Hector Ariel Marasini

EL POTRO DE PANAMERICANO


Panorama desde el puente
 

 
El mes de Noviembre de 1971, se presentaba caluroso y muy seco. Una tarde de aquel mes, mi vieja me encargó que llevara un paquete a lo del gordo Perez.
El gordo era compañero de trabajo de mi viejo en el ferrocarril Belgrano. Mi viejo se ausentaba por varios días y sin plazo fijo por razones de trabajo. La mayor parte del tiempo estábamos solos con mi madre en la casa de barrio Panamericano.
Llevaba casi dos años viviendo en Córdoba y extrañaba mi patria chica. Provengo de un pueblo del interior y no me terminaba de adaptar al nuevo hábitat.
El barrio era nuevo y carecía de pavimento, gas y cloacas. Muchas veces se cortaba el agua por lo que en un movimiento solidario de los vecinos y agudizando el ingenio, traíamos agua del barrio contiguo.
Mis actividades consistían en concurrir a
la Facultad, estudiar, hacer las compras y largas tertulias con mis nuevos amigos.
 
En aquel tiempo estrenaba mis flamantes 20 años, sin ninguna cana y una excelente salud. Mínima experiencia con el sexo opuesto y las hormonas en plena ebullición.
Me sentía atraído por una vecina de barrio de nombre Carolina. Su casa distaba a unos 50 mts. de la mía.  Carolina convivía con su madre viuda y dos hermanos varones.
La joven tenía rasgos marcadamente itálicos, tez sonrosada y ojos verdes grisáceos. Lucia un espléndido cabello castaño oscuro y fuertes caderas.  Jorge, un amigo de la barra, le decía “Rice
000”, por lo de Arroz Carolina. Edgardo, otro amigo, le puso el mote de “Almohadones” por su hermoso y bien ponderado pompis.
Estatura regular de 1,65 y andar cansino. Alumna aventajada, cursaba el ultimo año de su secundario. Según trascendidos chica intelectual, gran lectora y simpatizante de los movimientos de izquierda.
Algunas mujeres grandes del barrio la calificaban como “la flor del barrio”, en un exagerado elogio.
Hasta Noviembre de ese año y un poco más no cruzaríamos palabras. Todo se remitia a sugestivas miradas de su parte y la mía.
Sin duda que habia onda. Lo percibia instintivamente. Pero no sabia como o no me animaba a hablarla.
En el invierno de ese mismo año, al volver de la facultad, la vi en compañía de un chetito engreído, flaco y rubio. Con cara de pibe banana. A sí? Pues, que se vaya al carajo! Que se cree, casquivana y veleta mujer! y me puse a leer el 7 días.
Si tenía interés alguno en la jovencita, esto me lo confirmaba. Me sentí malherido y maldije al infame competidor, que encima vestía mejor que yo y se veía mejor parecido.
Por suerte la relación de Carolina con el rubio duro poco y nuevamente volvió a mirarme.
Esta vez me hice el interesante. Desentendiéndome de la bella damita, pasaba orondo y mirando lejos si me encontraba cerca.
A veces nuestros encuentros estaban forzados por las circunstancias. Los dos hacíamos las compras en el almacén de Jorge.
En uno de esos encuentros, una botella vacía de las que llevaba, se me escapo de las manos cuando la asenté en el mostrador. El envase era de vidrio así que con rápidos reflejos intente pararla antes que llegue al suelo. Carolina también reaccionó de inmediato apoyando sus manos en el envase y en las mías. Por unos segundos me sentí acariciado por su contacto.
No pude menos que agradecerle cuando me marchaba del negocio con un “Thank you, Miss Brovelli”, así en ingles y nombrándola por su apellido.
Según me contó Jorge, Carolina se quedo encantada. Comentaba que el saludo final le pareció espontáneo y simpático.
Durante el resto del día estuve rememorando una y otra vez el inefable momento.

 
Pero fuera de ese casual contacto seguíamos sin hablarnos.
Que ambiente, tan romántico, tan etéreo, tan novelesco y tan pelotudo que nos rodeaba! A mí me resultaba en parte precioso y en parte un suplicio de tántalo.
Así llegamos a esa calurosa tarde de Noviembre.

 
La cabalgata del Potro

 
Dispuesto a cumplimentar el trámite encomendado mi atuendo era el siguiente:
- zapatillas con cierto uso pero bien lavadas
- pantalón Kansas Blue de botamangas anchas y botones metálicos dorados cerrándome la bragueta.
- chomba azul petróleo de hilo sintético de mangas largas (especial para el verano) que me obligaba a arremangarme hasta el codo
- cinto de acrílico a color amarillo con franjas horizontales verdes y hebilla plateada

 
Vestido de esta manera tan elegante y con el pelo mojado con agua tirado para atrás, puse proa al sur en veloz derrotero.

