Jona Umaes

Dados

          Cuando era pequeño, a Alberto le encantaba jugar con su familia a juegos de mesa. Era especialmente bueno jugando a las cartas. Siempre ganaba, sacando de quicio a sus hermanos y amigos. Él nunca fue consciente que tuviera nada de especial hasta que se hizo un poco más mayor. Jugando a juegos de dados, antes de que alguien o él mismo los lanzara, ya sabía qué iba a salir. Al principio no le dio importancia, eran solo casualidades, pero cuando vio que nunca se equivocaba se sorprendió de su capacidad. Por supuesto, no le dijo nada a nadie. Era un secreto que valía la pena guardarse.

          En una ocasión entró por curiosidad en un salón de juegos, de esos que crecen como las malas hierbas por todas las ciudades y arruinan y envician a la gente. Se fijó en los juegos donde intervenían dados y comenzó a jugar. El primer día se llevó un buen botín. Nadie le conocía y tampoco tenían por qué sospechar de él, pero como hombre precavido que era, nunca repetía en las sucesivas visitas a casas de juego. Tampoco tenía prisa por hacerse rico, así que espaciaba sus salidas y con el tiempo fue ahorrando una fortuna.

          De esa forma, con la edad de cuarenta y cinco años ya tenía el suficiente dinero para jubilarse y vivir la vida. Se dedicó a hacer cruceros por los siete mares y visitar las maravillas del mundo. En uno de esos viajes conoció a una chica de la que se enamoró perdidamente. Fue en un tour por la costa italiana. Ella era española y viajaba con otra amiga. Algo más jóvenes que él, eran profesoras de Bellas Artes y hacían turismo cultural. Como él viajaba solo y las veía tan simpáticas se arrimó a ellas para aprovecharse de su sapiencia y entablar amistad. Así fue cómo aprendió todo lo que escondían la infinidad de obras de arte que exhibía las ciudades italianas, en sus monumentos y museos.

          Cuando le preguntaron a qué se dedicaba, fue sincero con ellas. Les dijo que ya estaba jubilado. Había trabajado de comercial durante muchos años, desde muy joven, en negocios donde se movía mucho dinero: coches de lujo, yates, mansiones… y las comisiones eran sustanciosas. Por supuesto, con eso no iba a acumular tanto dinero, pero sin dejar de ser verdad lo de su trabajo, las chicas le creyeron no sin cierto asombro, dada su edad.

          El barco en el que viajaban era enorme, con varias piscinas, restaurantes, salones y salas de espectáculo. Tenía pistas de tenis, pádel y otros deportes. Aunque el mar estuviera algo encrespado, la nave ni se inmutaba. Cuando llegaban a algún puerto, el pasaje desembarcaba, transcurriendo cerca de una hora hasta que todos estaban en tierra. Una nave de esa envergadura podía alojar más de tres mil personas, por lo que las ciudades que los recibían hacían el agosto en apenas unas horas.

Por las noches, Alberto y sus amigas cenaban juntos y hablaban sobre lo que habían visto y las curiosidades del lugar.
 

—¡Uff! ¡Qué mareo en la torre de Pizza! —dijo Alberto, hablando de su ascenso por las escaleras.

—Ja, ja, ja. ¡Pisa! ¡torre de Pisa! —saltó Sandra, muerta de risa.

—¡Eso!, ha sido un lapsus. ¡Es que tengo un hambre! —dijo riendo igualmente Alberto.

—Sí, ya veo —dijo Isa contagiada por la hilaridad.

—¡No veas qué sensación al subir los escalones! Tenía que inclinarme hacia un lado para mantener el equilibrio.

—Sí, yo me estaba agobiando ya cerca del final —comentó Sandra.

—Pero las vistas eran espectaculares allá arriba, ¿eh? —terció Isa.

 

          Alberto pidió pizza para justificar su broma con la torre. Las chicas tomaron pescado. Los tres compartieron una rica ensalada de lo más exótica, con un sabor intenso y variado. Después de la cena fueron a un espectáculo de música y magia. Todas las noches el entretenimiento era distinto para no aburrir al pasaje y así completar el aforo. Aunque muchos habían contratado paquetes de bebida otros pagaban según consumían, con lo que hacían buena caja dado lo elevado de los precios.

          Una noche, durante un espectáculo de música y baile y hombre armado con un subfusil irrumpió pegando gritos en un pésimo español al mismo tiempo que el ruido ensordecedor del martilleo de su arma al disparar, hacía llover fragmentos del techo. Los gritos surgieron por doquier y el ambiente se volvió ensordecedor. El asaltante tomó a una de las bailarinas amenazándola con su arma. Guardias de seguridad aparecieron por distintos puntos del teatro armados con pistolas. El hombre amenazó con disparar a discreción al pasaje si los de seguridad se acercaban más.
 

