Fermín Vidales Martínez

EL TOMADOR DE PALABRAS

 

 

Hoy es dieciocho de octubre de dos mil ocho, es decir que ha transcurrido exactamente un mes desde que Dedé Munárriz, mi amigo Dedé, se presentó en mi casa insólitamente temprano. Persistió interrumpiendo el timbre de la puerta hasta conseguir arrancarme de la cama, hecho que supone tanto un mérito inusual como una valentía épica, ya que mi sueño resulta de una naturaleza honda, casi inquebrantable, y aún cuando es posible descomponerlo mi despertar conlleva, sin remedio, un ánimo de amargura y de odio hacia la fuente de la perturbación. Aquella mañana la molestia provenía del ruido estridente del timbre que Dedé se había empeñado en pulsar y pulsar, de manera que abrí la puerta con los ojos todavía legañosos y dispuesto a escupirle cualquier barbaridad, el más insultante de todos los improperios. Pero él no me dejó tiempo, sino que inmediatamente se precipitó hacia el salón de estar y sin decir siquiera buenos días me tendió un montoncito de folios mecanografiados.

- Léelo. Creo que es el mejor relato que he escrito en mi vida.

Traía el pelo en un tumulto, la respiración violentada, y en los ojos esa efervescencia rojiza que tiñe la mirada de los dementes y los borrachos. Yo no sabía si clasificar a Dedé dentro del grupo de los locos o los borrachos. De lo que estaba seguro es de que era un cabrón, ya fuera un loco cabrón o un borracho cabrón. Busqué incrédulo la posición de las agujas del reloj de pared. Eran las siete.

- Son las siete- le dije.- No las diecinueve, sino las siete a eme, Dedé. Las siete de la mañana.

-¿De verdad? Lo siento, chico- mintió.- Tienes que leer esto.

A esta hora no hay ningún vecino despierto, pensé. Además, si le doy con el jarrón un golpe seco a la altura de la nuca tal vez no tenga oportunidad de gritar. No se enterará nadie. ¡Pumba!. Ni él mismo se dará cuenta. No sufrirá. Visto y no visto. Ahora estoy vivo, ahora se acabó. ¡Hay que joderse, lo que es la vida! Puedo meterlo debajo del sillón e ir sacándolo a trocitos en bolsas de la basura como hacen en las películas. Hoy un brazo. Mañana el otro. Pasado una pierna. Pasarán varios meses antes de que noten su desaparición. ¿Quién iba a echarle de menos? ¿Quién echaría de menos a un tipo que es capaz de despertar a su mejor amigo a las siete de la mañana?

-¿Sabes a qué hora me he acostado? Hace un rato. A las tres y media.

- Perdona hombre, yo no sabía que era tan temprano. Creía que era más tarde, las diez o así... Además, deberías de llevar un ritmo de vida distinto, como las personas normales. Pareces un vampiro. Si te levantas a mediodía no te cunde...

- Ahora mismo no tengo la cabeza para sabihondeces baratas, Dedé- le interrumpí.

- Pues será mejor que te vayas despejando porque esto requiere una importante lucidez mental- me recomendó agitando las hojas.

- Está bien, está bien, don Modesto- le dije.- Permítame su excelencia Intelectualidad que me tome primero un café. Aunque no se me note estoy de muy mala uva y es por tu culpa. Hasta se me ha ocurrido que podría matarte y nadie se enteraría.

-¿En serio que lo has pensado?

- Sí, con eso –apunté hacia el jarrón.

-¡Qué chapucero! Además, tú no sirves para asesino. Te acosarían unos remordimientos atroces, como a ese del cuento de Poe, y empezarías a perder la cabeza cuando vieras el aspecto astroso de mi fantasma pululando por todas partes, porque ten seguro que te me aparecería. Así que no ibas a reunir el valor suficiente para soportar la acusación atronadora de mi corazón emparedado y acabarías confesándolo todo, sin darte cuenta de que los fantasmas no existen y de que los corazones no hablan.

- Lo cierto es que no esperaba emparedarte. Te iba a hacer mijitas.

- ¿Y destrozar tu maravilloso parqué?- sonrió con retintín.- ¡Sí, hombre, sí! Y luego les pegarías fuego a los libros y a los compactos de Sabina. En fin, tómate ese café a ver si entras en razón. Y de paso ponme a mí otro. Todavía no he desayunado.