 
De regreso y a tranco no muy rápido, volví por calle Fragueiro. A unas cuadras de calle Góngora y como a unos 80 mts. a la distancia, divise a Carolina en compañía de varias jovencitas conversando animadamente.
Mi primera reacción fue desviarme por el próximo cruce de calles girando a la derecha. Evitaba de esa forma al grupo de amazonas. Pero hice todo lo contrario.
Sacando pecho y en firme actitud me dispuse al atemorizante encuentro.
A mitad de camino Carolina se percató de mi presencia y comenzó a cuchichear con el resto. Las jóvenes féminas empezaron a lanzarme miradas llenas de malicia y curiosidad. Algunas sonreían con gesto de picardía.
Acelere el tranco, no quería permanecer mucho tiempo bajo el microscopio.
Un pesado silencio me acompaño durante el trayecto de esa interminable vereda.
Sentía la mirada escrutadora de varios pares de ojos.
A una distancia prudencial, puse velocidad crucero y note el notable incremento de mi temperatura corporal. La transpiración me salía a borbotones provocando un fuerte olor a chivo que espantaba al insecto mas pintado en metros a la redonda.
Me sentía avergonzado y confundido. Me estará tomando el pelo? Se burlara de mí? Me dará bola? Que sí, que no, que ni. Con rostro sombrío retorne a mi casa.
Mi categoría de Potro estaba en discusión, en una de esas era Potrillo asustado por la femenina tropilla.

 
Feliz Navidad provinciano
 

 
Para las navidades de ese año, Jorge me la presentó. Estaba vez me había vestido bien y estaba acicalado. Carolina por su parte, lucia producida y con una maxifalda que no le quedaba bien. Sentados a poca distancia tratábamos de que nuestras miradas no estuvieran mucho tiempo fijas en el otro.
Estaba fascinado, lo increíble había sucedido. El puente estaba tendido y lo que antes se me hacia un poco dificultoso de concretar, era una realidad.
Cruzamos palabras un tanto intrascendentes y muchas risas. Dentro todo me sentía bien.
Pero y siempre hay un pero, desconfiaba de la moza. Me parecía que me prestaba algo de interés y al mismo tiempo no parecía muy convencida.
Comento graciosamente que un tipo desde un auto, la había piropeado invitándola a subir en él. Cuando lo miró, lo encontró buen mozo y que casi se sube.
Rematando todo con mohines de chica viva y risas cancheras.
Este costado no se lo conocia. Asi que la tana, se fijaba y mucho en el aspecto fisico y en la plata. Si de dinero se trataba, estaba frito, ni hablar de mi belleza.
Aquella feliz noche termino con algo de sombras. Una parte racional y fría de mi mente me decía que era mejor no insistir con el tema. Mi corazón me decía lo contrario.

 
Verano de amor y estudio

 
Como ahora al menos éramos conocidos, sosteníamos conversaciones muy interesantes. Algunas se transformaron en discusiones que le causaron enojo. Carolina de algunos temas no sabía un pepino. Hablaba de lo mucho que le preocupaban las clases menos favorecidas, de las costumbres alimentarias argentinas, que mejor consumir pescado y variados temas más.
Siempre de manera verborragica y tratando de que el interlocutor quedara sin argumentos para una replica. En muchos casos solo una catarata de palabras en un odioso monologo.
Eso de preocuparse por lo menos favorecidos, de la boca para afuera. Comer otra cosa que la hagan los otros, la tana seguía disfrutando de los favores de la comida criolla.
Si el tema era la economía no tenia ideas precisamente brillantes. Se dedicaba a repetir cosas leídas o que le habían dicho. Sin conocimientos ni análisis más profundos y en algunos casos sin conocimiento alguno.
Su postura política no pasaba de ser una pose. Nunca se hubiera atrevido a formar cuadros políticos en los movimientos de izquierda. Ni hablar de pasar a la acción.
No pasaba de ser una zurda de café. Una burguesa encubierta que tenia como objetivo ser ama de casa.
Pensaba estudiar Periodismo, pero un comentario de uno de sus hermanos sobre el riesgo que podría implicar su futura profesión, la hizo cambiar de idea. Que personalidad tana!
Llego a comentarle a Edgardo no muy felices conceptos sobre mi persona. Me encontraba raro, chocante y que actuaba como si la quisiera impresionar desde el punto de vista intelectual.
Mira quien habla! Tan luego ella.
Cuando llego su cumpleaños numero 18, la familia le organizo una fiesta a la que como era de esperar no me invitó.

