Fernando Egui

Pesadilla

 
                                                                                  


Luego de unos aparentes minutos de inacción, me sentí inevitablemente transportado a la nada; a un vacío carente de todo, ni imágenes ni sonidos existían en aquel lugar, si es que aquello puede tomar el nombre de lugar. De pronto empecé a escuchar un sonido, algo extraño, tardé en darme cuenta de que era el sonido ecoico de mi propia voz. No podía pronunciar palabras que pertenecieran a algún lenguaje entendible. Se me hacía imposible expresar mi opresión encerrado en aquella sensación de inmovilidad.
 
Por qué razón ninguna extremidad de mi cuerpo obedecía lo que mi mente ordenaba: ¡moverse!
 
Mi creciente desesperación me obligaba a tratar de gritar, pero en mis esfuerzos solo gemía vocablos fonéticamente sin sentido. A medida que el pánico me invadía por dentro, presentía algo cercano a mí, a duras penas podía asumirlo como una presencia ajena a mi alma, ajena a cualquier vínculo entre el mundo y yo… Cada vez más cerca, se me encimaba, cubriéndome como la niebla al pantano. Mi cuerpo inmóvil seguía sin responder a mis ya plegarias. Estaba aterrado pero también estaba lleno de ira. La impotencia al no poder moverme aceleraba mi corazón. Muy dentro de mí quería enfrentar aquel espectro invisible a mis ojos, inútiles pues nada vieron en ningún momento.
 
La opresión seguía y aumentaba con mi miedo. Más que miedo era terror, terror a desconocer dónde estaba, y más aún, qué o quién se acercaba tan lentamente a mí y con qué fines. Eran uno y varios a la vez, impalpables, intangibles.
 
Mi rostro tomaba formas extrañas; inexplicablemente mi rostro estaba como aislado de mi cuerpo y podía sentirlo. Recuerdo haber sentido el viento en mis encías.
 
Ya no aguantaba más, desesperado uní todas mis fuerzas o las ganas de tenerla y las concentré en tratar de mover mi brazo derecho, para atacar a aquello que oprimía mi cuerpo y me inundaba como algo maligno. Siniestro espectro por qué perturbas mi tranquilidad. Lleno de rabia por completo empecé a convencerme de mover el brazo y para sorpresa de la ciencia médica pude hacerlo. Inconscientemente lo lleve cerca de mi rostro.
 
No puedo explicar toda la ira que sentí; cada acelerado latido de mi corazón bombeaba: ira, miedo, ira, miedo… y aun así mi voz no hallaba la manera de articular palabras de auxilio, de socorro, de ayuda. Tan solo gemía extrañamente.
 
Por un instante -eterno instante- supe que debía decidir entre salvarme o entregarme a los deseos de aquel extraño ente. Todas mis fuerzas -antes ausentes- ahora se encontraban en mi mano derecha. Grité hasta el dolor y apreté hasta más no poder, apreté mi mano como nunca antes lo había hecho.
 
En mi desesperación creí estar atacando aquello que a mí en silencio me atacaba. Pero lo que ahora apretaba con fuerza sobrehumana era mi propio cuello… No puedo respirar… No puedo…
 
Mi mano no dejó de apretar hasta que desapareció aquella extraña presencia, junto con la mía.

 

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Published on e-Stories.org on 04/01/2013.

 

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