Jona Umaes

Fuego

          Hacía años que Carlos no iba al teatro. Un amigo le llamó porque durante una semana una compañía artística iba a dar un espectáculo visual que llenaba los aforos de los teatros allá a donde iban. Numerosos carteles habían sido colocados por distintos lugares del centro de la ciudad. El reclamo con título “Fuego”, se componía de imágenes superpuestas de artistas y un escenario en llamas que no pasaba desapercibido.

          Carlos había quedado con Juan en la parada del 15, a cinco minutos del teatro a pie. Fue el primero que llegó. La noche era gélida. Corría un aire que aumentaba la sensación de frío. Llevaba un gorro de lana en la cabeza y una gruesa bufanda que no dejaba resquicio alguno. Mientras esperaba, se entretuvo con el móvil y a los cinco minutos le llegó un mensaje “...Llegando”.

          Los dos amigos anduvieron el corto recorrido hasta la entrada del teatro. Como ya tenían las entradas apenas tuvieron que hacer cola. El edificio era antiguo, pero estaba muy bien conservado. Las alfombras lucían como el primer día y la iluminación, muy cuidada para hacer el ambiente lo más acogedor posible. Mientras subían las escaleras hasta el primer piso, Carlos no sabía dónde posar la mirada. Las paredes estaban repletas de cuadros de distintos tamaños y épocas. Las lámparas de cristal con luz cálida no dejaban rincón sin iluminar. Pequeñas esculturas lucían igualmente por los pasillos de acceso a los palcos. Entraron en uno de ellos situado en un lateral, aunque bien orientado hacia el escenario. Juan tenía buenos contactos y le regalaban de vez en cuando entradas para el teatro. De otra forma, había otras cosas mejores en qué gastarse el dinero que sentarse en uno de esos balcones, con sillas de madera antiguas e incómodas.

 

—Desde aquí el escenario se ve estupendo —dijo Carlos.

—Sí, apenas si tenemos que girarnos.

 

          Los asientos de la platea y el paraíso iban ocupándose paulatinamente. Pocos palcos quedaron vacíos, la entrada había sido muy buena y se ocuparon la gran mayoría de asientos. Aunque algunas mujeres lucían vistosos vestidos de tiranta y sus acompañantes trajes oscuros, la mayoría vestía corriente, viéndose muchos vaqueros y chaquetas informales.

          Tras quince minutos de espera las luces se apagaron y la oscuridad absoluta se adueñó del teatro. Se hizo el silencio y de repente una flama de fuego surgió del extremo del escenario, abarcando toda su longitud. Las llamas se levantaban varios metros. El efecto fue asombroso, provocando un murmullo de sorpresa en los espectadores. Comenzó a sonar una música de percusión rítmica y repetitiva y a continuación los artistas fueron surgiendo desde los laterales tras las cortinas, bailando al compás, brincando, con sonrisa acartonada y maquillados hasta las cejas. Aquel fuego frío e irreal, realmente parecía estar prendiendo el escenario. La tecnología para realizar hologramas había avanzado enormemente en los últimos años y la oscuridad del teatro proporcionaba el contraste ideal para emitir aquellas imágenes.

          La aparición de las llamas produjo una sensación interna de alarma a más de uno, consiguiendo engañar sus mentes, que percibían aquello como un peligro real. Carlos fue uno de ellos y lo comentó con Juan.

 

—Joder, qué bien conseguido está el fuego. ¿Cómo lo harán?

—Son hologramas, pero nunca había visto nada igual. Siempre te das cuenta de que lo que estás viendo es una imagen proyectada. Esto es lo mejor que he visto hasta ahora. Se lo han currado —comentó Juan.

 

          Tras unos minutos del efecto sorpresivo del fuego, los espectadores se habituaron y se relajaron con el espectáculo. De repente y una docena de nuevas llamas aparecieron al unísono por distintos lugares del teatro. Pasillos, paredes y espacios donde no se encontraban personas. Se escucharon gritos de sorpresa y algunos se aferraban con fuerza a los apoyabrazos a causa de la impresión. Aquella cantidad de imágenes distribuidas por todo el teatro incrementó el ambiente lumínico y mágico de fulgor de las hogueras. La gente no ganaba para sustos. Si lo que pretendían con el espectáculo era impresionar a la vez que entretener, lo estaban consiguiendo.

          A las imágenes de fuego le siguieron las emisiones de humo para dar más realismo a aquel infierno fantástico en que se había convertido el lugar. Los espectadores sabían que no corrían peligro, pero la inquietud hizo acto de presencia ante todos aquellos efectos visuales que pretendían precisamente sugestionar a los espectadores. Era un humo inocuo, como el que se usan en los conciertos de música para crear ambiente.