 
Poniendo distancias

 
A mediados del
72’ me toco la colimba en
la Marina. Muy lejos de casa y en un terreno hostil y extraño solo me preocupe, al principio, por adaptarme lo mejor posible a la vida militar.
Después en las largas y aburridas guardias, pensaba en ella.
Uno de los mejores compañeros que tuve era el gordo Scarponi. El gordo provenía de Rosario y estaba de novio. Hablaba con ternura de su novia Susana y lo bien que la pasaban cuando estaba de licencia. Me contaba de sus apasionados encuentros en suburbanos hoteles. No podía menos que admirarlo. Un tipo de mi edad estaba viviendo cosas que por aquel entonces a mí me parecían poco menos que inalcanzables.
En la primera navegación recalamos en Ushuaia. Contemplando la hermosa vista de la ciudad y el paisaje circundante le comente al gordo lo lejos que estábamos de todo.
Scarponi asintió un tanto triste. Me contesto lo lejos que estaba de su novia y cuanto tendría que pasar para volverla a ver.
No le hice ningún comentario al respecto. Que podía decir a cambio? Ninguna novia me esperaba en Córdoba.

 
A finales de ese año Carolina se puso de novia. El nuevo novio, empleado bancario, un gordito simpático, simplón y dicharachero le ofrecía cuanto ambicionaba como mujer: casa, heladera, cocina a gas, batidora, Renoleta 4L, juego de comedor, televisor y una muy amplia cama matrimonial. Lo más importante es que le ofrecia la posibilidad de que la llamaran “Señora de”.

 
En cada licencia nos volvíamos a ver dadas las cercanías de nuestras viviendas.
La tana en forma cruel y bastante ingenua, esta vez me hacia blanco de un cierto coqueteo. Para no contar que empezó como a tomarme el pelo casi burlándose. Pensaría que no me daba cuenta? o que no reaccionaria? Craso error tana! craso error.
Sabedor que la cosa no iría más allá, decidí apartarla para siempre de mi mente. Puse un frío distanciamiento y no le volví a dirigir la palabra.
En una actitud de orgullo que hace rato tendría que haber asumido di vuelta la hoja.

 

 
La vida sigue su curso
 

 
En Agosto de 1973 me dieron la baja. El volver a la vida civil también tiene su entrenamiento.
Me seguía despertando a horas tempranas. Algunas veces miraba extrañado mi habitación no sabiendo muy bien donde me encontraba. Me había vuelto pulcro y ordenado. Me sentía mucho más fuerte que antes. Acostumbrado por tanto tiempo al uso de pesados borceguíes los zapatos los encontraba livianos y muy cómodos.
Mi preocupación fundamental estaba en conseguir trabajo. Cumplimentadas mis obligaciones ciudadanas con
la Patria, estime que el camino estaba allanado.
Durante lo que restaba de ese año y a pesar de múltiples entrevistas no llegue a mi objetivo.
Carolina ya no vivía en el barrio. Una discusión con uno de sus hermanos, propietario de la vivienda, motivo que el otro hermano le ofreciera su casa como residencia.
También me entere de su próximo casamiento con el simpático bancario.
Se caso muy joven en Febrero del 74.
Algo de sentimientos por ella me quedaban. Por un tiempo lamente que estuviera en brazos de otro. Luego tome un libro, con anotaciones suyas y una fotografía tipo carné (conseguida a través de interpósitas personas), hice un lindo paquetito con todo aquello y lo tire a la basura. No quería guardar nada que me la recordara. A renglón seguido empecé a fijarme en cuanta joven señorita hubiera en los alrededores y más allá también.
Conseguí mi primer trabajo en Marzo de ese año como Auxiliar Administrativo. Con plata en el bolsillo y toda una vida por conocer, maldije el tiempo perdido. Con la libido en niveles alarmantes salí a buscar nuevas presas con suerte diversa.

