Jona Umaes

Instagram

Julio era muy aficionado a la fotografía. Como muchos otros jóvenes, y no tan jóvenes, tenía su cuenta de Instagram donde publicaba sus imágenes. Después de varios años viendo infinidad de fotos se le ocurrió pensar que aquella red social era el escaparate perfecto para gente en busca de notoriedad, postureo y hasta pareja. Una oportunidad para personas normales de posar como modelos de revista, en un espacio público. Y también, por supuesto, para aficionados a la fotografía y grupos de amigos o familiares, para compartir sus vivencias. Él mismo tenía amistades virtuales y reales en la aplicación.


En esas elucubraciones se encontraba, con el móvil en la mano y viendo fotos de Instagram, como no, cuando una fotografía le llamó poderosamente la atención. Era una imagen otoñal de un bosque, con un camino repleto de hojas ocres. Un pequeño riachuelo discurría al margen, y a lo lejos se divisaba una ciudad de un blanco que producía fuerte contraste en el paisaje. Troncos de árboles retorcidos y grandes ramas caídas en el suelo daban al ambiente un toque bucólico. La imagen había sido publicada el día anterior y la ubicación indicaba Rusia.

 

Comenzó a hacer zoom con los dedos. Conforme la aumentaba, la imagen lo engullía más y más, y llegó un punto en que tuvo la sensación que estaba en aquel lugar y no en su sillón. Más que una sensación era una realidad. La imagen se lo había tragado por completo y lo había transportado al bosque.

 

El shock lo dejó paralizado. El ambiente era frío, pero el sonido del bosque, el ulular del viento y el canturreo de los pajarillos le calmaron. Quedó tan maravillado del lugar que se dejó llevar. Ya pensaría más tarde cómo volvería a casa.

 

Siguió el sendero en dirección a la ciudad. Las ramitas y hojas secas crujían bajo sus pies. Por momentos, la cantidad de hojas era tanta que perdía de vista sus pies, como si estuvieran sumergidos en un mar ocre. Tenía que aligerar el paso y buscar cobijo, pues estaba anocheciendo y la temperatura bajaba rápidamente.

No tardó en encontrar una cabaña. Tocó en la puerta de madera, pero parecía estar vacía. La empujó, pero no cedió. Tenía los dedos apelmazados del frío y si no lograba entrar no sabía si podría soportar aquella gelidez.

Se apartó un poco de la puerta y abalánzandose sobre ella, echó todo el peso de su cuerpo, logrando hacer que cediera.

La cerró y echó un vistazo rápido. Apenas entraba luz por la ventana y activó la linterna de su móvil. La cabaña estaba bien acondicionada. Tenía todo lo necesario para pasar varios días tranquilamente. Una pequeña cocina de gas, sillas y una mesa. Sobre la chimenea colgaba una cabeza de arce disecada, con los ojos vidriosos. En la repisa, había fotos de familia. Todo estaba bastante limpio. Daba la sensación que los dueños iban a menudo.

Cogió leña de un cesto de mimbre y encendió la chimenea para entrar en calor.

Pensó en su situación. Cómo había llegado hasta allí. No podía creerlo. Pero allí estaba y era real.

La cabaña se caldeó y la modorra se adueñó de él.

Cuando despertó, el hocico frío de un rifle de doble cañón le presionaba la nariz.

Sobresaltado levantó las manos instintivamente.

 

― ¿Qué haces usted en mi cabaña? le dijo en ruso un hombre corpulento y de facciones duras.

 

Él no entendió nada y sólo se le ocurrió decir:

 

― Do you speak English?

 

Una voz femenina detrás de él respondió en inglés.

 

― Yo sí.

 

Giró la cabeza, sin bajar los brazos, para ver quién había contestado.

 

Era una chica rubia, de pelo corto, con mejillas moteadas de pecas. Su rostro era ancho, con grandes ojos azules y labios finos. Rondaba los veinte, como él.

 

― Disculpad. Me perdí en el bosque y tuve que entrar en vuestra cabaña si no quería morir de frío.

 

― Entiendo. Papá, baja el rifle. No es peligroso.

 

― ¿De dónde eres?

 

― De España. Quisiera volver a mi casa, pero sin ayuda me va a resultar difícil.

 

― ¿Quieres comer algo? Debes estar hambriento.

 

― Muchas gracias. Te lo agradezco.

 

La chica preparó unas tostadas con mantequilla y le calentó un vaso de leche. El padre, sin embargo, estaba intranquilo, no tanto por el hecho que un desconocido hubiera allanado su cabaña sino porque se le salían los ojos mirando a su hija. Al menor indicio de coqueteo le patearía hasta alejarle de su pequeña.

 

― ¿Aquí tienes cobertura? Mi móvil me resulta inservible sin internet.

 

― Sí, aunque poca. Estamos bastante lejos de la ciudad.

 

― ¿Cómo te llamas?

 

― Anastasia.

 

― Encantado. Yo Julio. ¿Utilizas Instagram? Yo lo uso a menudo.

 

― Sí, claro. ¿Quién no tiene Instagram? Dime tu usuario.

 

― Soy @jonaumaes, y ¿tú?

 

― Yo @blueyes

 

― Ah, interesante. Por tus ojos, ¿no?

 

La chica soltó una carcajada.

 

― Eres muy avispado. Se burló.

 

Él se contagió de su hilaridad y dijo entre risas:

 

― No tanto, pero al menos te he hecho reír.

 

Sus ojos chispeaban y el padre, sin entender palabra rugía por dentro.