- Es increíble la jeta que tienes, Dedé.

- Claro. Soy un artista.

Tiré los folios sobre la mesa del salón y fuimos a la cocina. Dedé devoró en un santiamén cuatro o cinco tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa y un café con leche, y desde entonces se dedicó a contemplarme con impaciencia. Siempre me turba que me vean comer, y más aún cuando se trata de una mirada lamentablemente implorante. Así era aquella mirada de Dedé. Tuve que conectar la radio para intentar evadirme, pero ni siquiera tras el escudo de la voz grave y ávida de Luis del Olmo conseguía distraerme. Mira cómo te miro, mira como te apuñalo y te traspaso con mis ojos.

- De acuerdo, pesado- transigí sin poder aguantar más tiempo el acoso de esa mirada de cordero degollado.- Leeré tu puto cuento y luego te largas y me dejas vivir en paz.

- Tranquilo, tranquilo, no tengas prisa, termina de desayunar –aseguró formando con las manos un ademán fariseo de asombro.

- Ya- dije levantándome con la boca llena.

Nos dirigimos al salón, Dedé con el paso vivo y yo detrás de él con un andar todavía amodorrado. Me desparramé por la blanda y confortable amplitud de mi butacón y encendí un cigarrillo antes de tomar el relato de Dedé. Él cogió una revista cualquiera del montón que había en la mesa y, sentado en una silla enfrente de mí, fingió que la leía, consagrándose en realidad a escrutarme el rostro.

- Si me sigues vigilando de ese modo no puedo leer.

- Yo no te estoy vigilando.

- Allá tú. Luego, si no me entero de nada no me eches la culpa.

- ¡Cuánto te gusta hacerte de rogar!

- No me hago de rogar. Simplemente no me concentro.

- Venga, léelo ya y déjate de bobadas.

Ya en las primeras palabras noté la coincidencia, pero decidí conceder a Dedé la oportunidad de que pudiera resultar venturosa. Sin embargo, a partir de la décima línea- Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible... – ya no me cupo la menor duda. Incluso cierto azar parece imposible a veces. De todos modos, seguí enganchado a aquel relato que hacía meses que no leía y que era uno de mis preferidos.

-¿Y bien?- preguntó por fin Dedé al ver que volteaba la última hoja.

-¿Y bien?- repetí yo rumiando el placer controvertible de la lectura.

- Que si te ha gustado o no, hombre.

- Sí, mucho. Es un relato maravilloso. Fondo y forma, como Dios manda. Reúne todas las cualidades del cuento. Redondo y jugoso igual que una naranja, decía Ana María Matute en un prólogo a una recopilación de cuentos de Ignacio Aldecoa.

- Así que te ha gustado.

- Sí.

- Pues no lo parece, no sé... No se te ve entusiasmado, que digamos.

-¿Por qué dices eso?

- Por tu cara. Tienes la cara de ni chicha ni limoná. Tú no puedes vértela pero yo sí, y te aseguro que Buster Keaton se queda corto a tu lado. Cuando a mí me gusta un relato me conmueve... ya sabes. Me entran ganas de reír, o de llorar, lo que sea. Y eso se nota. Tu cara en cambio parece una pared, así que deduzco que mi relato no te ha gustado nada de nada.

- La verdad...

- La verdad es que no te ha gustado. Lo sabía. No creas que no me he fijado en las contorsiones de tu boca y en las arrugas de tu frente cuando estabas leyendo. En esos momentos sí que te has mostrado expresivo. Instintivamente revelador. Te parece un bodrio de relato, confiésalo, no te avergüences.

- El relato es brillante, es perfecto, ya te lo he dicho, pero...

- No te empeñes, déjalo, no hace falta que intentes buscar una excusa para quedar bien. Lo mejor que hay es la sinceridad, aunque resulte dolorosa. Al fin y al cabo somos amigos, ¿no?

- Yo no busco excusas, Dedé. Siempre te he sido sincero con mis críticas.

- Mira, lo que está más claro que el agua es que no soy capaz de hacerlo mejor. Figúrate que yo había pensado que era lo mejor que había escrito en mi vida. Pues ya ves que no es así, y ese es el principal problema. Cuando uno es consciente de sus errores cabe una posibilidad al menos para enmendarlos, pero si no los advierte, si se cree un Cervantes, entonces... ¡Vaya! Eso es harina de otro costal. Un defecto irreparable.

