Nabetse Selbonarg (Yury Esteban Escobar Grano

MIS ENCUENTROS CON EL DUENDE

CAPITULO UNO
Hace como unos veinte años, mientras estaba trabajando en zona rural de las veredas de El Brillante y El Diamante del Municipio de Tuluá en una campaña de instalación de tazas campesinas o tazas sanitarias que incluía la construcción de varias planchas de concreto para la obra, excavación de un foso en tierra y construcción de la caseta en esterilla de guadua y esto requería que me quedara a pernoctar en estos parajes.
Conseguí alojamiento en la finca de Don Silvio, que era el presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda.
Su finca estaba ubicada en un sector intermedio de la vereda El Brillante y esto facilitaba el desplazamiento a las viviendas que debía visitar para el trabajo de la instalación de las tazas campesinas que se construía con la colaboración de las familias beneficiadas del programa de mejoramiento de la vivienda campesina.
La vereda El Brillante queda ubicada geográficamente encima de la vereda El Diamante y aunque existen carreteras destapadas pero carreteables por los jeeps Willys que las transitan y separadas para llegar hasta las mismas, también hay trochas (Desechos o caminos) entre una vereda y otra que ahorran tiempo y esfuerzo a los transeúntes.
Los “Caminos de herradura” como se les llama, son muy conocidos por la mayoría de los habitantes de estas veredas.
Cuando ya transcurrían unas tres semanas de estar trabajando en estas veredas y me conocía bien los caminos y atajos que me habían enseñado los campesinos moradores, me lleve una gran sorpresa.
Cierto día que debía visitar una de las tantas fincas que estaban ubicadas en la vereda El Diamante, aproximadamente a las siete de la noche, me desplazaba solo por un camino de herradura que me habían indicado los habitantes del sector y el cual ya conocía de antemano porque lo había transitado en muchas ocasiones.
El camino bajaba a una pequeña quebrada (Que uno normalmente podía saltar simplemente levantando el pie sin mojarse ni los zapatos) y además que estábamos en temporada de verano por lo cual estaba muy seca al punto que solo era una hebra de hilo de agua.
En horas de la mañana transite por este camino y llegue casi al medio día hasta la finca donde debía efectuar el trabajo. 
Como buenos paisas, estas personas me atendieron muy bien ofreciéndome mucha comida y fue así como a las  doce del día almorzamos un delicioso sancocho de gallina de patio y como a las tres de la tarde nos llamaron a la mesa para comer el algo: Huevo frito con tajadas de maduro fritas y café tostado en la misma finca.  Caliente, fuerte y oloroso en una taza de metal esmaltado.
Con la ayuda del encargado de la finca logramos instalar la taza campesina en la casetica de esterilla, colocamos las planchas sobre el brocal de madera que se le construyo al foso séptico y quedo funcionando la batería sanitaria para la vivienda, cumpliendo el objetivo del programa que era disminuir la contaminación de los recursos hídricos en la región.
Terminamos como a las cinco y treinta de la tarde y me disponía a marcharme cuando me dijeron que esperara la comida. 
Como todavía estaba bien despejado el cielo y había buena luz solar, acepte, además de escuchar que eran unos frijoles verdes muy ricos, con coles, tostadas de plátano  y chicharrón frito.