 

― Demos un paseo y te enseño cómo es este sitio.

 

― Papá, vamos a dar una vuelta. Volvemos enseguida.

 

― ¿Cómo has llegado hasta aquí?

 

― Es algo increíble. Estaba viendo una foto de este bosque y empecé a hacer zoom. De repente me vi en este lugar.

 

― Jajaja, eres muy ingenioso inventando historias.

 

― Sí, es cierto, pero te hablo en serio. Te llevaré donde vi la foto. Creo que era por ahí.

 

― En poco tiempo llegaron al sitio exacto.

 

― Este es el lugar.

 

― ¿Aquí? Yo hice una foto ayer en este mismo sitio y la subí a Instagram. Creo que la fotografía que viste era la mía.

 

― Jajaja, ahora eres tú la bromista. A ver, enséñame la foto.

 

― Mira, es ésta - Le dijo enseñándole el móvil.

 

― Es verdad, es tuya. ¡Qué casualidad!

 

― Bueno, y ahora en serio. Dime cómo es que estás aquí.

 

― Te lo he dicho. Ya sé que es difícil de creer. Ni yo mismo termino de creerlo. Pero fue como te dije.

 

Mientras hablaban continuaron caminando. El pie de ella se apoyó en algo blando, pero no le dio tiempo a reaccionar y un agujero tapado por ramas finas y hojas se la tragó. Cayó a unos 8 metros. El golpe en el fondo fue amortiguado por las ramas que cayeron junto a ella y el suelo de tierra húmeda del fondo.

 

― ¡Anastasia! ¿Estás bien?

 

― Sí, sólo tengo rasguños. Creo que no me he roto nada.

 

― Buscaré una rama larga a ver si te puedo subir. No tardo. Tú tranquila.

 

Nervioso, buscó alguna rama lo suficientemente fuerte para poder subirla sin que se rompiera. Lo intentó con una que parecía flexible y algo gruesa.

 

― Ya estoy aquí. Voy a bajar una rama. Cógela con fuerza e intento alzarte.

 

La chica cogió la rama, pero estaba húmeda y cuando comenzó a subirla, y a poca distancia del suelo, se le resbalaron las manos y volvió a caer.

 

― No puedo, la rama se me resbala.

 

― Prueba envolverte las manos en algo de tela que tengas. En la misma rebeca que llevas.

 

Así lo hizo. Las manos ya no se deslizaban por la rama y Julio pudo subirla poco a poco. Ella se apoyaba en las paredes también, empujando con la punta de los pies hacia arriba.

 

Cuando Anastasia llegó a la boca del agujero, Julio estaba exhausto y le dijo que terminase de salir. Que ya no tenía muchas más fuerzas.

 

Anastasia salió, quedándose tumbada en la tierra, entre hojas amarillas y anaranjadas. Julio se sentó junto a ella, jadeante e intentando recuperar el aliento. Tenía las manos doloridas por el frío.

 

― ¿Estás bien? - Se inclinó sobre ella, que estaba sollozando.

 

― Ella se incorporó y lo abrazó. Él también lo hizo.

 

― Gracias. Tenía mucho miedo ahí abajo.

 

― Ya ha pasado. Tranquila.

 

Le ayudó a incorporarse y volvieron a la cabaña.

 

― Le diré a mi padre que tape ese agujero bien. Alguien que ande solo por aquí y caiga también, no va a tener tanta suerte.

 

Cuando llegaron a la cabaña y el padre vio el estado en que venía su hija, sucia y con la ropa rasgada, se dirigió hacia Julio dispuesto matarlo.

Anastasia se interpuso entre los dos y explicó nerviosa y todo lo rápido que pudo lo que había ocurrido.

El padre abrazó a la hija y luego dio efusivamente la mano a Julio, agradeciéndole lo que había hecho.

Anastasia ni se molestó en traducir. Julio se imaginaba qué podía estar diciendo.

Entraron en la cabaña. La chimenea caldeaba la estancia y los jóvenes tomaron té caliente con pastas.

 

― Tengo que volver a España. Ha sido un día muy intenso y me ha alegrado mucho conoceros. Podemos seguir en contacto por Instagram. No dudes que seguiré tus publicaciones, dijo sonriendo.

 

― Sí, yo también veré las tuyas.

 

― ¿Puedes compartir la conexión de internet? Te mostraré cómo llegué hasta aquí, ya que no me creíste cuando te lo conté.

 

Una vez tuvo conexión, buscó imágenes de su ciudad, en alguna galería, que hubieran publicado esa misma tarde. Les mostró, a Anastasia y a su padre, algunas fotografías. Localizó una de la zona donde vivía y hecha por la tarde.

 

― ¿Ves?, yo vivo por esta zona.

 

― ¿Puedo darte un abrazo antes de irme?

 

Ella asintió. Él la abrazó con fuerza y al ver que el padre se retiraba hacia la chimenea y les daba la espalda, aprovechó para darle un beso que ella recibió con agrado y que le fue devuelto sin dilación.

Él comenzó a hacer zoom a la fotografía, no perdiendo ella detalle de lo que hacía. Aumentó el zoom hasta agrandar la imagen al máximo posible y la figura de Julio se difuminó, dejando atónita a Anastasia.

Ya en su barrio, y nada más reaparecer, le escribió un mensaje a Anastasia.

 

― ¡Te lo dije! Seguimos hablando cuando llegue a casa. – E insertó emoticonos de un beso y un abrazo.

 

 

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Published on e-Stories.org on 10/27/2019.

 

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