Le contemplé con los ojos asombrados y no sin cierta admiración. Enfatizaba sus muecas con aspavientos precisos de los brazos y modulaba la voz llevándola en un periquete desde unas notas convencidas a otras quebradas de resignación, o de tristeza. Y aunque no era un asunto nuevo que Dedé había estudiado arte dramático en la Escuela Navarra de Teatro y que frecuentemente utilizaba sus triquiñuelas interpretativas en alguna de sus engañifas, siempre me sucedía lo mismo y terminaba pasmándome con esa actitud escrupulosamente medida.

- Me estás tomando el pelo, Dedé- le dije.

- No, de verdad que lo pensaba. Creía que era un relato cojonudo, pero ya ves. Siempre seré un escritorzuelo de mierda.

- Dedé, no te vas a quedar conmigo. Has escrito El Aleph.

-¿El Aleph? El Aleph. ¡Oye, ese es el título que andaba buscando! Escueto y mágico, contundente, ¿no crees? El Aleph. El Aleph... - repitió.- Yo había pensado titularlo La infinita infinidad pero me quedo con El Aleph. El Aleph es sugerente.

- Dedé, has copiado El Aleph de Borges.

- Creo que no...

Suspiré profundamente. Bien, bien, bien, bien. Me despiertas a las siete de la mañana con el fin exclusivo de embromarme. Hoy no sé qué me ha pasado que no he conseguido dormir como Dios manda. ¿Qué hago? ¿Enchufo la radio? ¿Conecto la televisión? ¿Me pongo a leer un rato? ¡Ah, sí, hombre! ¡Si esto es mucho más divertido! Me visto y voy a joder un poco a éste. Me copio el relato de Borges enterito pero merece la pena. ¡Qué gracioso eres, Dedé! Sí señor, muy gracioso. Tienes la puta gracia donde yo me sé. Así, con la puntita del dedo gordo, te la puedes ir metiendo por el ojete, a ver si tenemos suerte y se te forma un tapón y no cagas por lo menos en tres meses.

-¡Ja y ja y ja!- exageré.- Me descoyunto de la risa, Dedé. Ya está. Ya te has pitorreado a gusto. Y ahora hazme el favor de largarte a tu casa y dejarme tranquilo.

- No entiendo lo que te pasa- replicó adoptando en el semblante una postura de inocencia con denominación de origen yo no he roto un plato en mi vida.

-¿Que qué me pasa?- grité definitivamente enfadado. Lo que más me molestaba era su obstinación. Dedé hubiera sido capaz de arrancarse un brazo con tal de divertirse a costa de los demás. Y lo peor es que siempre había alguien que acababa cayendo en su juego. Alguien como yo. Así que ignoro si en aquellos momentos lo que me irritaba era la persistencia que estaba poniendo en su estúpida broma, o mi propia ingenuidad por aparecer constantemente como una presa fácil. Ahora empezaba a valorar en serio la posibilidad de matarlo, sin embargo era demasiado tarde. Los vecinos se habían levantado hacía rato, y seguro que Dedé era una de esas personas que chillan como un cerdo cuando alguien les intenta matar. -¿Que qué me pasa? De verdad que eres un tío increíble. Estoy planteándome si volveré a dirigirte la palabra después de esto. Sólo tú eres capaz de pegarte una o dos horas copiando un cuento, letra a letra, coma a coma, con el único objetivo de venir a tomarme el pelo. Para joderme, porque a mí no me ha hecho ni pizca de gracia. Tienes una mente retorcida.

- No digas tonterías, yo no he copiado nada.

-¿Ah, no? Pues entonces es que imaginarías que no iba a darme cuenta. Mala suerte Dedé. Esta vez no me vas a engañar. Soy tonto pero no tanto. Borges es uno de mis escritores favoritos.

-¡Pero si yo ni siquiera he leído a Borges! Una vez lo intenté y me pareció pretencioso. Odio a los escritores pretenciosos.

- Pues para no gustarte resulta que escribes igualito que él.

-¡Y dale! Te repito que no le he copiado.

- Vamos, se acabó.

- Te lo juro.

- Mira, mira – dije revolviendo las hojas bruscamente.- La Plaza Constitución, la calle Garay, la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur... ¿Cuántas veces has estado en Buenos Aires? Ninguna. Ni siquiera has salido de Pamplona.

