Jose Talavera Tafur

La confesión

LA CONFESION



­– ¿El diálogo más aburrido? –le pregunté, y el asombro se dibujó en toda mi cara.

–Sí, el peor de toda mi vida –enfatizó, como queriendo deshacerse con mucha rabia de algo que traía por dentro.

–No entiendo. Pensé que la estábamos pasando muy bien.

–Quizá tú y tus amigos sí, pero yo estoy peor que un pedo –dijo molesto, pero no sé por qué a mí me causó gracia su expresión.

–No te rías. Estoy hablando en serio –me reclamó, dándose cuenta de la minúscula mueca graciosa que había hecho con los labios.

–No exageres. Además, no te creo nada. Tú mismo me dijiste que te morías por estar en el concierto.

No dijo nada; al contrario, creo que después de esa aclaración se molestó más.

–Oye, ¿qué te pasa? ¿Acaso ocurrió algo que no te haya gustado? –le pregunté, pero él siguió caminando, pareciendo concentrarse más en seguir ignorándome.

– ¿Qué, ahora vas a disimular que no me oyes? –me detuve, tratando de mostrarle que su comportamiento me comenzaba a cansar.

El fijó su mirada en la mía, y sin desequilibrar su concentración, dio unos cuantos pasos para acercarse más a mí.

–Ojalá no te hubiese oído cuando me hiciste la invitación –me dijo, como si estuviese hablándome de una tragedia. Su respuesta me dejó frío.

Por un momento no supe qué decirle. Sólo le miraba atónito, balbuceando entre dientes mientras intentaba examinar algunas frases antes de que las pronuncien mis labios. Pero él no me dio mucho tiempo, y en seguida dirigió su mirada hacia quién sabe dónde, se dio media vuelta y volvió a caminar por delante de mí.

El verlo alejarse produjo en mí una sensación muy extraña, como un abandono, como un vacío, como si algo s e estuviese rompiendo.

– ¡Lo siento! –por instinto, atiné a alzar la voz para lograr recuperar… no sé, algo de él.

El se detuvo.

No tenía muy claro el panorama. No divisaba nada lógico en sus palabras. No sabía por qué razón él se estaba comportando de esa manera; peor aún, ni sabía por qué extraña razón yo comenzaba a reaccionar así. Me sentí extraño, extraño de estar ahí con él. Diferente.

Caminé rumbo hacia él, como queriendo y no queriendo, cubriéndome de un temor desconocido; comenzaba a enfrentarme a algo que no había experimentado antes.

Todo era extraño: su comportamiento, el mío. Pero por alguna razón incierta, algo me hacía sentir como si yo fuese el responsable de todo esto. Por eso fue tal vez que sin poder entenderlo nació en mí decirle, casi desesperado, aquello último: ¡lo siento!

“¿Pero en qué momento metí la pata?” –me preguntaba, tratando de buscarle algún sentido a todo esto. “¿En qué momento permití que se originara esta situación?” –en vano eran mis esfuerzos para tratar de entenderlo. Todo era absurdo. Pero, ni modo, ya estaba pasando, y a mí me tocaba asimilarlo de la mejor manera posible.

Me detuve frente a él. Las palabras comenzaron a salir:

–Mira… esta situación es algo incómoda. Tú sabes… no me gusta discutir, y mucho menos con alguien como tú, pues… te has portado de la mejor manera conmigo. Me has ayudado con las tareas pendientes. Si no hubiera sido por ti, no hubiera aprobado la tarea de mate; y eso sí que hubiese resultado ser una tragedia para mí. Incluso me salvaste la vida en la excursión que hicimos a las cataratas; y creo que eso ha sido lo más extraordinario que alguien haya podido hacer por mí. Y en serio, no quisiera que nuestra relación se vaya al lodo, y mucho menos por una bobada.

El sopló aire, como pareciendo no creer algo de lo que había dicho, y movió la cabeza en forma negativa.

–De veras, no quisiera que hubiese malentendidos entre nosotros –insistí.

–No entiendes –replicó– No hay mal entendidos, ni los habrá nunca. Para mí todo está claro, absolutamente todo.

Yo seguía sin entender. Perecía en un instante haberse poseído por quién sabe qué idea. O quizás, el alcohol que había ingerido comenzaba ya a producir esos efectos en él. Desagradable situación.

–Pues entonces explícame; porque yo no entiendo nada. Dices que te resulto aburrido y luego hasta te lamentas haber venido conmigo, cuando apenas solamente cinco minutos atrás todo parecía estar bien.

