Fermín Vidales Martínez

La Luna a tus pies

 

 

 

 

LA LUNA A TUS PIES

 

 

 

 

 

Tras una odisea transatlántica el 23 de septiembre de 1969 llegó al despacho privado de William P. Rogers, Secretario de Estado de los Estados Unidos de América, uno de las cartas más curiosas que el político había leído en su vida. Traía el papel amarillento y lleno de cicatrices, como escapada de los tiempos remotos, aunque estaba fechada el día veintiuno de julio del mismo año, y la remitía el Excelentísimo Ayuntamiento de Villa Oruga, una localidad perdida en el sur de España. En ella se informaba (según el anexo del ayudante Nicholas S. Alberts) de la imposición de una sanción administrativa al Gobierno de los Estados Unidos de América, ascendente a la cuantía de dos mil pesetas, por ocupar sin permiso un bien demanial del Ayuntamiento orugueño. El señor Secretario, después de una hora escudriñando su globo terráqueo, concluyó que se trataba de una broma que no carecía al fin y al cabo de gracia, así que tiró el documento a la papelera y volvió a buscar las cosquillas al conflicto entre árabes e israelitas.

El origen de esta carta lo encontramos en la desfachatez amorosa que Jorge Baile, un joven villaorugueño, había manifestado cuatro años antes, a principios de 1965.

- Dime lo que deseas, Mari- le musitó a su prometida.- ¿Deseas la Luna? Dime solamente una palabra y la cogeré con un lazo y te la entregaré.

Jorge Baile leyó la respuesta en los ojos cargados de sueños de la muchacha.

- Sí, es una buena idea. Te regalaré la Luna, Mari.

- La acepto- dijo ella encantada.

 

El gesto galante evitó la intimidad y se corrió como la pólvora por el pueblo. Al principio nadie hizo caso, pero luego de varias semanas viendo la determinación del joven Baile cambiaron de parecer. La familia de los Baile se caracterizaba por su obstinación. Jorge se había encerrado en una cuadra que su padre tenía en la Calle Hospital para construir una escalera descomunal y una soga infinita, y trabajaba allí horas y más horas. Algunos curiosos se acercaron y pudieron comprobar le magnitud que estaba tomando la obra, de manera que decidieron avisar de inmediato al señor alcalde. Don Tomás Agüera no tardó en convocar a los ediles para un Pleno urgente. Ya pocos dudaban de que Jorge Baile iba a conseguir su propósito, así que el punto principal a tratar en el Orden del día era dónde meter la Luna tras la ofrenda de amor.

- Quién le habrá metido esas cosas en la cabeza- se lamentó el Concejal de Festejos.

- Lo habrá sacado del cine o de la literatura- afirmó don Riguroso Bernal, barbero de profesión educado entre curas- Las ideas más horribles sólo pueden venir de ahí. Más nos vale tomar medidas o se nos van a pudrir los jóvenes.

- Desgraciadamente eso no nos concierne a nosotros, don Riguroso. Son temas del Gobierno central.

- Es muy fácil echar la culpa de todos nuestros males al Gobierno central.

- De todos modos nunca han sido necesarias estas exageraciones en los asuntos del corazón- terció el Alcalde. Lo último que quería en esos momentos eran disputas.- Antes nos dedicábamos a un requiebro eterno, meses y meses acechando por la puerta de la novia, paseos para arriba y para abajo, intercambiando miradas furtivas. Ahora se ha pasado al otro extremo, y digo yo que ni una cosa ni la otra. En menudos berenjenales se mete la juventud de hoy día.

- Insisto, don Tomás, la culpa es del cine y la literatura- proclamó don Riguroso. -Yo hacía una hoguera en medio de la plaza y echaba al fuego todos los libros y todas las películas.

- Yo tanto no digo, pero está claro que algo habrá que hacer en este caso, porque tengo entendido que la luna es enorme, y no vamos a tenerla todo el día rodando por las calles.

- Podríamos sabotearle, digo yo- sugirió el concejal de cultura.

- A qué te refieres.

- Ya sabéis, entramos por la noche en la cuadra y le robamos la escalera, o la quemamos. También podríamos mandar al alguacil para que le parta una pierna al chaval. O mejor las dos. Cualquier cosa que le impida terminar la tarea.