- ¿Y eso qué importa? He leído libros y buscado en Internet. Ahí tienes a Julio Verne. ¿Tú crees que se recorrió toda Siberia para escribir el Miguel Strogoff?

- No compares. Además la diferencia es clara. Julio Verne escribió sus novelas, mientras que tú sencillamente has copiado este relato.

-¡Te repito que yo no he copiado nada!- levantó la voz.

-¡Joder, Dedé! ¡Me has metido tantas bolas que te habrás pensado que soy un idiota irrecuperable! Vienes a mi casa con uno de los mejores relatos de Borges, con uno de los relatos más conocidos en la literatura universal, y encima pretendes que me trague que acaba de salir de tu cabecita. Eres increíble.

-¿Pero qué coño dices de literatura universal? Eres tú el que se está quedando conmigo, ¿no es así? ¿Quieres vengarte por lo que me inventé el otro día de la tipa esa?

Resoplé con desesperación e intenté calmarme. Era Dedé, y ser Dedé implicaba el sentido de humor complicado de Dedé, y la perseverancia de Dedé, y el vigor interpretativo de Dedé, y, por qué no reconocerlo, el genio de Dedé.

- Si lo que pretendías era cabrearme puedes estar orgulloso porque lo has conseguido. Qué pedazo de cabrón estás hecho- murmuré con un deje de resignación. De acuerdo, acepto tus condiciones. ¿Qué quieres que le haga? Eres como unas almorranas eternamente verdes, pero también eres mi amigo. No obstante Dedé tomó esta suerte de rendición igual que un insulto imperdonable.

-¡Mira, ya me tienes harto con tantas pamplinas!- chilló a la par que estampaba un ruidoso topetazo en la mesa.- ¡Yo no he copiado a nadie! ¿Me oyes? ¡Ha salido todo de aquí mismo- se señalaba la sien derecha con la punta del índice- y si no me crees te pueden ir dando por el culo que a mí me da lo mismo!

¿Estaba interpretando? Su cara reflejaba una cólera inquietante. Esta broma se te está escapando de las manos, Dedé. ¿O es que te has vuelto loco? ¿No será que te has vuelto loco? Deberíais haberlo visto, todas las líneas de sus rasgos duras, tensas, desafiantes. Me va a retar a un duelo a muerte para defender su honor cuestionado, y terminará sacando una espada de debajo de la capa y me ensartará como a una lagartija. Titulares del diario: un gilipollas muerto de sueño es atravesado por amigo despechado.

- Espera un momento- le dije levantándome muy despacio y sacando la entonación más apaciguadora que encontré dentro de mi garganta.

Ahora comprobaría si Dedé había perdido el juicio, o si meramente se trataba de una de sus chanzas macabras con interpretación patética, o si era yo quien había perdido la chaveta, nunca se sabe. Fui hasta uno de los estantes de mi biblioteca y agarré un volumen encuadernado en terciopelo marrón cuyo título, formado con letras rectas y argentinas, rezaba Ficciones.

- Emecé editores, S.A, Buenos Aires 1976- dije tendiéndoselo.- Ábrelo por la página 143 y compara.

Dedé abrió el libro con desgana y comenzó a pasar las páginas recelosamente.

- Cae el telón. Fin de la broma. Cada uno a su casa y todos tan contentos, o al menos tú, que te habrás divertido de lo lindo a mi costa, porque a mí...

Entonces me callé. Conforme Dedé volvía las hojas su color iba empalideciendo y su mentón desencajándose e idiotizándose. Luego pasó a adoptar un matiz verdusco y un amarillento gualdo y un rojizo febril y, finalmente, se paró en un lívido sombrío. Allí estaba lo mismo que él había escrito, cada frase, cada palabra, cada letra, cada espacio en blanco.

- No es posible, no es posible- murmuraba un fleco de su voz angustiada.

Por esa actitud masacrada comprendí que Dedé no había venido para gastarme una broma. En esta ocasión no estaba empleando sus recursos de arte dramático. No. Lo que yo estaba viendo en su cara no era una pose interpretativa, sino una angustia hirviente y pesada. Volteaba las páginas ansiosamente, como si pretendiera encontrar alguna alteración, una, sólo una en medio de tantas y tantas palabras. Debía de existir alguna diferencia. Un adverbio de más, o un adjetivo de menos, o una perífrasis, o un pleonasmo, o aunque sólo se tratara de una mera tilde mal colocada. Un distinto espaciado entre párrafos le resultaría suficiente. Algo. Algo. Lo que sea. Luego se detuvo en la última página del libro y empezó a leer y a releer la fecha de la edición como si allí estuviera escondido el truco de aquel imposible. ¡Pobre Dedé!