–Tú lo has dicho: parecía estarlo.

–Bueno, entonces explícame. ¿Acaso dije algo que no te gustó?

–Todo, absolutamente todo.

–Pero…

–Todo lo que dices es mentira.

Al escuchar lo que dijo sentí como si me cayese un baldazo de agua fría; o peor, como si fuese un boxeador recibiendo un knockout.

– ¿Qué?

– ¿Crees que soy idiota acaso? Me vienes a hablar de fórmulas de trigonometría, geometría y aritmética, cuando eso a ti te causa la peor aversión de todas. Tratas de fingir interés en eso cuando sabes perfectamente bien que eres igual que esos primates que tienes como amigos. Finges que te caigo bien cuando en el fondo de ti piensas que soy un chico ñoño al cual se le puede manipular para que te ayude a pasar el curso.

Sus declaraciones me dejaron estático y algo avergonzado. En parte, tenía razón; al principio sólo me había acercado a él para que me ayudara a no reprobar el trimestral, pero luego…

Descargar todo lo que dijo parecía haberle costado mucho. Sus ojos aparentaban estar a punto de quebrantarse y su semblante lucía un evidente agotamiento emocional, el cual al instante trató de ocultar de mí, volteando el rostro hacia el suelo. Finalmente, se sentó en la acera, como tratando de reponerse.

Por un rato callé, sin atreverme a decir nada; comprendía que la situación se había puesto demasiada tensa, y cualquier cosa que pudiese decir podría empeorarla, así que tenía que ser muy cuidadoso, teniendo en cuenta lo sensible que Jonás era. Opté por sentarme también, junto a él.

–Escucha… –tragué saliva– tal vez pienses que mis amigos y yo somos unos primates… y, bueno, está bien, el 75 % de la población humana estaría muy de acuerdo contigo y el 25 restante pensarían que los primates no merecen ser insultados tan feo. Pero, ya que eres un chico muy aplicado, deberás de saber que los primates somos muy brutos, y que las matemáticas se nos hace todo un lío. Por eso es que acudí a ti: el chico más estudioso de la clase, para que te compadecieras de este primate tan bruto como yo, para que pudieras amaestrarlo en la materia; para que salvaras mi vida.

–Tienes dinero; bien podrías haber contratado a un maestro particular –argumentó, sin despegar su mirada del suelo.

–No, no tengo dinero –confesé–. Papá primate está en quiebra.

– ¿Qué? –logré que alzara la mirada, mas sus ojos no se dirigieron a mí.

–Sí –proseguí–, sólo subsistimos con el poco dinero que mamá primate tiene en el banco. Pero es de ella, no mío.

–Mira, deja ya de repetir lo de primate, ¿sí? –se molestó, y me miró de reojo–. Y… siento mucho lo de tus padres.

–Gracias.

–Pero de todas maneras, pudiste pedírselo a cualquier otro; hay unos cuantos ñoños más en la clase –resaltó.

–Sí, pero tú eres el ñoño más simpático –le dije, y no supe entender por qué.

Me miró; mas fue mi mirada la que ese extravió hacia otro lado, avergonzada por lo que acababa de haber declarado.

– ¿Qué has dicho? –se extrañó.

No tuve alternativa; tuve que mirarlo.

–Que me caes bien –me apresuré a contestarle, y tragué saliva nuevamen-te.

–Eres de lo peor –dijo incrédulo–. Lo dices para que te siga ayudando con el curso.

–No, nada de eso. En serio, te considero alguien agradable.

–Eso ni tú te la crees. Apuesto que preferirías estar en cualquier otro lugar, antes que aquí, conmigo.

Tenía razón, por una parte estaba prefiriendo estar en cualquier otro lado antes que estar enfrentándome a esta situación tan fuera de lo común.

–No, no, ¿cómo crees?… –traté de ser convincente.

–Acéptalo, Gerard.

–No, claro que no.

–Mira, si te sientes comprometido por lo que pasó en las cataratas, olvídalo y déjalo ya.

No podía creer lo que oían mis oídos: “¿Qué olvidara lo que pasó en las cataratas?...”

– ¿Qué dices? ¿Por qué quieres que lo olvide? –ahora era yo quien empezaba a reclamar.

–Porque no quiero que sirva como pretexto para que sientas alguna clase de responsabilidad conmigo.

– ¡Me salvaste la vida! ¿Quieres que lo olvide?

El se me quedó mirando, como añorando algo que de antemano sabía que jamás iba a recibir.