—¡Tú! —dijo dirigiéndose a un camarero que tenía las manos levantadas y el rostro blanco como la leche de la impresión —Llévame al puente de mando ¿sabes dónde está, verdad?

 

          El sonido gutural de sus palabras cuando hablaba en su lengua, delataba claramente su origen árabe. Aún, con la aterrada bailarina aprisionada en su grueso brazo, se la llevó con él siguiendo al camarero en el largo recorrido hacia la cabina de mando.

          Rápidamente, el personal de seguridad comunicó el incidente y avisaron de inmediato a la policía italiana. En ese momento la nave viajaba cerca de la costa de Nápoles, por lo que en poco tiempo lanchas y helicópteros harían acto de presencia para intentar detener al asaltante. En cuestión de una hora, la noticia se hizo eco en los noticiarios de todo el mundo. Nadie se explicaba cómo había podido acceder aquel hombre con un arma de fuego sin ser detectado por los arcos de seguridad y el control exhaustivo que se hacía en el embarque. Alberto y las chicas salieron escopetados del teatro tras abandonarlo el hombre armado.

          Una vez estuvo en el puente desde donde dirigía aquella nave, exigió que toda la tripulación de mando se reuniera en aquel lugar. En total eran diez personas, contando al capitán. El árabe hablaba tan mal español que apenas podía hacerse entender. No sabía inglés, por lo que el capitán rogó por la megafonía del barco que un voluntario que supiese hablar árabe para poder comunicarse mejor.

          Alberto, en su trabajo de comercial, tenía que tratar con muchos extranjeros, también de países árabes, por lo que adquirió bastante soltura en esa lengua. Él era soltero, no tenía familia por la que mirar y como era muy diligente, no se lo pensó mucho para ofrecerse de traductor.

 

—¡Estás loco! —dijo Sandra—Te puede matar. ¿Es que no temes por tu vida?

—Sí, pero necesitan a alguien para intermediar. Ese loco puede liarse a tiros si se impacienta. Tengo que hacer algo.

—Ten cuidado. No hagas ninguna tontería —dijo Sandra, preocupada, cuando Alberto se disponía a dejarlas.

 

          El árabe quería dinero. Bien sabía que en aquel lugar se movía mucho. En eso no hubo problema para entenderle. Pero el tipo estaba trastornado y quería divertirse con aquella gente que tenía amedrentada en la cabina de mando. Una vez Alberto llegó a donde estaba el secuestrador, intercambió unas palabras en árabe con él. Quería que le trajeran papel, bolígrafo, clips y unos dados. El capitán y sus subordinados se miraron extrañados, sin saber qué es lo que pretendía hacer con aquello. Una vez trajeron las cajas con el dinero y el resto de cosas, el tipo le dijo a Alberto que escribiera en los folios números del dos al doce. Cada uno de los diez papeles debía engancharlo en la ropa de la tripulación y otro se lo daría a él.

          Una vez Alberto acabó de hacer lo que le pedía el árabe, este le explicó en qué consistiría el juego, intercalando entre sus palabras serias, risas dementes. Alberto se prestaría voluntario, con su mano inocente, para lanzar el par de dados tres veces. El árabe decía ser una persona recta y justa por lo que él también tendría su número para entrar en el juego de azar. En cada tirada mataría a una persona según hablasen los dados. Si él era uno de ellos, no dudaría ni un segundo en volarse la cabeza. Si se salvaba, sería porque Alá así lo quería y se largaría con la pasta. Lo tenía todo planeado. Una lancha rápida le recogería con el dinero. Ante el menor indicio de intervención policial, acabaría con todos ellos allí mismo.

          Alberto, después de explicar todo aquello al grupo de personas que lo miraban incrédulos y angustiados al oír sus palabras, agitó los dados en su mano. En su mente apareció nítidamente el resultado de la tirada. En ese momento paró de moverlos y le dijo al árabe si no le importaba intercambiar su número con el de otro jugador. El hombre armado le miró extrañado.

 

—¿Por qué habría de hacer eso? ¡Al diablo! Igual es un número que otro —Cogió su papel y se lo puso al que le dijo Alberto, quedándose él con el del otro.

 

          Alberto agitó de nuevo los dados en su mano y los lanzó sobre la mesa. Al repiqueteo del baile de dados en la madera le siguió un silencio sepulcral y una nube de gotas de sangre decoró el techo sobre la cabeza del árabe.

 
 

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Published on e-Stories.org on 07/18/2020.

 

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