- Yo no lo he copiado... de verdad- gimoteaba.- Yo sé que no he copiado nada. Te juro... te juro que nunca antes había leído este relato. ¡Te lo juro! La idea se me ocurrió ayer... a la noche... Me metí en la cama temprano, a eso de las nueve y media, pero hacía un calor insoportable... me desvelé... así que... así que... decidí levantarme y me puse a escribir. Me puse a escribir con ansia... frenéticamente. Parecía que hiciera mucho que no lo hacía... Tenía hambre de escritura. Las palabras... las palabras se me iban formando en la cabeza como por arte de birlibirloque. La mano apenas lograba seguir la estela del pensamiento... Te lo juro por Dios. Yo no he copiado esto... Tienes que creerme. ¡Tienes que creerme!

Los ojos de Dedé estaban cubiertos con una gasa cristalina y vibrante. De vez en cuando aquella telilla sudaba una gotita que resbalaba mansamente hasta el borde de las pestañas, y allí permanecía indecisa, amedrentada, sin atreverse a precipitarse cara abajo. Me estás asustando, Dedé. Nunca te había visto así. En verdad crees que no has copiado ese cuento. Estás convencido de que eres tú, y no Borges, su autor. Estás seguro, Dedé, y eso me da miedo.

- No te preocupes- intenté, sin embargo, consolarle.- Debe existir alguna explicación razonable para todo este asunto. Hasta lo más inverosímil tiene siempre una explicación razonable.

-¿Y cuál es esa explicación? ¿Que dos personas puedan concebir la misma historia y la escriban exactamente igual? ¿Puede suceder eso? ¿Es posible que a alguien se le ocurra pensar y escribir lo que ya está pensado y escrito? ¿Es eso posible? ¡Dime! ¡No me mientas! ¿Es posible? No, hay una explicación mucho más simple... claro que la hay, pero no me gusta nada, nada de nada. Me estoy... me estoy volviendo majareta. ¿Cómo pierde alguien la razón de un día para otro? Si yo ayer... ¡Joder! Pero yo sé que no he copiado a ese Borges. Yo lo sé, yo lo sé...

Ahora rompió a llorar, abiertamente, sin vergüenza. Apretaba los puños con violencia y ahogaba entre los dientes un alarido deplorable. Vamos Dedé, eres un hombre. Los hombres no lloran hasta que no se ven con las tripas fuera... ¡Vaya idiotez! Tal vez sea mejor que no le diga nada, porque los hombres sí lloran, y lloran por tonterías, y si le digo que los hombres no lloran sabrá que le estoy mintiendo y pensará que le estoy mintiendo porque intento consolarle en su locura. Eso es, Dedé. Desahógate. Eso es. No te sonrojes. Los hombres también lloras en estos tiempos, incluso algunos presumen de ello con un tono confidencial. ¿Habéis visto que sensible soy? No me importa confesarlo. Yo también lloro. ¿Y si me acerco y le doy un abrazo? Puede que un abrazo le hiciera algún bien. Pero cómo diablos se abrazará a un amigo que está perdiendo la cordura.

- ¿Estás trabajando en algún relato?- se me ocurrió preguntarle de súbito.

Tardó unos instantes en reaccionar ante mi pregunta inesperada. Ni yo mismo sabía el motivo exacto por el cual le preguntaba eso. Había estado tan concentrado en mis sentimientos que no imaginaba que mi mente pudiera estar trabajando a la vez en otra dirección. Dedé se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se sonó la nariz ruidosamente.

- La verdad es que no, pero tengo una idea interesante rondándome la cabeza desde hace tiempo- musitó.

- Cuéntamela.

- Quiero que sea una novela corta- continuó más animado.- Será la historia de un joven viajante de comercio que una mañana, sin ninguna explicación, se despierta convertido en un bicho repugnante, y a partir de ese momento...

¡Pobre Dedé! Me pregunto qué habrá sido de él en este último mes

 

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Published on e-Stories.org on 11/18/2009.

 

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