- Nada se lo va a impedir. Todos sabemos lo cabezones que son en esa familia. Además yo he visto la mirada de Jorge. Os aseguro que aunque le quitáramos la escalera se iría a buscar la loma más alta, arrastrándose si fuera preciso. Ese muchacho va a hacerlo de todas maneras, ya lo veréis. Así que yo propongo que busquemos soluciones para paliar los daños que puedan producirse una vez que tengamos la Luna entre nosotros. No sé. Qué os parece.

- Opino que tienes toda la razón. Más nos vale estar preparados para lo que pueda pasar.

- Votemos entonces. ¿A favor?

Y quedó aprobado por unanimidad, a pesar de la reticencia de don Riguroso.

- Bien, entonces se aprueba la búsqueda de soluciones. Según mi parecer lo primero que necesitamos es algo de información de la Luna. ¿Qué sabemos?

- Que es redonda como una pelota- detalló el concejal de deportes.

- Y brillante- añadió el concejal de cultura.

- Eso podría venirnos bien, después de todo. Tal vez nos ahorremos la luz de las farolas. Las arcas no andan boyantes.

- Sí, pero habrá que ver la potencia que tiene, no sea que luego no haya quien pegue ojo en toda la noche.

- Bueno, una vez que Jorge Baile la haya bajado mandamos al electricista para que la vea, y si son muchos vatios amortiguamos la luz de alguna manera, no sé, tal vez envolviéndola con papel de charol.

- Imposible. Abrasaría el papel.

- ¿Pero es que también quema? - preguntó el señor alcalde lleno de espanto.

- Por supuesto, Tomás. No hay nada que alumbre y no queme.

- Podría quemar las calles entonces, ¿no?

Se produjo un silencio tenso. Se veían las caras desoladas y los ojos moviéndose vertiginosamente, como si anduvieran calibrando la magnitud de los daños.

- ¿Y si creamos una capa aislante?- propuso el concejal de urbanismo.- O mejor algún sistema de refrigeración. Eso es. Construimos una nevera gigante y la metemos dentro.

- Pero entonces no tendríamos luz gratis.

- Sí, porque la nevera será transparente.

- El aparato resultará demasiado caro. Y me imagino yo que tendríamos que tenerlo enchufado. Total, lo que nos íbamos a ahorrar por un lado se va por el otro y con creces.

Don Tomás Agüera suspiró y hundió ligeramente los hombros.

- Pues entonces apagamos la Luna y a freír espárragos- sugirió don Riguroso.

- Señores, ante todo no perdamos la perspectiva. Lo primero será ver donde la pone el muchacho. Habrá que preguntarle.

- Se dice que a los pies de su novia.

- La Mari es la niña de Diego el Hipotenuso, o sea que será en la Calle Córdoba.

- Pues no sé yo si va a entrar por ahí.

- Aunque entre. No va a estar ahí mucho tiempo. La novia se hartará pronto, ¿no?

- ¿Quién sabe? Las mujeres se encaprichan con cada cosa.

- Pero una vez que la luna esté en la calle se supone que pertenece al municipio.

- Hombre, habría que consultar el Código civil, pero estoy casi seguro de que pertenece al muchacho, ya que él se ha tomado la molestia de traerla.

- Pues a mí me parece que una vez que Jorge realice...digamos que su ofrenda de amor, deberíamos comprársela. Y luego podríamos devolverla al cielo.

- Otro gasto inútil por culpa de los caprichos del corazón- dijo descorazonado el señor alcalde.

- No es buena idea. Imaginad que viendo lo encantada que se queda la novia otros niños de la villa deciden hacer lo mismo. No vamos a estar así toda la vida.

- Hay una manera de evitarlo. Cuando lo hagamos la primera vez nos vamos al notario con el contrato de compraventa y escrituramos la luna. Entonces nadie la podrá tocar sin nuestro permiso, porque será un bien de dominio público. Y si alguien lo hace, pues multa al canto.

- A mí me parece bien. Solo espero que sea un precio razonable- suspiró el alcalde. -No me hace gracia el gasto, pero qué le vamos a hacer. Parece el menor de los males.

- ¿Votamos entonces?

La moción quedó aprobada. Una vez que Jorge Baile realizase su demostración de amor, el ilustre Ayuntamiento de Villa Oruga compraría la luna y la escrituraría.

 

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Published on e-Stories.org on 05/06/2009.

 

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