Alrededor de las seis y media de la tarde, me despedí de los habitantes de la vivienda y empecé a caminar por el sendero con la escasa iluminación que quedaba pero que no me preocupaba porque conocía bien el camino, llevaba muchos años laborando en zona rural y había caminado muchas veces en la noche por diferentes caminos.
A medida que iba avanzando se iba oscureciendo cada vez más y la luna no ayudaba mucho a dar iluminación al camino estrecho. 
El sendero bajaba a un plancito contiguo a una montaña alta (“Una pared” como la llamamos los que andamos en el monte) y por el otro lado llegaba hasta la angosta quebradita y por allí se podía pasar para luego ascender por un potrero hasta llegar a la carretera que finalmente llevaba a la finca de Don Silvio.
Cuando llegue al plancito para bajar a la angosta quebradita, mi asombro fue mayor al observar que se había convertido en un enorme rio más ancho que el Rio Cauca, que el Rio Magdalena e incluso que el Ganges.  Imposible de cruzar simplemente pasando una pierna como había hecho en la mañana.
Aterrado me devolví unos pasos y miraba y miraba la antigua angosta quebradita, hebra de hilo de agua, a la escasa luz de luna que había.
No encontraba un espacio para cruzar sin el temor de caer sumergido en esas oscuras y correntosas aguas.
-Y yo que no sé nadar, pensaba.
Para completar la fiesta, a mi derecha apareció un caballo negro que me rodeaba amenazante.
Miraba hacia el otro lado y veía solo la demasiada perpendicular y alta montaña  que no era fácil de escalar.
A mis escasos 22 años, recordé las palabras de mi abuela Paula en alguna de sus tantas sabias tertulias: - Mijo, cuídese cuando este en el monte, que el duende busca embolatar a la gente.
Recordé también cuando fui Boy Scout (Niño explorador) y que varias veces estuvimos con el grupo acampando en zonas rurales. 
Pero ahora estaba solo.
Recordé que tenía que estar calmado y sereno para poder enfrentar esta situación.
Tome aire y también tome una rama que estaba en el suelo.  Me puse a rezar el Padrenuestro, Avemaría y Gloria mientras le daba un golpe al extraño caballo negro que estaba cerca.
Pensé que no había de otra forma si  no lograr escapar de la fuerza maligna que me estaba embolatando y rezando empecé a escalar la montaña que estaba a mi lado agarrándome de las ramas de los arbustos, del pasto y sin mirar atrás.
Atrás quedo el hijuemadre caballo negro y esa angosta quebradita que para mí era un extenso rio (O casi como un mar).
Llegue embarrado y cansado a la carretera y en la oscuridad de la oscura noche ya, empecé a correr sin mirar atrás.
El camino a la finca de Don Silvio se hacía más largo que de costumbre pero yo solo corría y corría sin importar el cansancio ni el frio.
Finalmente pude llegar hasta la finca, con la cara chorreando sudor frio del esfuerzo realizado y la experiencia tan tétrica vivida.
Mientras saludaba a toda la familia que me observaba con gesto de preocupación, Don Silvio me recibió con una sonrisa premonitoria y solo se limito a decir: -No me diga que a Usted también lo estaba embolatando el duende?.
Quede sorprendido y solo atine a afirmar con la cabeza mientras pensaba que alguien debió avisarme para no haber dado papaya.
Gracias a Dios y a los consejos de mi abuela, logre salir bien librado de esta, pensaba mientras me quedaba dormido rato después en el cuarto que me habían asignado para dormir.
 
