Jona Umaes

Cena de Nochevieja

 

          Como cada año, la familia al completo se reunía en casa de los abuelos para despedir el año. En total eran once personas. Aún era temprano, y mientras la abuela se entretenía preparando los entremeses, el abuelo cortaba jamón. El resto de la cena lo traían los hijos. Se organizaron para que cada uno trajera algo distinto. Bebida quizás sería lo que más habría, pues aparte de lo que el abuelo atesoraba en el mueble bar, el resto traían vinos y espumosos de su gusto.

          El primero en llegar fue el hijo menor. Su mujer llevaba un vistoso vestido azul con lentejuelas, algo ceñido, y que le llegaba hasta las pantorrillas. Tenían dos renacuajos, a cuál más travieso. Contaban diez y doce años y ya eran adictos al móvil, lo cual traía de cabeza a los padres. A ellos les correspondía el plato de carne, que tenía que terminar de hacerse mientras llegaban los demás comensales. Como la cocina no era excesivamente grande, Carlos y sus dos hijos se encargaron de ir arreglando la mesa del salón, mientras Mónica, ponía en su posición exacta los cubiertos y vasos que dejaban de cualquier manera su marido e hijos. Ella se quejaba, para sus adentros, por qué habían tenido que salir sus nenes al padre, en ese aspecto. No dejaba de regañar a los tres desastres, por cómo colocaban los cubiertos.

          Carlitos y Dieguito se cansaron pronto del trabajo y se fueron directos al sillón a poner la televisión.

—Niños, la tele la apagáis. Nada de televisión hasta las uvas ¿Me habéis escuchado?

—Jo, vaya rollo —se quejó uno.

—El otro no dijo nada y rápidamente cogió el móvil para jugar.

—Eso. Aprovechad ahora, que luego en la mesa no quiero nada de móviles.

          El telefonillo del portal sonó estridente y machacón. Era la familia de Pedro, otro de los hijos de los anfitriones. Sus niños, aunque ya adolescentes, no parecían haber madurado mucho, pues se comportaban, a veces, como los peques de Mónica.

—¡Ya va, ya va! ¡Me vais a dejar sorda! —se quejó Mónica, que fue la primera en acudir a atender el telefonillo.

—¡Los titos, los titos!, ¡ya están aquí! —vociferó Carlitos, agitado.

—Aún no ha empezado la noche y ya estoy deseando que termine —dijo entre dientes la madre.

          Los primeros en entrar en la casa fueron dos chicos espigados. Al ver a su tía se quedaron en shock.

—Hola, tita —dijo uno de ellos.

—Hola, granujas. ¡Cada día os veo más altos! ¿Pero, qué os dan de comer? —dijo Mónica sonriente. Sus padres aún estaban subiendo las escaleras y no habían aparecido.

—La que se va a liar —dijo uno de los hermanos al oído del otro.

—¡Hay que inmortalizar el momento! Saca el móvil, ¡rápido!

          Cuando al fin llegaron los padres al descansillo y se aproximaban a la puerta, a Isabel se le puso la cara blanca cuando vio a su cuñada. En ese mismo momento, una luz de flash surgió de detrás de Mónica. Fran, el marido de Isabel, cuando vio a su cuñada y a su mujer con el mismo vestido, vaticinó una cena movida. Ambas mujeres se saludaron sin mucho entusiasmo, aunque Mónica, más espontánea, cortó la tensión con lo primero que se le vino a la cabeza.

—Vaya, creo que a los abuelos les va a costar distinguirnos, ja, ja, ja. Por no hablar de mis hijos.

—Sí, je, je. ¿Y vosotros dos, qué hacéis ahí plantados con esa risa? —dijo Isabel que, ante la impresión, ni se había dado cuenta de que les habían hecho una foto. Su marido experimentó una sensación entre divertida y de espanto.

          Aquella noche, Isabel estuvo tensa durante el tiempo que se mantuvo sobria. Con los efluvios vaporosos fue quitándole importancia al asunto y se divirtió tanto como el resto o más, ante los hechos que iban a acaecer.

          Solo faltaba por llegar la más tardona de la familia, Paquita. Lo suyo era de nacimiento. Tuvieron que sacarla a la fuerza de la barriga de su madre porque se encontraba muy a gustito dentro. Al fin apareció cuando la mesa ya estaba preparada y a algunos se les iban los ojos al jamón cortado y al lomo, deseando hincarles el diente.

          Una vez puestos los entremeses, la mesa lucía espectacular entre copas, velas y el colorido de los manjares que iban a devorar como cosacos, pues en esas fechas era lo que correspondía. A la abuela le hizo gracia el detalle de los vestidos de ambas cuñadas y no disimulaba su gozo, pues su relación con ellas no es que fuera mala, sino lo siguiente.

