Eduardo Dip

El tiro del final

El accidente en que se vio involucrado a los dieciséis años, lo marcó para toda la vida.
No hubo cargos ni testigos que lo inculpasen, pero algunos sospechaban que su compañero de colegio no cayó a las vías del tren por descuido, sino que fue empujado por él.

Su trabajo era muy bien remunerado. Su conocimiento y destreza con todo tipo de armas, le facilitaba y aseguraba éxito en cada uno de los operativos en los que era contratado.
Los cien mil dólares que se le depositaban en su cuenta cifrada, por cada asesinato, valían la pena cualquier riesgo que debía correr en cada uno de ellos. Aunque su precisión minimizaba la posibilidad de fallar, y hasta ahora, rara vez sus disparos, dieron a más de un cm. de la sien de sus víctimas.

Recogió el sobre con las instrucciones de su nuevo encargo de la casilla 323 del correo central, se dirigió a su departamento, y una vez en la soledad del piso trece de aquel antiguo edificio de la calle Rivadavia, en la ciudad de Buenos Aires, se dispuso a abrir el mismo para así enterarse quién sería su próxima víctima.
Al ver el contenido del interior del sobre quedó estupefacto, totalmente paralizado. En ese estado estuvo casi cinco minutos.
Habiendo reaccionado ya al impacto que le produjo ver la foto y los datos de su padre, un reconocido empresario ligado constantemente al poder político de turno, se dispuso a elegir el arma que utilizaría en la nueva operación.
Después de seguir cuidadosamente las instrucciones recibidas, e instalado en el lugar adecuado para realizar el trabajo, espero silenciosamente el momento oportuno.
Luego de una corta espera, la víctima apareció en escena. Tomó su arma, apuntó con precisión, respiró hondo, y disparó. El tiro fue certero, justo en la sien, y por la cercanía de la ejecución, hubo orificio de entrada y de salida. La masa encefálica bañó su ropa.

Nadie entendió su suicidio. Excepto su padre.

 

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Published on e-Stories.org on 07/28/2012.

 

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