 
 
 
 
 
CAPITULO DOS
Continuando con mi trabajo en zona rural de las veredas de el Municipio de Tuluá, en una campaña de instalación de tazas campesinas o tazas sanitarias recibí la ayuda de un compañero de la oficina.
Un muchacho buena gente, de nombre Heberth, como de 19 años, alto, delgado, educado, bien hablado y con una chistosa barbita incipiente que le daba un aire de seriedad que se desvanecía inmediatamente mientras reía.  Cosa que hacia con mucha frecuencia.
Total un tipo jovial, trabajador y buena gente.
Seguimos en la finca de Don Silvio, aprovechando que el cuarto tenía dos camas.
Yo no le comente del incidente que había tenido unos días atrás para evitar atemorizar a este muchacho bonachón y alegre.  Tampoco ninguna otra persona dijo nada al respecto.
Yo me había preparado para las caminatas nocturnas: Empecé a cargar entre las herramientas (Palustre, metro, segueta, martillo, puntillas, nivel, serrucho) una linterna metálica de dos baterías doble A.
Varias veces fuimos “Cogidos de la noche” en las semanas siguientes pero caminamos y llegamos a la finca de Don Silvio a dormir.
Hasta que se llego la tarde de un jueves en que estuvimos trabajando en una finca de la vereda El Diamante cercana a la finca del incidente pasado.
En horas de la mañana transitamos por este camino que bajaba a una pequeña quebrada (Que uno normalmente podía saltar simplemente levantando el pie sin mojarse ni las botas de caucho llamadas “Pantaneras”) que solo era una hebra de hilo de agua.
Cuando terminamos el trabajo iban a ser como las cinco de la tarde, comimos rápidamente y cogimos camino a eso de casi las seis de la tarde cuando todavía había una excelente visibilidad.
Los campesinos de la finca nos indicaron que no había perdida para llegar a la quebradita si seguíamos el cerco de palos y alambre de púas que rodeaba su predio bajando hasta el agua.
Como yo tenía mis antecedentes trágicos, iba adelante, tomando con la mano el alambre del cerco y le indique a Heberth que hiciera lo mismo para ubicarse mejor porque podía oscurecer.
Cuando llevábamos unos pocos metros de recorrido y aun se veía la finca desde donde veníamos, súbitamente llego una espesa oscuridad y parecida a la niebla londinense donde escasamente se puede uno ver la punta de la nariz.
De pronto perdí el contacto con el alambre del cerco y entre en un terreno perpendicular y boscoso el cual normalmente en el día no se veía por allí ya que era un potrero plano.
Los arboles prácticamente nos asfixiaban y salían de todos lados a la vez que hojarasca y ramas en el piso trataban de atraparnos enredándonos los pies.  Era un bosque aterrador, oscuro, que cada vez parecía crecer mas y mas.
En un momento ya no volví a ver a mi compañero y grite desesperado con la fortuna que me respondió pero lo como si estuviera escuche muchísimo lejos en la parte mas baja del espeso bosque.
Recordé que esta era otra broma del espíritu maligno y empecé a rezar mentalmente al tiempo que le gritaba a Heberth que tratara de llegar a la parte alta mientras le alumbraba con la linterna.
Rezando y gateando entre lodo, hojarasca, ramas y arboles logramos llegar a la parte alta hasta que hice contacto con el cerco de alambre que se me había perdido rato atrás.
Seguí gritando y rezando hasta que logre ver al muchacho embarrado y sudoroso con una sonrisa nerviosa y semblante pálido.
Yo no le dije la verdad.
Lo anime a que nos marcháramos rápido de allí hasta llegar a la famosa quebradita que esta vez si solamente era una hebra de hilo de agua la cual cruzamos simplemente de un pequeño salto.
En silencio corrimos en la noche hasta llegar a nuestro refugio.
No hicimos ningún comentario para no agrandar el tema y luego de comer nos fuimos a dormir.
Al día siguiente mientras íbamos caminando hacia otra finca me atreví a contarle la verdad a Heberth.
Su primera reacción fue de incredulidad y asombro, pero luego le conté que a mi ya me había pasado antes y por lo menos lo preocupe.
Durante el transcurso del día, escuchando a otros campesinos hablar del tema que era cotidiano en el sector, se dio cuenta “en la que nos habíamos metido”.
Durante los días siguientes, preferíamos dormir en los cuarteles de trabajadores de las fincas donde estábamos laborando cada día en vez de aventurarnos a otro encuentro terrible.  Porque si el miedo te vence te puedes morir de un paro cardiaco, de una taquicardia.
Era preferible aguantarnos el olor a plaguicidas, a costales de fique o cabuya, a sudor, a pecueca, a chucha, a berrinche y hasta de sanitarios tapados con excrementos, además de las pulgas, chinches, zancudos, en los mal llamados “Cuarteles de trabajadores” que usan en las fincas cafeteras de la región.
Dos semanas después ya Heberth no regreso a ayudarme con el trabajo porque pidió cambio de zona en la oficina que nos pagaba.   
Por fortuna yo termine solo en un par de semanas mas, siempre cuidando de no transitar en la noche por estos parajes para evitarme sorpresas.
 
Nabetse Selbonarg
Tulua, julio 13 de 2011

 

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Published on e-Stories.org on 11/21/2012.

 

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