          Una vez todos acomodados, el abuelo cogió un cubierto y un tintineo insistente surgió de la copa que tenía en la otra mano.

—A ver, ¡un poco de silencio! Vamos a bendecir la mesa... Señor, bendice los alimentos que vamos a tomar...

          Las reacciones de los presentes fueron de lo más variopinto. Los adultos tenían la cabeza inclinada, escuchando las palabras del abuelo. Isabel tenía un ojo guiñado, con el otro observando a su cuñada, pensando quién sabe qué. Nada bueno, seguro. Los niños intentaban pillar algo de los platos, alargando los brazos, mientras el padre, a su lado, les daba manotazos produciendo el característico sonido. Los chicos más mayores no sabían qué hacer, si inclinar la cabeza, como sus padres, o esperar sin más a que el abuelo acabase.

          Una vez el abuelo terminó y se persignaran, se abrió la veda a la caza de los manjares más apetitosos. Las copas se llenaban y vaciaban una y otra vez, y las risas tontas hicieron acto de presencia. Uno lo de los críos grabó con una aplicación de móvil la risa de la madre y no hacía más que reproducir un fragmento, una y otra vez, como un disco rayado, lo cual resultaba de lo más hilarante. A la madre le dio un ataque de risa y no podía parar de dar carcajadas. El marido se contagió, partiéndose con la escena, mientras felicitaba con un movimiento de cabeza y el pulgar la ocurrencia del hijo.

          Tras los entremeses y achispados por la bebida, se sirvió la carne. Llevaba de guarnición patatas enteras, que no lograron ablandarse a pesar del tiempo que estuvieron en el horno. Uno de los niños, que estaba junto a su madre, intentaba partir la patata con el perfil del tenedor.

—¡No, así no! ¡Tienes que pincharla y cortarla con el cuchillo! —dijo Mónica, corrigiendo a su hijo.

          Demasiado tarde. Con la salsa de la carne, la papa se escurrió y terminó volando directo al vestido de la madre. Esta reaccionó instintivamente echando para atrás el cuerpo y levantando los brazos. El lamparón fue mayúsculo. El niño se tapó la boca abierta, de la sorpresa, y en la mesa se hizo un silencio repentino. La madre en vez de enfadarse, le dio por reírse in crescendo, lo cual relajó el ambiente.

—Vaya, ¡si esto tenía que pasar!, ja, ja, ja. Abuela, ¿tienes algo que me pueda poner? Estoy hecha un asquito —en realidad a Mónica le vino muy bien el incidente, pues así se libraría del molesto espejo que representaba el idéntico vestido de su cuñada.

          La abuela le dejó unos pantalones y una blusa, que la hacían un poco más mayor, sin embargo, eran muy elegantes. Con eso, quedó zanjado el asunto del vestido.

          La cena se alargó en exceso porque Paquita parecía comer a cámara lenta. Se podría decir que su vida iba a una marcha menos que la de los demás. Cuando al fin terminó, todos se levantaron y colaboraron en despejar la mesa. El abuelo trajo una gran bandeja repleta de bombones, peladillas, turrones, mazapanes, polvorones, alfajores, entre otros dulces. Los Ferrero duraron poco, al igual que los Merci. A pesar de tener las barrigas llenas, no tuvieron piedad con la bandeja.

          El televisor de los abuelos tendría unos treinta años. Era de la marca Grundig. Aún funcionaba. El abuelo era un manitas en electrónica y lo tenía como el primer día. De vez en cuando se congelaba la imagen, momentáneamente, pero en seguida volvía a funcionar con normalidad.

          Se acercaba la hora de las uvas. Una botella de champán descansaba en un cubo repleto de hielo. También había Champín para los más pequeños. Quedaban menos de 5 minutos para las campanadas y cundió el pánico al ver que nadie había traído las uvas de la cocina. Carlos y Fran salieron pitando en su busca. Llegaron justo a tiempo, cuando comenzaban los cuartos. Cada uno con su recipiente, iban comiendo conforme sonaban las campanadas: 1, 2, 3... las uvas eran tan grandes que no podían masticar y tragar tan rápido, salvo el abuelo, que parecía tener un buzón por boca, y no perdía el compás. Cuando llegó la undécima campanada, la imagen del televisor se congeló. Gruñidos y quejas sordas surgieron de las bocas, llenas aún, junto con brazos haciendo aspavientos.

—¡¡¡Silencio!!! —aplacó el abuelo. Todos callaron ante la voz de mando. El abuelo se levantó, pegó un manotazo a la parte trasera del televisor, haciendo temblar al aparato, y la emisión continuó por donde iba.

          Terminaron de comerse las uvas con la última campanada, y todos brindaron en algarabía ante la llegada del nuevo año, tras esperar pacientemente que Paquita acabase con las suyas.

 

 

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Published on e-Stories.org on 01/02/2021.

 

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