          El espectáculo continuó media hora más con esa ambientación hasta que una nueva vuelta de tuerca puso los pelos de punta a muchos. Comenzó la emisión de un leve aroma a quemado, casi imperceptible al principio, pero creciente conforme pasaban los minutos. Ahora sí, el murmullo de los espectadores fue creciendo comentando lo que percibían sus narices. Estallaron algunas voces gritando “¡¡¡Fuego!!!”. Aquello fue el detonante del caos. A pesar de que el espectáculo continuaba en el escenario y los artistas seguían bailando, la gente solo pensaba en salir de allí. Se levantaron aterrados ante la posibilidad de morir quemados, hasta tal punto estaban sugestionados. Todos corrían por los pasillos hacia las salidas sin orden ni concierto, pero las puertas continuaban cerradas. Los bailarines tardaron unos instantes en darse cuenta de lo que ocurría. Estaban embebidos en su baile. De repente la música cesó y alguien cogió un micrófono para calmar a la multitud y explicar que no había ningún fuego, que el olor también formaba parte del espectáculo. Encendieron las luces, cortaron la emisión de los hologramas, del humo y del olor para calmar a aquellas personas aterradas.

 

—Les ruego que vuelvan a sus asientos. No corren ningún peligro. ¡Esto es un espectáculo!

 

          La gente en los pasillos escuchaba incrédulos lo que les decía el artista. Cuando se dieron cuenta de su error, volvieron paulatinamente a sus asientos aún con el susto en el cuerpo. No habían ido allí a pasar un mal rato. Los nervios de algunos hicieron que todos se contagiaran de su temor.

          Carlos y Juan también se habían levantado y salido al pasillo, al igual que las otras personas que había en ese palco.

 

—¡No veas la gente, cómo es! Basta que uno se desquicie para lograr que todos nos levantemos —dijo Carlos con una risa nerviosa. Aunque trataba de disimular, él se había asustado igualmente por el terror colectivo.

—Lo del olor no ha sido una buena idea. Se han pasado tres pueblos. Vale que quieran crear ambiente, pero solo con el olor a quemado ya pone en alerta a cualquiera —dijo Juan, igualmente afectado.

 

          Tras diez minutos de pausa, una vez volvieron todos a sus asientos, apagaron las luces y de nuevo resurgieron los fuegos con sus respectivos efectos. El espectáculo continuó por donde lo dejaron, sin embargo, la gente no estaba del todo tranquila. La mente les había jugado una mala pasada a pesar de saber que lo que veían no era real, pero con ese olor a chamusquina en aquel ambiente, rodeados de fuego, era fácil que perdieran los nervios.

          El espectáculo llegaba a su fin con los últimos coletazos sobre el escenario. La gente en sus asientos, habituados ya al tufo a quemado artificial, se había vuelto a relajar y disfrutaba del baile de los artistas. Sorpresivamente, un nuevo fuego surgió de uno de los palcos que estaban vacíos. Carlos y Juan lo apreciaron en seguida porque estaba justo al otro lado del teatro, frente a ellos. Al principio pensaron que era un nuevo holograma, como colofón a la noche, pero pasados unos minutos, las llamas habían crecido de tamaño y se movían ligeramente distintas a las otras imágenes. Emitían humo, aunque más espeso, y no era una imagen repetitiva como el resto. El olor a chamusquina en ese momento era aún más intenso.

 

—¿Te has fijado en el último fuego que ha aparecido? Parece distinto —dijo Carlos alarmado señalando al palco frente a ellos.

—Sí, me he dado cuenta. Además, ahora hay un olor más fuerte a quemado —respondió Juan.

 

          Cuando ambos vieron como caía al suelo de aquel palco un trozo de tela ardiendo, se levantaron al unísono y gritaron “¡¡¡Fuego!!! ¡¡¡Fuego!!!” Las personas junto a ellos les imitaron y vociferaron igualmente para que los demás asistentes se levantaran. El humo negro no tardó en aparecer y la gente empezó a toser. Los gritos hicieron acto de presencia y ahora sí, las alarmas antiincendio saltaron. Una lluvia fina de agua surgió de lo alto del teatro. Las puertas de los pasillos y las de evacuación se abrieron automáticamente. Las luces se encendieron y la música continuó sonando. Todos salieron espantados de aquel lugar. También los artistas. El fuego de los hologramas seguía danzando al ritmo de la música, pero ahora con la compañía de llamas reales que devastaban las entrañas del edificio.

          La gente se tapaba la boca con prendas o el antebrazo, mientras corrían tosiendo hacia las salidas de emergencia. En pocos minutos todos estaban en el exterior, cuando el fuego ya se había adueñado del teatro. El espectáculo “Fuego” continuó en la calle. En los alrededores todos miraban horrorizados cómo el edificio era pasto de las llamas. La multitud que había salido del teatro se dio cuenta entonces de la diferencia entre el fuego real, violento, devastador, a la vez que fascinante, y las imágenes que habían visto en el interior.

          Los bomberos llegaron demasiado tarde para apagar las llamas de aquel edificio antiguo, construido en su mayor parte de madera. La representación finalmente tuvo un final sorprendente hasta para los propios artistas.

 

 

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Published on e-Stories.org on 10/04/2020.

 

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