eco de la tragedia, un día después trajeado con su neopreno y sus gafas de buceo. Salió a flote risueño y recubierto de plata con un tesoro en diamantes y joyas que había prometido a su amada esposa, que yacía también muerta en el umbral de su modesta casa adosada en la periferia de la ciudad. Los peces se salieron de las aguas y empezaron a patinar por las calles mientras fumaba sigilosamente su cigarro. Barcelona ardía como el culo de un joven sodomizado y aún se oían perdidos, aislados, los últimos ecos de los gritos de auxilio. Vinieron señores del extranjero para calibrar el desastre y todos en consenso juzgaron la empresa de la reconstrucción como un objetivo forzoso. Cerdos malolientes empezaron a patrullar las calles y a rapiñar los cuerpos. Fumaba su cigarro con pasmosa actitud y una sonrisa incontestable cruzaba su rostro; comprobó positivamente como en sus bolsillos aún conservaba su revolver de acero. Sonriendo con agilidad y gracia paseaba por Barcelona, entre los cuerpos tendidos de las señoritas que poco tiempo antes exhibían hermosas sus cuerpos esbeltos y sus gestos amables. Paseaba alegremente por la calle, detrás de una negra, seguía su rastro con la mayor de las cautelas. Una negra como una estrella fugaz, que andaba como una gacela en su tiempo de ocio vagando por la pradera. Una negra como un astro poderoso sobrevolando Barcelona. Una negra más sabrosa que un plato de arroz. Una negra que con habilidad esquivaba a todos sus observadores. Sí doctor, caminaba detrás de aquella negra impresionante que se movía con tanta agilidad y predeterminación a la vez. Ella no lo advirtió, estuvo siguiéndola así durante un cuarto de hora, cruzando las calles.
 
  

 

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Published on e-Stories.org on 03/06/2011.

 

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