–Sólo quiero que las cosas vuelvan a su lugar. Hace un mes tú ni te habías dado cuenta de que existía; y llevó cruzando el grado contigo desde hace tres años. No es lógico que alguien como tú se junte con alguien como yo. Ya viste, en el concierto a tus amigos les apestaba que yo estuviera allí. Tú eres el mejor jugador que tiene el equipo de fútbol de la escuela; las chicas se mueren por ti; todos quieres ser tus amigos, te admiran, te envidian; parece como si toda la escuela girase alrededor de ti, y yo tan sólo soy un ñoño; pertenezco a los perdedores. Nuestros mundos son completamente opuestos.

– ¡A la basura con esa porquería! ¡Eres mi amigo! –resalté.

–No, no lo soy… y jamás lo voy a ser –pareció sacrificar mucho en esa declaración.

– ¿Qué? –cierta tristeza comenzó a depositarse dentro de mí–. ¿Por qué dices eso?

–Por todo lo que acabo de mencionarte. Y ni siquiera salvándote la vida una y otra vez eso cambiaría.

–No puedes estar hablando en serio. Si no hubiese sido por ti ahora estaría tres metros bajo tierra. No habrían chicas, no habrían admiraciones ni envidias, ¡no habría nada! ¡Sería un cadáver!

– ¿Y por eso piensas que debes vivir eternamente agradecido conmigo?... ¿Aún a costa de tu voluntad?

– ¿Mi voluntad? ¿Tú qué sabes cuál es mi voluntad? ¿Acaso crees que soy un desgraciado malagradecido que puede olvidar una acción tan solidaria como la que tú hiciste?

–Sólo hice lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar –argumentó.

–Sí, pero nadie más lo hizo, ¡sólo tú! –enfaticé.

–No había de otra: Nos habíamos separado del grupo; yo por idiota, y tú por querer tirarte a esa rubia mal-teñida con la cual te encontré casi desnudo. La víbora te mordió y esa tonta se echó a gritar. Alguien tenía que actuar… tratar de chuparte el veneno y llevarte lo más pronto a un centro médico. Gracias a Dios, tuviste suerte.

–Gracias a Dios… y gracias a ti. Y eso yo no sé olvidar.

–De veras, no entiendes ni un poquito. Si te atrevieras a analizarlo con más detenimiento quizás entenderías y aceptarías en un dos por tres lo que te propongo.

– ¡Pero no lo entiendo! Y por más que me digas, no encontraría alguna razón válida para lo que me propones. ¡Es absurdo!

–Deberías ser árbitro y no un delantero. ¡No ves nada! –rezongó.

–Sólo veo que tal vez el origen de todo este espontáneo comportamiento tuyo se deba a los primates de mis amigos, ¿no? Seguro se portaron mal contigo…

– ¿Cuándo tus amigos se han portado bien con alguien? –ironizó.

–Bueno… pero como me dijiste que los Sónicos eran tu banda favorita… por eso te invité.

–Creí que se trataría solamente de ti y de mí. Si me hubieses aclarado bien el asunto… no estaríamos en esta situación.

–Bueno, perdóname, ¿sí?... Te prometo que a la próxima vez sólo seremos tú y yo. Nada de amigos extras.

–No habrá una próxima vez –señaló–. Esta noche me he dado cuenta que no es convenible para mí ignorar lo que tú eres y lo que yo soy.

–Deja ya la tragedia –le regañé–. Tú y yo somos amigos. Punto.

–No, no lo somos.

–Claro que sí.

–No somos amigos. Si fueras mi amigo me conocerías tal como soy

–Claro que te conozco.

–No, no es cierto.

–Claro que sí. Eres… bueno, noble, sensible, estudioso, algo flojo para los deportes… un desastre total en el fútbol, te gustan las hamburguesas, ¡todo un artista en los dibujos!, y ¿qué más?... te gusta montar en bicicleta. Ya ves que sí te conozco. ¿Qué más me faltaría saber de ti?

El me miró fijamente. Capté por primera vez un aire algo distinto en su rostro.

–Te amo –dijo sin titubear, y seguidamente unió sus labios a los míos para casi al instante volverlos a separar. Yo quedé más estático que nunca; incapaz de reaccionar; incapaz de razonar.

El se puso de pie avergonzado, y sin decir palabra alguna comenzó a alejarse. Cuando me di cuenta su silueta yacía perdiéndose en la oscuridad muy lejos del lugar en que estaba. Inmediatamente después, sentí cómo las piernas me empezaban a temblar.

 

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Published on e-Stories.org on 10/18/2012.

 

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