 

 
Reencuentros con sabor a victoria

 
Por 6 años no la volví a ver. Cuando despuntaban los
80’ y estaba empezando uno de los mejores ciclos en mi vida mi aspecto no era el mismo. Usaba anteojos, me cortaba el pelo y peinaba de forma diferente. Vestía con elegancia dados los ingresos que tenia. Estaba más musculoso y podía ufanarme de varias conquistas. El miedo con las mujeres había desaparecido y me sentía pleno. Había perdido la virginidad años atrás en brazos de una compañera de trabajo de busto muy prominente.
Ahora estaba en el nivel del resto, en muchos sentidos me sentía “primus inter pares”, y mi auto estima estaba por las nubes.
Fue en ese entonces, cuando volviendo a mi casa, la vi en compañía de su madre. Estaban en la vereda de su antigua casa conversando no sé que cosas.
Carolina se sonrió al verme, no sé decir si simpáticamente, en forma picara, sardónica o maliciosa. No lo hizo de frente, más bien de perfil mientras se acomodaba el pelo y se sentaba en la vereda.
Vinieron en tropel antiguos resquemores y recuerdos agridulces. La mire de soslayo de la misma forma en que me miraba y sin decir palabra seguí mi camino.
Se la veía linda, mejor que antes a la señora, pero la magia se había esfumado y yo estaba en otra cosa.

 
Muchos años mas tarde, por el 2002, cayó en mis manos una base de datos del Registro Nacional de las Personas. Movido por el tedio y la curiosidad me puse en la tarea de averiguar domicilios de antiguas relaciones y amoríos. Entre uno de ellos el de Carolina. Cual no seria mi sorpresa cuando la dirección que veía en la computadora, correspondía a la calle de mi trabajo y a pocas cuadras del mismo.
Llevaba algunos años en este trabajo y me extrañaba no haberla visto. Siempre pasaba frente a su casa de ida y de vuelta.
Malsana curiosidad la mía, a partir de allí empecé a fijarme en forma disimulada en el domicilio de mi antiguo amorcito. Cómo estaría después de tantos años?

 
Un día de invierno frío y ventoso, del mismo año, la vi salir de su casa cuando me dirigía al trabajo.
Enfundada en un poncho a lo Mercedes Sosa, vestía un conjunto de ropa ancha para disimular su cuerpo rechoncho. Teñida de rubio y con anteojos. De figura romboidal y andar bamboleante.
La señora gorda conservaba algo de familiar y conocido en el fulgor de sus ojos verdes grisáceos.
Paso a mi lado sin prestarme atención.
Si no supiera su dirección nunca la hubiera reconocido.
Satisfecha mi curiosidad y en contra de lo que dice el tango el encuentro no me produjo ningún mal.

 
Algunos meses mas tarde la señora gorda enfundada en bermudas mostraba toda la celulitis de sus piernas fofas..
Esta vez me reconoció y me levanto la mano en forma de saludo.
No le conteste el saludo y la mire con cara de piedra.
No sé porque lo hice, le guardaré algún prehistórico rencor? Puede ser, de cualquier manera me importa un bledo.
Por supuesto seguimos siendo viejos desconocidos.
Ocasionalmente la he vuelto a ver. Parece tener varios hijos, quizás tenga nietos. Quien puede saberlo.
Al esposo se lo ve como a un tipo agresivo, desconfiado y con cara de pocos amigos.
Como contrasta todo esto con el agrande que tenia Carolina en sus años mozos con sus desmesuradas perspectivas.

 
Bueno que se joda! Eso le pasa por haberme hecho sudar tanto en aquel lejano Noviembre del 71.

 

 
Paisaje Contemporáneo
 

 
Jorge, el amigo que nos presento, falleció en el 76, victima de una terrible enfermedad.
Edgardo se mudo de barrio y le perdí el rastro. Sé que esta casado y tiene varios hijos.
De la antigua barra, solo queda el hermano de Edgardo, con el cual no tengo contacto.
La mama de Carolina falleció hace varios años.
En su antigua casa todavía se encuentra su hermano mayor que es medico.
La casa tuvo remodelaciones y ampliaciones de variado tipo. Nada quedo del jardín del fondo.
Del mismo jardín desde donde, una adolescente Carolina me dirigía cálidas miradas.

 

 
Final con algo de Nostalgia
 

 
Carolina no fue mi primer amor.
El amor y la pasión tardarían algunos años más en llegar.
Fue un metejón muy fuerte propio de la edad.
Si puedo afirmar que es el primero en Córdoba y que dejo valiosas enseñanzas, si las supe aprovechar o no es otro cantar.

 
El periodo que abarca los últimos meses de 1969 y el primer semestre de 1974 está plagado de malos recuerdos y algunos pocos buenos. Me quedo con los mejores y no puedo menos que sonreír al pensar en aquel tiempo pasado.

 

 

 

 

 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Hector Ariel Marasini.
Published on e-Stories.org on 03/17/2011.

 

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